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1 de Enero de 2019
Reseña

Retorno al presente

Un relato original sobre la génesis del ser humano y su constante evolución.

¡NO SEAS NEANDERTAL!
Y OTRAS HISTORIAS SOBRE LA EVOLUCIÓN HUMANA
Sang-Hee Lee con Shin-Young Yoon
Debate, 2018

Muchos suponen que la paleoantropología solo se ocupa del pasado. El razonamiento es que, más allá de la curiosidad y de un interés algo romántico por conocer los primeros movimientos de nuestros ancestros, esta disciplina no puede aportar mucho más al conocimiento de los humanos actuales. En ¡No seas neandertal!, la paleoantropóloga surcoreana Sang-Hee Lee rebate este punto de vista. La obra nos muestra a nosotros mismos como el resultado viviente —y, cabe destacar, todavía cambiante— de una magnífica interacción entre la biología y la selección natural durante unos seis millones de años, desde que los homininos se separaron del linaje de los chimpancés.

Alejándose del discurso tradicional, Lee ofrece un viaje original a lo largo de nuestro singular camino evolutivo, desde las criaturas simiescas bípedas al comportamiento complejo. ¿Cuándo perdieron el pelaje nuestros antepasados? ¿Cambió el gusto por la carne nuestro destino? ¿Fue la agricultura una bendición o una condena? ¿Es el altruismo una singularidad nuestra? De manera concisa y atrayente, Lee reexamina estas y otras cuestiones sobre la historia de nuestra especie aún en evolución y proporciona algunas respuestas poco habituales.

En particular, Lee apoya el multirregionalismo: la teoría de que los humanos modernos se originaron en varios lugares a la vez, en contraposición con el modelo de la «salida de África», que plantea un único origen para nuestra especie [véase «Huellas de un pasado lejano», por Gary Stix; Investigación y Ciencia, septiembre de 2008]. Así, rebate las interpretaciones, a veces rígidas, del registro fósil propuestas en una bibliografía donde predominan el inglés y la comunidad científica occidental. En el libro, Asia reaparece como el lugar de nacimiento de los humanos modernos y de sus antepasados. Lee nos recuerda que los fósiles de homininos de Dmanisi, en la República de Georgia, son tan antiguos como los primeros descubiertos en África. Y que Homo erectus podría haberse originado en Asia y migrado a África para dar allí origen a especies posteriores de Homo. También analiza a los denisovanos, los misteriosos homininos que coexistieron con los humanos modernos y que dejaron gran cantidad de ADN pero escasos fósiles. Lee se refiere a ellos como «los neandertales asiáticos», para resaltar que la reconstrucción de la historia evolutiva de los homininos europeos no debería desvincularse de la de sus primos del continente vecino.

No toda la obra versa sobre el pasado. ¿Siguen evolucionando los humanos? Solemos pensar que la interacción con el mundo a través de la cultura y la tecnología (como la ropa, las herramientas o los medicamentos) ha mitigado la presión sobre nuestro cuerpo para adaptarse biológicamente al medio. Lee cuestiona esta idea y aporta una sucesión de pruebas sobre la continua evolución humana.

Al respecto, señala los estudios sobre el color de la piel. Suele considerarse que la piel oscura evolucionó en los primeros homininos africanos sin pelo para protegerlos de la radiación ultravioleta. Quienes vivían en latitudes más altas habrían estado expuestos a una menor radiación y, por tanto, necesitaron menos melanocitos activos (las células que producen melanina). Ello puede explicar en gran medida la piel más clara de las poblaciones más alejadas del ecuador. Sin embargo, el genetista Ian Mathieson, de la Universidad de Pensilvania, y sus colaboradores analizaron una amplia muestra de ADN antiguo de poblaciones euroasiáticas occidentales, las cuales revelaron que la piel clara de los europeos se debe a una variante genética que apareció hace no más de 4000 años. Asocian la piel más clara de estas poblaciones a la llegada de la agricultura y al estilo de vida comunal y sedentario, una tesis que Lee apoya.

La autora argumenta que el cambio a la agricultura condujo a una dieta basada en cereales y féculas procesados, y deficitaria en nutrientes esenciales, entre ellos la vitamina D. Ello obligó al cuerpo a sintetizarla: un proceso metabólico que requiere la absorción de luz ultravioleta a través de la dermis. La mutación que dio lugar a una piel más pálida en los europeos, identificada por Mathieson, maximizaría esa absorción en las poblaciones con baja ingesta de vitamina D. Con este ejemplo, Lee subraya que la cultura (en este caso, la agricultura y el cambio en la dieta) podría incluso haber acelerado la evolución [véase «El futuro de la evolución humana», por John Hawks; Investigación y Ciencia, noviembre de 2014].

La agricultura conllevó también una explosión demográfica, a pesar del aumento de las enfermedades infecciosas en las comunidades sedentarias. La disponibilidad de cereales permitió el destete de los niños a edad más temprana y acortó el intervalo entre partos. El incremento de población resultante conllevó una mayor diversidad genética, «la materia prima de la evolución». Otra muestra de que nuestra biología aún está sujeta al cambio es la mutación de la lactasa, la cual ha permitido que, durante al menos los últimos 5000 años, algunos humanos puedan digerir leche en la edad adulta. Esta excentricidad, menos común en el este asiático, resultó una ventaja clave para los pastores y podría constituir un mecanismo adicional para superar la escasez de vitamina D, dado que la leche de vaca es rica en este nutriente.

Por otro lado, la vida en comunidad es capital para el éxito de nuestra especie. Como apunta Lee, los grupos grandes resultaron esenciales para la supervivencia, ya que ofrecieron la asistencia necesaria para superar las dificultades de parir crías con un gran cerebro y cuidarlos durante una larga infancia [véase «Homo infans», por Ana Mateos; Investigación y Ciencia, noviembre de 2018]. Los humanos modernos también son la especie primate con mayor esperanza de vida: tres generaciones pueden solaparse en el tiempo. Los individuos siguen siendo «útiles» más allá de su periodo reproductivo; cuidan a los hijos de su progenie e incluso a otros niños sin relación de parentesco. Como explica Lee, el concepto de «parientes ficticios» (lazos estrechos con personas de fuera de la familia o el matrimonio) es exclusivo de los humanos. Menciona los restos de un hominino anciano de Dmanisi, datado en 1,8 millones de años, que sin duda sobrevivió durante algún tiempo sin dientes en una época sin herramientas complejas ni conocimientos sobre cómo controlar el fuego. Ello podría indicar que el grupo trataba a sus individuos con compasión; sus fósiles podrían constituir la prueba más antigua del comportamiento altruista humano.

Lee posee un estilo desenfadado. Uno de los capítulos trata sobre el Gigantopithecus, un simio enorme descubierto en China que podría haber coexistido con Homo erectus hace entre 1,2 millones y 300.000 años. Otro versa sobre el dolor de espalda como contrapartida al bipedalismo. En ocasiones, esta accesibilidad incurre en la simplificación, y en otras se adentra en un terreno en el que todos los atributos parecen tener una función o haber evolucionado para un propósito.

A pesar de todo, la autora conseguirá ilustrar incluso a los especialistas con sus esfuerzos por dilucidar un campo a menudo visto como árido e inescrutable. ¡No seas neandertal! incide en la importancia del pasado. Nuestros seis millones de años de historia han sido moldeados en gran medida por el azar y el entorno cambiante. Lee muestra que, ahora más que nunca, nuestras decisiones pueden determinar el futuro de la Tierra y de sus habitantes, nosotros incluidos.

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