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  • Enero 2019Nº 508

Informe especial La ciencia de la desigualdad

Economía

La desigualdad en EE.UU.

Análisis de un caso extremo para entender las causas de una tendencia global.

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Los estadounidenses suelen pensar que su país es especial. Y en muchos aspectos lo es: tiene con diferencia el mayor número de premios nóbel, el mayor gasto en defensa (casi tanto como los diez países siguientes juntos) y la mayor cantidad de multimillonarios (el doble que China, su más cercano competidor). Pero algunos ejemplos de su excepcionalidad no son motivo de orgullo. Todo indica que su nivel de desigualdad económica supera al del resto de los países desarrollados. Presenta el mayor gasto sanitario per cápita del mundo, pero la menor esperanza de vida de entre las naciones con las que puede equipararse. Y es también uno de los pocos países desarrollados que compite por el dudoso honor de mostrar los peores indicadores en igualdad de oportunidades.

El «sueño americano» (la idea de que, a diferencia de Europa, EE.UU. es una tierra de oportunidades) forma parte de la esencia del país. Pero las cifras indican lo contrario. Las perspectivas de un joven estadounidense dependen más de los ingresos y la educación de sus padres que en casi cualquier otro país avanzado del mundo. Cuando en los medios de comunicación circulan anécdotas sobre «el chico pobre que llega alto», es precisamente porque tales historias resultan excepcionales.

Pero parece que las cosas van a peor. Ello se debe en parte a fuerzas como la tecnología y la globalización, las cuales se antojan ajenas a nuestro control. Pero, sobre todo —y esto es lo más inquietante—, obedece a causas que sí dependen de nosotros. No son las leyes de la naturaleza las que nos han abocado a esta penosa situación: son las leyes de la humanidad. Los mercados no existen en un vacío; quedan definidos por regulaciones que pueden diseñarse para favorecer a un grupo a costa de otro. El presidente de EE.UU., Donald Trump, tenía razón al decir que el sistema está amañado: lo está por quienes forman parte de una plutocracia heredada a la que él mismo pertenece.

EE.UU. supera desde hace tiempo a otros países en nivel de desigualdad, pero ha alcanzado nuevas cotas en los últimos cuarenta años. Mientras que los ingresos del 0,1 por ciento más rico se han más que cuadruplicado, y los del 1 por ciento casi se han duplicado, los del 90 por ciento inferior han disminuido. Los salarios más bajos, ajustados por la inflación, siguen siendo casi los mismos desde hace 60 años. De hecho, los ingresos de aquellos con educación secundaria o inferior han ido cayendo en las últimas décadas. La población masculina, en concreto, ha salido especialmente perjudicada, a medida que EE.UU. abandonaba las fábricas por una economía de servicios.

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