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1 de Mayo de 2016
Sostenibilidad

Los refugiados sirios, víctimas del cambio climático

Los agricultores que han huido de su país en guerra explican que la sequía y los abusos del Gobierno impulsaron la violencia.

Un sirio consuela a su mujer tras recorrer en un bote abarrotado el peligroso trayecto de 16 kilómetros que separa Turquía de Grecia, una vía de escape para muchos de los que abandonan una Siria desolada por la guerra. [JOHN WENDLE]

En síntesis

La sequía, agravada por el cambio climático y las malas políticas gubernamentales, ha forzado a más de un millón de sirios a abandonar sus tierras para mudarse a ciudades superpobladas. Según sus testimonios, las restricciones de agua, la degradación del suelo y la corrupción dispararon la revolución.

Debido a la falta de trabajo y la subsiguiente violencia, un gran número de sirios ha huido a Turquía para cruzar el mar desde allí y llegar a Grecia. Cientos de adultos y niños han muerto ahogados por el camino.

Según los climatólogos, las sequías serán cada vez más frecuentes y severas, una tendencia que podría extenderse por Oriente Medio y la región mediterránea.

Kemal Ali había dirigido durante 30 años una próspera empresa de excavación de pozos agrícolas en el norte de Siria. Disponía de todo lo necesario para su negocio: pesado utillaje para introducir los tubos en el subsuelo, un camión maltrecho pero fiable para transportar la maquinaria y una dispuesta plantilla de jóvenes empleados para el trabajo duro. Además, sabía bien dónde perforar y disfrutaba de contactos de confianza en el Gobierno local que miraban hacia otro lado si se saltaba alguna norma. Pero la situación dio un vuelco cuando, en el invierno de 2006-2007, el nivel freático comenzó un descenso sin precedentes.

Ali tenía un problema. «Antes de la sequía solía perforar hasta entre 60 y 70 metros para encontrar agua», recuerda. «A partir de entonces tuve que hacerlo hasta los 100 y los 200 metros. Después, cuando la sequía se intensificó, me vi obligado a llegar a los 500. La máxima profundidad que he alcanzado ha sido 700 metros. El agua descendía cada vez más.» Desde aquel invierno hasta 2010, Siria padeció la sequía más devastadora de su historia. Ali se quedó sin negocio. Trató de buscar trabajo, pero no lo encontró. Las revueltas sociales en el país fueron creciendo y casi pierde la vida en un fuego cruzado. Ahora pasa sus días en una silla de ruedas en un campamento para refugiados heridos y enfermos de la isla griega de Lesbos.

Según los climatólogos, Siria representa el triste preludio de lo que le aguarda a buena parte de Oriente Próximo, el Mediterráneo y otras regiones del planeta. Sostienen que la sequía se agravó como consecuencia del cambio climático. El Creciente Fértil —la cuna de la agricultura hace 12.000 años— se está secando. La sequía de Siria ha causado la destrucción de cosechas, la pérdida de ganado y el desplazamiento de hasta un millón y medio de campesinos sirios. De acuerdo con un artículo publicado en marzo de 2015 en la revista científica estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences USA (PNAS), las repercusiones de la sequía encendieron un clima de crispación social que desembocó en una guerra civil. La docena de antiguos empresarios, como Ali, con los que he hablado recientemente en campos de refugiados sirios corroboran que eso es exactamente lo que ocurrió.

Pikpa, el campo en el que conocí a Ali el pasado noviembre, suponía la puerta de acceso a Europa para los solicitantes de asilo que habían sobrevivido al peligroso viaje en bote desde Turquía. Su familia y él, junto con miles de otros fugitivos del devastado campo sirio, representan una situación que amenaza con convertirse en una multitud mundial de refugiados de países donde un Gobierno inestable y represor se hunde bajo el peso de una mezcla tóxica de cambio climático, prácticas agrícolas insostenibles y mala gestión de los recursos hídricos.

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