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Hominización

Asociación de útiles líticos y restos óseos.

PREHENSION
THE HAND AND THE EMERGENCE OF HUMANITY
Colin McGinn, MIT Press, 2015

La especie humana posee lenguaje, pensamiento racional, cultura y un ámbito afectivo característicos. ¿Cómo llegamos a ser lo que somos? Para Charles Darwin en The descent of man, el secreto de nuestro éxito evolutivo radicó en la mano. Hace más de 80 años, Louis Leakey halló útiles de piedra en Olduvai. Decenios más tarde, con su mujer, Mary, y su equipo, encontró huesos de una especie que los Leakey bautizaron con el nombre de Homo habilis. Así surgió la idea de la asociación entre nacimiento de la técnica y aparición del género Homo. Los útiles más antiguos de Olduvai y los primeros fósiles de Homo tienen una edad de 2,6 millones de años.

Cuando nuestros remotos antepasados descendieron de los árboles, adoptaron un andar bípedo que dejaba libres las manos, propiciando así la cooperación social y el aumento de la capacidad cerebral. Colin McGinn les atribuye un papel principal en el desarrollo del lenguaje. Llegamos a ser lo que somos —inteligentes, creadores, diestros y proclives a la ansiedad— por nuestras manos. La interacción entre cerebro y mano permitió que los humanos hallaran su nicho ecológico a través del descubrimiento de los útiles materiales, amén de los útiles mentales (lenguaje y símbolos matemáticos). No abunda, sin embargo, Prehension en pruebas que respalden un discurso más o menos ingenioso. Se trata, a la postre, de un ensayo sobre la naturaleza de la humanidad, que pretende cubrir el vacío existente en el conocimiento de la transición desde los antepasados simiomorfos al hombre moderno.

El papel de la mano en la evolución de la naturaleza humana se ha reconocido desde hace tiempo. En 1833, Charles Bell publicó The hand: Its mechanism and vital endowments, as evincing design, donde sostenía que solo un creador divino podía haber realizado algo tan maravilloso y adaptado. Darwin le asignó una posición dominante en la emergencia del hombre. Por ella llegamos a ser lo que somos, tesis desarrollada por Napier en The roots of mankind (1970) y Hands (1980). En 1998, Frank R. Wilson retomó la idea de la centralidad de la mano en The hand: How its use shapes the brain, language, and human culture, para subrayar su estrecha relación con el cerebro. McGinn centra esa relación en el lenguaje. Con mayor singularidad: la mano humana explica la transición definitiva hacia la hominización.

La mano hizo posible la transición, sirviendo de puente o de mecanismo mediador. Destinada en su origen a la locomoción y desenvolvimiento en un medio arbóreo, recolección de frutos y defensa o ataque, poco a poco fue preadaptándose, primero con dedos aptos para asir. La mano fue liberándose de la locomoción con la postura erecta y se acomodó a otros fines. Ello condujo a un proceso de coevolución entre mano y cerebro, a medida que el cerebro fue aumentando su volumen y su capacidad para subvenir a las necesidades de la mano en sus nuevas tareas. Por eso, no debe sorprendernos que una cantidad importante de tejido cerebral esté reservada a la mano. Este órgano necesita, a todas luces, un computador potente para supervisar sus operaciones. En un diagrama corporal del homúnculo, el pulgar ocupa la extensión de una pierna, lo que representa que hay la misma cantidad de corteza dedicada al pulgar que a esa extremidad. Parte de esa maquinaria cortical está dedicada a la función motora y parte a la función sensorial. La mano no solo es un instrumento motor importante, sino también un órgano muy inervado para la sensación y la percepción. Los inconvenientes de una deambulación bípeda (problemas de equilibrio, fragilidad de la espina dorsal, marcha lenta) se irían compensando con la adaptación y nueva conformación. Las manos libres resultaban más importantes para la supervivencia.

Un individuo que se sirve de instrumentos ha de poseer pensamiento creador y pensamiento teleológico. Aves y hormigas pueden construir estructuras impresionantes que les sirven para su supervivencia, pero no han adquirido pensamiento creador ni finalista. No se trata del mero uso de herramientas, sino del estado mental, interno, de dicho uso. Por creatividad se entiende la capacidad para intuir un nuevo uso. Eso es peculiar de la inteligencia, la capacidad de solucionar problemas. Además, el animal debe ser capaz de establecer un razonamiento sistemático de medios y fines. Eso requiere tener conceptos teleológicos, trabajar hacia un fin.

Con todo, el libro de McGinn ignora los hallazgos recientes. La mano humana se distingue de la de otros primates por una serie de rasgos morfológicos que se consideran ventajosos para apretar con fuerza y precisión; en particular, la configuración morfológica de los dedos y del pulgar oponible es crítica para la destreza en el manejo de objetos. Sin embargo, se desconoce cuándo y por qué apareció esa morfología en el curso de la evolución. En enero del año pasado, el equipo liderado por Matthiew M. Skinner y Tracy L. Kivell puso de manifiesto que Australopithecus africanus (que vivió hace entre dos y tres millones de años) y varios homininos del Pleistoceno, a los que tradicionalmente se les negaba habilidad en la preparación de herramientas, presentaban, en los metacarpos, un patrón óseo trabecular similar al humano, coherente con una oposición vigorosa del pulgar. Estos resultados apoyan el uso de útiles líticos entre los australopitecos y aportan una prueba morfológica de que los homininos del Pleistoceno alcanzaron posturas de la mano parecidas a las humanas mucho antes de lo que se venía admitiendo.

Las lascas, bifaces y otros objetos que se han encontrado pueden acabar con la tesis que afirma que la fabricación de útiles complejos comenzó con la aparición de Homo. Los artefactos de 3,3 millones de años exhibidos en la Conferencia Anual de la Sociedad Americana de Paleoantropología, celebrada el 14 de abril de 2015, anteceden a la aparición de los primeros restos de Homo y sugieren que los precursores homininos tenían inteligencia y destreza capaces de fabricar útiles refinados.

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