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La ciencia y sus demonios

El papel clave de la imaginación y lo imaginario en el proceso de descubrimiento científico.

BEDEVILED
A SHADOW HISTORY OF DEMONS IN SCIENCE
Jimena Canales
Princeton University Press, 2020
416 págs.

En ciencia hay una diferencia importante entre los procedimientos de validación empírica y los métodos heurísticos que conducen a la formulación de nuevas ideas y teorías. Si los primeros están sujetos a protocolos rígidos, los segundos no pueden delimitarse sin coartar significativamente la imaginación y la libertad de pensamiento, ambas indispensables en la creación científica. Así pues, se puede afirmar, sin suscribir globalmente el anarquismo epistemológico de Paul Feyerabend, que los vericuetos intelectuales que llevan al descubrimiento no están, ni deben estar, excesivamente señalizados.

De entre las herramientas heurísticas a disposición del científico, el experimento mental probablemente sea una de las más versátiles. Su origen puede trazarse hasta el pensamiento griego (recordemos la alegoría de la caverna o la leyenda del anillo de Giges en La república de Platón), y su uso en ciencia se generaliza desde la misma Revolución Científica. Galileo se valió de ellos para formular la ley de caída de graves, al tiempo que la filosofía moderna surgía de otro experimento mental: uno en el que un genio malvado engañaba al dubitativo Descartes haciéndole creer en una realidad exterior inexistente. El recurso fue afianzándose durante los siglos posteriores hasta ser elevado por Einstein a casi la categoría de arte [véase «Los experimentos mentales de Einstein», por Sabine Hossenfelder; Investigación y Ciencia, noviembre de 2015].

Hay una clase de experimentos mentales que operan liberando al observador o experimentador de sus limitaciones humanas; algo que con frecuencia implica la introducción de entes ficticios dotados de toda clase de «superpoderes». Un ejemplo temprano lo encontramos en Somnium, el relato con que Johannes Kepler inauguró el género literario de la ciencia ficción. Gracias a la intervención de cierto demonio que puede desplazarse a través de la sombra que proyecta la Tierra durante un eclipse lunar, el protagonista viaja hasta nuestro satélite y describe el universo desde allí. Con este experimento mental, Kepler pone a prueba el relativismo astronómico copernicano, intentando persuadir al lector de que vivir en un planeta en movimiento no supone un problema mayor del que tendría un imaginario selenita en un mundo orbitando en torno a la Tierra.

Este «demonio de Levania», en referencia al nombre que los selenitas keplerianos dan a la Luna, es uno de los primeros en la larga lista de «demonios», «diablos» o «inteligencias» que han ido surgiendo en la ciencia de los últimos siglos. En Bedeviled, la historiadora de la ciencia de la Universidad de Illinois Jimena Canales nos ofrece una estimulante visión de la ciencia moderna desde el papel que estos agentes han desempeñado en la construcción de nuestra visión del mundo, así como en el desarrollo de tecnologías que simulasen sus extraordinarias capacidades [véase «Demonios, entropía y la búsqueda del cero absoluto», por Mark G. Raizen; Investigación y Ciencia, mayo de 2011]. Pero el libro de Canales no se limita a ser un catálogo de los demonios de la ciencia y sus transmutaciones a lo largo del tiempo. Antes bien, presenta un análisis profundo de su significado para la historia y la filosofía de la ciencia.

Tomando como punto de arranque el genio malévolo cartesiano, Bedeviled repasa una amplia variedad de demonios en física, cibernética, computación, biología o economía, los cuales han sido conocidos por los nombres de sus creadores: Laplace, Maxwell, Darwin, Szilard, Gabor, Monod, Searle... Pero, de toda la plétora de seres imaginarios que desfilan por sus páginas, hay dos particularmente influyentes y que, al reaparecer una y otra vez bajo diversos avatares, han dado lugar a una rica progenie.

