El transformador

Hace justamente un siglo, este sigiloso dispositivo hizo viable la distribución de energía eléctrica. Aunque muchos elementos de la vida moderna dependen de él, sigue constituyendo uno de los héroes anónimos de la tecnología.

La revolución tecnológica que ha conformado la civilización de los últimos cien años nació de avances fundamentales en las comunicaciones, los transportes y la energía eléctrica. Los logros supremos de los inventores en las comunicaciones y los transportes —teléfono, televisión, automóvil y avión— son hoy elementos familiares de la vida cotidiana. En cambio, el invento que aseguró la omnipresencia de la energía eléctrica ha pasado en gran parte inadvertido para aquellos cuyas vidas afecta directamente. Se trata de un dispositivo que no se mueve, silencioso y oculto en sótanos o disimulado por mamparas.

Nos referimos al transformador, un ingenioso instrumento desarrollado a finales del siglo XIX. El transformador es un componente esencial de las redes modernas de suministro eléctrico. Explicado con sencillez, puede convertir electricidad de baja corriente y alta tensión en electricidad de alta corriente y baja tensión (y viceversa) sin perder apenas energía. Esta conversión es importante porque la energía eléctrica se transmite con mayor rendimiento a altas tensiones, pero se genera y se utiliza mejor a bajas tensiones. Si no fuera por los transformadores, tendría que acortarse la distancia que separa a los generadores de los consumidores; muchos hogares e industrias necesitarían su propia central y la electricidad sería una forma de energía bastante menos cómoda.

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