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El crimen y la criminología

Un fenómeno que nos apasiona y una ciencia que conocemos poco.

HOMO CRIMINALIS
EL CRIMEN A UN CLIC: LOS NUEVOS RIESGOS DE LA SOCIEDAD ACTUAL
Paz Velasco de la Fuente
Ariel, 2021
496 págs.

En las últimas décadas, la predilección por películas y series sobre investigaciones criminales ha ido en aumento. Esto ha hecho que la televisión y las plataformas audiovisuales se hayan nutrido de numerosos títulos que han hecho las delicias de sus espectadores, hambrientos de una suerte de catarsis y curiosidad por lo sangriento o escabroso. A todos nos sonarán las series CSI, Mentes criminales o Mindhunter. Sin embargo, los crímenes que aparecen en ellas y las funciones que se atribuyen a los investigadores no siempre coinciden con los crímenes más frecuentes de las estadísticas oficiales ni con el desempeño real de la profesión del criminólogo, lo que transmite una imagen muy distorsionada del fenómeno delictivo en general y de la disciplina que supone la criminología en particular [véase «Realidad y ficción de la ciencia forense», por Max M. Houck; Investigación y Ciencia, septiembre de 2006].

Estoy convencida de que lo anterior ocurre también con otras temáticas, como las series sobre médicos, donde aparecen patologías muy raras o donde los propios sanitarios acuden a la casa de los pacientes para buscar pruebas clínicas. En todo caso, podemos admitir que la ficción es ficción y no enfadarnos, como tampoco nos enfadamos cuando vemos que las escobas de Harry Potter vuelan, mientras que las nuestras solo atrapan el polvo. El problema surge cuando esa imagen efectista del crimen y de la profesión permea los libros divulgativos, ya que tanto la población general como las nuevas vocaciones que llegan a las universidades pueden desarrollar a través de ellos unas ideas y expectativas poco realistas. Es decir, cuando al leer sobre ciertos delitos y no otros, los lectores acaben por imaginar las cárceles repletas de asesinos en serie, pederastas y psicópatas.

No obstante, juguemos a conocer mejor esos otros delitos o situaciones violentas, los cuales también existen aunque sean menos frecuentes. En este sentido, Homo criminalis, de la criminóloga y profesora de la Universidad Internacional de Valencia Paz Velasco, nos muestra cómo son los célibes involuntarios (incels), cómo se desarrolla la relación de los asesinos con la prensa, o explora si existen o no películas de asesinatos reales (snuff movies), entre otros delitos algo más frecuentes como el acoso en redes sociales o el contacto en línea entre menores y adultos con fines sexuales (online grooming).

La autora ha hecho un esfuerzo por acercar al lector las publicaciones más clásicas y aquellas más recientes sobre el tema, con notable acierto en muchos de los capítulos, aunque también con llamativas ausencias en otros. Y seguramente en aras de combatir la desinformación que rodea determinadas áreas, Velasco acierta al instruir al lector sobre diferencias terminológicas muy relevantes, como la existente entre pederastia (acción de agredir sexualmente a un menor, pero sin sentir necesariamente una atracción hacia él) y pedofilia (atracción sexual hacia los menores, pero que no necesariamente implica la agresión a una víctima). Este ejercicio pedagógico es sin duda necesario para contribuir a un abordaje serio y realista de tales cuestiones, así como para ayudar a leer de forma crítica los titulares de prensa, algo que sin duda será de gran utilidad para el público general. El público especializado, sin embargo, agradecerá ciertas puntualizaciones pero echará en falta una exposición más variada de las teorías criminológicas o una mayor profundización en otros aspectos.

Este es quizá el tópico en el que incurre Homo criminalis: muchos de sus capítulos abordan asuntos de gran interés, pero no siempre con profundidad y en ocasiones con un tratamiento apartado de la escena criminal cotidiana. Reconozco que las películas, las series y los libros podrían volverse aburridos si se alargaran en exceso o si abordaran preferentemente los delitos más acuciantes de la sociedad actual. Pero también considero que serían más realistas y ayudarían a generar imaginarios y vocaciones más ajustadas.

