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En su artículo «Solos en el Vía Láctea» [Investigación y Ciencia, noviembre de 2018], John Gribbin repasa la larga e improbable cadena de afortunadas coincidencias que nos han permitido estar hoy aquí para concluir que, como especie, somos especiales.

Pero ¿qué entendemos por ser «especiales»? ¿Solo afortunados? En este contexto, podríamos caer en la tentación de incluir en el término ciertos matices filosófico-religiosos de superioridad. En tal caso, ¿cuándo empezamos a serlo? ¿Los neandertales también lo eran? ¿Y Homo habilis? ¿Tiene nuestra existencia algún propósito?

De no ser así, deberíamos reconocer con humildad que somos únicamente un producto más de la evolución y que todas nuestras capacidades y singularidades emergen compartiendo la práctica totalidad de nuestro genoma con los chimpancés y la misma maquinaria celular que las levaduras. Rebobinar todos los acontecimientos posibles hasta el big bang e ir calculando sus probabilidades podría causarnos una falsa impresión. También es muy improbable acertar la lotería, y no creo que los afortunados deban por ello considerarse especiales.

¿Hay vida en nuestra galaxia? Tal vez no tengamos que buscar muy lejos. Pudo haberla en Marte y podría haberla en Encélado. ¿Y otra civilización? Con nuestro nivel técnico, y si la nuestra es de las primeras, quizá podríamos descartarlo en un radio de unos pocos miles de años luz, no más.

A pesar de todos los conocimientos adquiridos desde la revolución copernicana, solemos olvidar con arrogancia que solo comprendemos el 4 por ciento de todo lo que nos rodea (la materia bariónica) y de nuestro lugar en el cosmos. Ya sea como tribu, como raza o como especie, siempre nos ha gustado considerarnos «especiales». No lo podemos evitar.

Miguel Ángel Lapeña
La Alberca, Murcia

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