Tejidos blandos fosilizados

El pescado podrido revela secretos de los fósiles.

Intestinos fosilizados. [Rudy Lerosey-Aubril/Universidad Harvard]

Si todos los seres vivientes muriesen en este instante, algunos cálculos indican que solo en torno al 1 por ciento quedarían conservados como fósiles. De menos aún se conservarían partes blandas. Estos tejidos que en tan raras ocasiones fosilizan aportan pistas esenciales sobre la biología y la evolución, pero su proceso de fosilización sigue envuelto en el misterio. ¿Por qué se hallan intestinos fosilizados, pero, en cambio, jamás se ha encontrado un hígado? 

Un fósil se crea cuando un animal sin vida queda enterrado en sedimentos y los minerales sustituyen partes del cuerpo muertas, como en la amalgama de lodo y agua que cubre el lecho marino. Los paleontólogos tienen una predilección especial por el fosfato de calcio como agente fosilizador, porque este mineral conserva los órganos blandos con todo lujo de detalles (a veces hasta los mismísimos núcleos celulares). Dicho mineral solo se forma en ciertas condiciones ácidas, por lo que hace décadas que se teorizó que las diferencias en los valores de pH de los órganos en descomposición determinarían aquellos que quedan conservados. 

Con objeto de conocer mejor los cambios que experimentan los órganos al morir, el paleontólogo de la Universidad de Birmingham Thomas Clements fue a la pescadería con un plan con el que echaría a perder cuatro lubinas deliciosas. Sus colaboradores introdujeron peachímetros en los órganos internos de los pescados antes de bañarlos en agua de mar artificial y dejar que la naturaleza siguiera su curso. 

Durante 70 días observaron cómo las lubinas se hinchaban primero, perdían después las partes carnosas y acababan desintegradas en una pila de espinas; en ese tiempo, las sondas medían continuamente los cambios en la bioquímica de las partes corporales. Publicados hace poco en Paleontology, los resultados muestran que, en las primeras 24 horas, la acidez de todos los órganos alcanzó el intervalo adecuado para que el fosfato cálcico cristalizase, condiciones que duraron hasta cinco días. El equipo esperaba hallar diferencias claras entre los órganos, pero el cuerpo de los pescados se descompuso de manera uniforme en una masa putrefacta, de composición relativamente homogénea, que se mantuvo cohesionada una veintena de días gracias a la piel. 

Este hallazgo inesperado llevó a los autores a barajar otros posibles determinantes de la fosilización, como la concentración de fósforo en los tejidos. «Los músculos están llenos de fosfato. Y si este ya se encuentra allí, hay muchas posibilidades de que [el órgano] sea sustituido por fosfato cálcico», aclara Clements. 

«Valdría la pena repetir lo mismo en otro tipo de animales», opina la paleontóloga Victoria McCoy, de la Universidad de Wisconsin en Milwaukee, que no ha participado en el estudio. Plantea que en investigaciones futuras podrían observarse otros aspectos de las condiciones internas en los órganos en descomposición, como las concentraciones de otros elementos. También valdría la pena saber si la estructura física de los tejidos influye en el proceso de mineralización. «En muchos sentidos, el trabajo suscita más preguntas de las que habrían surgido si se hubiesen detectado gradientes de pH en ciertos órganos. Pero eso es lo que lo hace tan interesante», concluye McCoy.

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