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  • Enero 2019Nº 508

Informe especial La ciencia de la desigualdad

Economía

La automatización de los prejuicios

Los algoritmos diseñados para paliar la pobreza podrían perpetuarla.

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A finales de 2006, el gobernador de Indiana, Mitch Daniels, anunció un plan que ofrecería «a las personas más necesitadas del estado más oportunidades para escapar de las prestaciones sociales y acceder al mundo del trabajo y la dignidad». Firmó un contrato de 1160 millones de dólares con un consorcio de empresas entre las que figuraba IBM para privatizar y automatizar los procesos de concesión de ayudas sociales de Indiana.

En vez de cumplimentar las solicitudes en la oficina del condado, se animó a los interesados a presentarlas a través de un nuevo sistema en línea. Se trasladó a cerca de 1500 funcionarios estatales a puestos privados en centros regionales de atención telefónica. Los trabajadores sociales que atendían a familias en las oficinas municipales pasaron a encargarse de las tareas que iban apareciendo en un sistema de gestión de flujos de trabajo y a atender casos que podían proceder de cualquier parte del estado: las llamadas se transferían al primer operador disponible. El Gobierno insistía en que esa transición hacia las comunicaciones electrónicas mejoraría el acceso de las personas necesitadas, mayores y discapacitadas a los servicios y ahorraría dinero a los contribuyentes.

Estados Unidos lleva mucho tiempo reuniendo y analizando información sobre familias pobres y de clase obrera, desde los libros de contabilidad de los asilos a las diapositivas de la Oficina de Registros Eugenésicos. Como Daniels, los actuales políticos y gestores de programas recurren con frecuencia a la automatización para remodelar la asistencia social, una tendencia que a veces se denomina «analítica de la pobreza»: la regulación digital de los pobres mediante la recogida, el intercambio y el análisis de datos. Adopta múltiples formas, desde la predicción del maltrato infantil usando modelos estadísticos hasta el seguimiento de los movimientos de refugiados con imágenes de satélite de alta definición. El resurgimiento contemporáneo de la analítica de la pobreza está alcanzando su apogeo, con incesantes evaluaciones del poder de los macrodatos y la inteligencia artificial para mejorar el bienestar social, la actuación policial, las condenas penales o los servicios a personas sin techo.

La idea central detrás de estos proyectos es que la pobreza es, en esencia, un problema de ingeniería de sistemas. La información sencillamente no llega a donde necesita ir, lo cual se traduce en un uso ineficiente, o incluso contraproducente, de los recursos. El auge de los sistemas automatizados de selección, los algoritmos de toma de decisiones y el análisis predictivo es, con frecuencia, aclamado como una revolución en la administración pública. Pero puede que no sea más que un retorno digitalizado al racionamiento económico, respaldado por las pseudociencias, del pasado.

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