El primero de ellos es la «inteligencia» descrita por Pierre Simon de Laplace en su Ensayo filosófico de las probabilidades (1814) y que, al llevar cuenta de las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, sería capaz de conocer el pasado y el futuro en todos sus detalles. Esta entidad encarna no solo el determinismo de la mecánica clásica, en cuyo contexto fue formulado, sino el de toda una cosmovisión decimonónica que abarca desde el determinismo histórico marxista al darwinismo predictivo. La misma «máquina diferencial» de Charles Babbage (el primer ordenador mecánico) no es más que un intento de simular las prodigiosas capacidades de la inteligencia laplaciana.

El otro miembro de esta élite demonológica es un diminuto ser de agudos sentidos y rápidos brazos, ideado por James Clerk Maxwell y presentado públicamente en su libro de 1871 Teoría del calor. Al seguir el movimiento de las moléculas de un gas, y obrando en consecuencia, este ente sería capaz de violar la segunda ley de la termodinámica. La mera existencia teórica del demonio de Maxwell abría la posibilidad a un resquicio microscópico que permitiese obtener trabajo útil a partir de un gas a temperatura ambiente.

Tanto el demonio de Laplace como el de Maxwell han gozado de una larga vida. A pesar de que el primero parecería haber sido definitivamente exorcizado a nivel fundamental por la mecánica cuántica, se ha mantenido muy activo. No solo en física (pensemos en las teorías de variables ocultas), sino también en biología. La información cromosómica en el núcleo celular, por ejemplo, se ha interpretado como una suerte de inteligencia laplaciana que conoce con antelación todas las características biológicas del individuo en sus más nimios detalles.

La prodigiosa capacidad del demonio de Maxwell para reducir el desorden ha llevado a identificarlo con reguladores económicos, sistemas educativos o los propios organismos vivos. Con todo, la teoría de la información acabaría localizando un punto flaco en la criatura: su memoria ha de ser borrada periódicamente para dar cabida a nuevos datos. Este proceso irreversible acarrea un aumento de la entropía, por lo que el demonio solo habría conseguido reducir el desorden de forma transitoria [véase «Demonios, motores y la segunda ley», por Charles H. Bennett; Investigación y Ciencia, enero de 1988].

Aunque apasionante de principio a fin, las mejores páginas de Bedeviled son quizás aquellas en las que Canales ofrece su interpretación de los demonios de la ciencia. Lejos de considerarlos meros instrumentos heurísticos, la autora argumenta que los seres imaginarios que circulan por el libro pertenecen a la narrativa científica precisamente por encarnar aquellos aspectos míticos de la ciencia que con tanta frecuencia han sido ignorados. No hay duda de las marcadas diferencias entre estos nuevos demonios —sobrehumanos, pero sujetos al orden natural— y los viejos demonios sobrenaturales. Pero bajo esas diferencias emerge una sutil continuidad entre ambos tipos de entidades, lo que refleja la ausencia de una divisoria clara entre las concepciones premodernas y el pensamiento científico.

El estudio de la demonología científica nos ofrece una ventana por la que asomarnos a los aspectos más íntimos del proceso de descubrimiento, así como al papel clave que en él desempeña la imaginación y lo imaginario. Esto es algo que la ciencia tiene en común con el arte, y que, como agudamente nos recuerda Canales, en ningún modo disminuye la solidez del conocimiento científico. De hecho, una de las conclusiones filosóficas del libro es que la categoría de «lo real» es probablemente demasiado estrecha para explicar en toda su profundidad la emergencia de las ideas en ciencia.

Bedeviled nos abre los ojos a un interesante y escasamente explorado aspecto de la historia de las ideas científicas. También nos muestra las implicaciones sociales de algunos de los demonios que pueblan el libro, señalando la vigencia de entidades como el genio malévolo de Descartes en la era de las redes sociales. Jimena Canales ha hecho un trabajo impresionante; no solo de recopilación de información, sino especialmente de análisis, interpretación y presentación. El resultado es un libro altamente original e intelectualmente persuasivo, escrito en un lenguaje claro y no exento en ocasiones de lirismo. Una lectura más que recomendable que nos enseña que el «desencantamiento del mundo» del que hablaba Max Weber hace ya más de un siglo no es una tarea en absoluto terminada y, quizá, ni siquiera realizable.

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