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  • Investigación y Ciencia
  • Octubre 2004Nº 337

Astronomía

La muerte de las estrellas comunes

La muerte del Sol, dentro de cinco mil millones de años, será un espectáculo maravilloso. Al igual que otras estrellas de su misma naturaleza, engendrará una de las más bellas estructuras de la naturaleza: una nebulosa planetaria.

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Desde la facultad de astronomía de la Universidad de Washington se ve el taller del escultor en vidrio Dale Chihuly. Las figuras fluidas y brillantes que crea recuerdan a criaturas submarinas. Cuando se las ilumina en una habitación a oscuras, el baile de la luz a través de sus vítreas formas les da vida. Medusas amarillas y rojizos pulpos vuelan por aguas de color cobalto. Algas de las profundidades se balancean con las mareas. Moluscos iridiscentes se abrazan.

Otras evocaciones suscitan en los astrónomos las obras de Chihuly. Pocas creaciones humanas se asemejarán tanto a las hermosas estructuras celestes que conocen por nebulosas planetarias. Contra el fondo negro del universo, encendidas desde su interior por estrellas esquilmadas, coloreadas por la fluorescencia que generan átomos y iones radiantes, las nebulosas planetarias parecen vivas. A algunas se les han dado nombres sugerentes: Hormiga, Estrellas Gemelas de Mar u Ojo de Gato. No hay imágenes espaciales más cautivadoras que las que de ellas ha tomado el Telescopio Espacial Hubble.

Las nebulosas planetarias recibieron esta denominación, nada afortunada, hace dos siglos. Las bautizó así William Herschel, prolífico descubridor de nebulosas, objetos difusos con forma de nube, visibles sólo a través de un telescopio. Muchas presentan un aspecto vagamente circular, que a Herschel le recordaba al verdoso planeta Urano (que él mismo había descubierto). De ahí que conjeturase que quizá fuesen sistemas planetarios que iban configurándose alrededor de estrellas jóvenes. El nombre ha perdurado a pesar de que da a entender lo contrario de lo que en realidad sucede: esta clase de nebulosa está formada por gas que se desprende de estrellas moribundas. No representan nuestro pasado, sino nuestro destino. En unos cinco mil millones de años, el Sol acabará sus días con la elegante violencia de una nebulosa planetaria.

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