La acústica del clavicémbalo

Una interacción compleja de cuerdas, madera y aire produce las características vibraciones que el oído humano reconoce como timbre del clavicémbalo.

Los aficionados a la música de fines del siglo XVIII pueden discutir sobre las excelencias de tres cordófonos de teclado que tuvieron gran difusión en la época. El piano, cuyas cuerdas entran en vibración gracias a los potentes golpes de sus martillos, se ha convertido en el instrumento más popular. Permite crescendos de gran fuerza y diminuendos suaves. El clavicordio, de sonido más apagado, funcionaba por la percusión de las cuerdas con láminas de bronce, permitiendo crescendos y diminuendos sólo en el ámbito inferior de la escala de intensidades. Era pequeño y de construcción relativamente barata. El clavicémbalo (también llamado clave, clavecín, cémbalo o clavicímbano) era el único miembro del grupo con las cuerdas pinzadas. Incapaz de producir variaciones de intensidades suaves y fuertes, poco a poco perdió el favor de la sociedad europea, y cuando se construyó el último en 1809, parecía quedar por siempre relegado a las salas de los museos.

Ochenta años después, los músicos se dieron cuenta de que este instrumento no tenía parangón por su timbre tan característico. El instrumento tenía una superioridad en la ejecución de la música del barroco y de la música más antigua que el piano no podía alcanzar. En 1889 se volvieron a fabricar clavicémbalos, y gracias a su resurrección, la música para teclado de Bach, Purcell, Rameau, Couperin, Scarlatti y Haendel se vuelve a oír en el instrumento original para el que fue compuesta. Mas, a pesar de sus cinco siglos de existencia, hasta hace poco se desconocía mal cómo generaba su sonido tan resonante.

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