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  • Enero 2019Nº 508

Informe especial La ciencia de la desigualdad

Economía

Desigualdad económica y salud pública

La creciente brecha que separa a ricos y pobres deja secuelas en el cuerpo y en el cerebro.

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Las culturas occidentales abrazan desde hace tiempo la idea de que todos nacemos iguales. Pero en la vida real, nuestra existencia no se caracteriza por la igualdad de oportunidades y de recursos. Esa disparidad ya la señaló mordazmente en 1894 el escritor Anatole France: «La ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan». Por supuesto, los pudientes no precisan nada de eso, pero los necesitados a menudo no tienen otra elección. La desigualdad económica no ha hecho sino empeorar a lo largo de las décadas pasadas, sobre todo en Estados Unidos: en 1976, el 1 por ciento más rico poseía el 9 por ciento de la riqueza del país; hoy atesora casi el 24 por ciento. Y esa tendencia se repite en todo el mundo.

Una de las consecuencias del auge de la pobreza es el deterioro de la salud, si bien los motivos no son tan obvios como puede parecer. En efecto, pertenecer a un nivel socioeconómico (NSE) bajo conlleva en EE.UU. un acceso más limitado a la asistencia sanitaria y vivir en entornos más propensos a la enfermedad. Y puesto que los peldaños inferiores de la escala socioeconómica están ahora más concurridos, el número de personas con problemas de salud ha aumentado. Pero no se trata de un mero problema de mala salud para el pobre y de mejor salud para los demás. Desde Jeff Bezos, director de Amazon, para abajo, cada peldaño que descendemos por la escala conlleva un empeoramiento de la salud.

El vínculo entre la desigualdad socioeconómica y la mala salud va más allá del acceso a la asistencia sanitaria y de convivir con más peligros. Menos de la mitad de los cambios de salud que se suceden a lo largo de la escala del NSE se explican por riesgos como fumar, beber alcohol o consumir comida rápida, o por factores beneficiosos como disponer de seguro médico o estar abonado a un gimnasio. Los extensos Estudios Whitehall sobre riesgos en colectivos concretos, dirigidos por el epidemiólogo Michael Marmot, lo demuestran a las claras. Además, esa escala, o pirámide, existe en los países con asistencia sanitaria universal; si el acceso a la asistencia fuera realmente el responsable, su universalidad haría desaparecer las diferencias de salud. Algo más, bastante poderoso, debe ir aparejado con las desigualdades y ser capaz de causar enfermedades.

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