Para hacernos una idea, los delitos más prevalentes en las cárceles españolas son, según datos de Instituciones Penitenciarias y por este orden, aquellos contra el patrimonio (generalmente robos o hurtos), contra la salud pública (sobre todo tráfico de drogas) y de violencia de género. Es decir, el verdadero Homo criminalis normalmente roba, trafica o denigra a las mujeres más que imita otros asesinos, actúa de forma sádica o colecciona material abusivo de menores. O al menos así sucede en el mundo occidental. En el libro poca referencia se hace a otras etnias diferentes de la europea y norteamericana, siguiendo la estela de la industria audiovisual y sesgando por tanto la ficticia especie criminalis a las sociedades WEIRD (de western, occidentales; educated, alfabetizadas; industrialized, industrializadas; rich, con altos ingresos; y democratic, democráticas). Sin embargo, el estudio completo del crimen debería incluir una mirada integral y explorar si en otras culturas las conductas y motivaciones criminales son distintas. Al fin y al cabo, Homo criminalis es también quien arroja ácido para desfigurar el rostro motivado por lo que considera una deshonra, como sucede en la India y Bangladesh, o quien plancha y aplasta el pecho de las adolescentes para impedir que se desarrollen, como sucede en Camerún.

Por otro lado, el subtítulo de la obra (El crimen a un clic: Los nuevos riesgos de la sociedad actual) puede hacer pensar al lector que entre sus páginas encontrará un compendio de innovadoras formas criminales, por la alusión a los «nuevos riesgos», y un índice de ciberdelitos, por la alusión al «clic» del ratón. Sin embargo, el índice aborda casos de mediados del siglo pasado, como el de la Dalia Negra, y otros de rabiosa actualidad, como el asesinato masivo de Toronto en 2018, a la vez que combina de forma confusa los delitos fuera de línea (como homicidios o violaciones) con aquellos que se perpetran a través de Internet (como el ciberacoso o el contacto con menores con fines sexuales). De entre estos últimos, tampoco se mencionan los más frecuentes, que según el séptimo Estudio sobre cibercriminalidad en España, elaborado por el Ministerio del Interior, son el fraude (88 por ciento) y las amenazas (5,9 por ciento), seguidas de las falsificaciones y la distribución de virus o programas maliciosos. El índice acaba así convertido en un surtido criminal de lo más apasionante pero también de lo más desordenado.

De hecho, el gran talón de Aquiles del libro, y que interfiere con frecuencia en la lectura, es la falta de un cuidado ejercicio editorial: una simple redistribución del contenido de los distintos capítulos habría permitido disponer de una estructura clara con lógica de embudo, donde la introducción general precediese a los casos específicos. Además, la mayor parte de los capítulos presentan finales muy abruptos, sin aportar una conclusión que recoja lo abordado o sin facilitar un enlace con lo que seguirá. Todo esto se une a que hay abundantes ideas repetidas, las cuales podrían haberse detectado, así como una voz narradora que podría haberse mantenido constante en vez de cambiar repentinamente y en varias ocasiones de una tercera forma impersonal a una primera forma subjetiva, entremezclando contenido objetivo con opinión. Estos detalles de forma son relevantes, pues desmerecen un contenido que cuenta con anécdotas muy bien buscadas, ejemplos bien documentados y detalles de interés que no suelen verse en otros libros.

Hablar de crímenes y de quienes los cometen es necesario porque, aunque el sociólogo Émile Durkheim dijera que toda sociedad sana tiene un cierto porcentaje de delitos, no podemos por ello conformarnos y dejar que simplemente existan. Para enfrentarnos a este cometido, la profesión del criminólogo es apasionante y necesaria [véase «Ciencia para reducir el crimen», por Rodrigo Guerrero Velasco; Investigación y Ciencia, diciembre de 2015]. Sin embargo, este oficio se encuentra en ciernes en España. Quizá porque nuestro país tiene una de las tasas delictivas más bajas de Europa, o tal vez porque el sector laboral desconoce todas las posibilidades de prevención y detección de amenazas que ofrece esta disciplina, lo cierto es que, hoy por hoy, los egresados sin doble grado encuentran dificultades de inserción laboral. Hasta que el ejercicio profesional sea una realidad imperiosa, conviene estar atentos a las nuevas formas delictivas, asombrosamente cambiantes, y conocer las ya existentes, asombrosamente adaptables, para saber identificarlas y anticiparse a ellas. Este libro proporciona parte de ese conocimiento e invita a que dejemos de ser Homo criminalis para convertirnos en Homo preventis.

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