Educar en la ética de la privacidad

O cómo sobrevivir en el salvaje Oeste digital

 

Privacidad es poder. Datos, vigilancia y libertad en la era digital
Carissa Véliz
Debate, 2021

 

Navegar por Internet es, paradójicamente, un acto solitario lleno de público. Porque estamos solos ante la pantalla, mientras hay muchos al otro lado. Es la falsa sensación de una compañía intangible: quizá llega una voz, una imagen o un texto y, sin embargo, el contacto físico es imposible. La privacidad absoluta también: la Red es pública y la seguridad de las transacciones de información, limitadas.

No obstante, no deambulamos solos, sino algo peor: mal acompañados. Porque, como destapa la filósofa mexicana Carissa Véliz en Privacidad es poder, en el tórrido desierto digital acechan los buitres de datos. Merodean y picotean lo que pueden. No nos matan, porque les interesamos vivos. Parasitan nuestras vidas, pues se nutren de la información que les suministramos. Cambiamos nuestros planes y experiencias personales, y cedemos manipulados a sus ofertas, influidos por estímulos diseñados para captarnos. Y, sin duda, se lucran a costa de nuestra intimidad, de los mal llamados «datos personales», pues, en realidad, siempre influyen a nuestros contactos estrechos; datos que, además, son regalados o vendidos a precio de saldo. Pero, no se engañen, no solo en las pantallas acecha la absorción de nuestra privacidad: ¿o no nos vendemos baratos con las llamadas tarjetas de fidelización de los comercios, por unos descuentos irrisorios?

Como les sucedió a los pioneros del lejano Oeste, en ausencia de control y de legislación impera la ley del gatillo fácil, ahora el golpe de clic. Proliferan los sheriffs autocráticos impuestos por las grandes corporaciones, que han cambiado la fiebre del oro por la minería de datos, el nuevo El Dorado. El relato de Véliz expone cómo nos vigilan, cómo nos han ido arrebatando nuestros datos, hemos perdido privacidad y, en consecuencia, disminuido nuestra autonomía personal, es decir, la capacidad de decidir libremente qué es importante para nosotros y a qué dedicamos nuestro tiempo y nuestro dinero.

Véliz atrapa al lector con un relato inicial asfixiante — por verosímil y cotidiano —, el de la muerte anunciada de nuestra privacidad y su conexión con el poder. Se respira la atmósfera del confinamiento en sus palabras, momento en el que reconoce haber escrito la primera edición en inglés, con una prosa ágil más propia de la novela que del ensayo, en un territorio intersticial que posteriormente han explorado autores como Jorge Carrión en Membrana (Galaxia Gutenberg, 2021), pero situando al lector como protagonista de la trama, en su relación con la tecnología. Con lucidez preclara afirma Véliz: «El poder de pronosticar e influir que se deriva de los datos personales es el poder por antonomasia de la era digital». ¿Fue una decisión libre aquella compra en línea, tras ver aquel anuncio sugerido? ¿Por qué nos enganchamos al móvil, o a los juegos en línea, en lugar de realizar otras actividades en el mundo?

Hay, por una parte, una crisis de realidad, de la atención, que afecta especialmente a los niños, que ya pormenorizó en el plano educativo Catherine L’Ecuyer en Educar en la realidad (Plataforma Editorial, 2015). Se nada incluso a contracorriente de las investigaciones científicas, cuando se potencian los libros electrónicos en las escuelas, aunque la lectura en papel sea pedagógicamente mejor que en pantalla [véase «La lectura digital, en desventaja», por Pablo Delgado, Ladislao Salmerón y Cristina Vargas en Mente y Cerebro, n.º 99, 2019]. Lo tangible parece estar de capa caída.

Por otra parte, como desmenuzó Adam Alter en Irresistible: ¿quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos? (Paidós, 2018), el diseño de experiencias adictivas y facilitadoras de nuestro día a día es la base del lucrativo negocio de las grandes empresas tecnológicas. Y lo peor de todo es que pensamos que sus principales servicios (buscadores, geolocalización, juegos, etcétera) son gratis. Las aplicaciones digitales facilitan la vida y nos sirven. Son útiles, por supuesto, pero ¿qué facilitamos nosotros a cambio y a quién servimos? ¿Conocemos la transacción que realizamos? ¿Por qué no está claro qué se llevan las grandes tecnológicas? Somos los siervos de la gleba digital: quizás en el futuro cambiarán los dueños del terruño tecnológico, subirán unas compañías y bajarán otras, pero allí permanecerán sus siervos, sus suministradores de datos.

Véliz llama a las cosas por su nombre desde el primer momento: ¿por qué denominar cookies a los «programas espía» de las compañías? ¿Daríamos alegremente el consentimiento para activar «programas espía»? ¡No son galletitas! ¿Por qué no actúan los Estados y organismos supranacionales de forma más contundente con la depredación de datos de los oligopolios digitales? La neolengua y el doblepensamiento se han apoderado del contexto semiótico digital.

Quizá se aceptan las cookies por cansancio y dejadez, pues el algoritmo de la máquina solicitándolo no se cansa, pero nosotros sí. Pero también se aceptan por ignorancia de las consecuencias de nuestro efímero acto o, simplemente, porque estamos distraídos jugando, en un entorno en apariencia inofensivo. Como expuso Walter Lippmann en el clásico Public opinion (1922), en los momentos de relajo bajamos la guardia y son por ello ideales para lograr que la propaganda cuaje en la opinión pública, o para conseguir, en este caso, el ansiado clic que legitime la grotesca venta de nuestra alma digital.

Cien años después de Liberty and the news (1920), es curioso que los ecos de Lippmann sigan tan vigentes, salvando las distancias tecnológicas, también en el papel de los medios en la propagación de bulos, de noticias falsas. En una actualización periodística del mito de la caverna platónico, Lippmann contraponía el mundo exterior a las imágenes que generamos de él en nuestra cabeza. La crisis digital se aleja en sus causas de la de hace un siglo, tras la Primera Guerra Mundial, pero posee un fondo común: hay grandes empresas que se están beneficiando de ella, en general a costa de la destrucción de las libertades individuales y de los derechos sociales. Las crisis siempre afectan a los mismos. La muerte del desamparado en el desierto es el festín de los buitres.

El ensayo de Véliz defiende la toxicidad de los datos y alerta del peligro inminente de su mal uso. Véliz insiste sobre el daño que pueden llegar a causar los datos que nos arrebatan, recordando evidencias pasadas como los casos de Cambridge Analytica o Ashley Madison. Los datos, indefectiblemente, nos pueden perjudicar en algún momento. Asusta.

Por fortuna, como Belle Starr en el Far West, Véliz no solo dispara con acierto a los buitres y a los forajidos de datos, sino que ayuda al lector a armarse para que pueda defenderse, partiendo de dos consideraciones clave: (1) las decisiones de hoy marcarán el grado de privacidad y la libertad con la que contaremos en el futuro, y (2) debemos sobreponernos a la comodidad de regalar nuestros datos (por ejemplo aceptando sin reparo todas las cookies), teniendo presente que la privacidad es algo colectivo y que, por tanto, de nuestras decisiones individuales dependerá la privacidad de nuestra familia, amigos o vecinos. Reducir lo que compartimos en redes sociales, respetar la privacidad de los demás (no etiquetando en fotos, por ejemplo), exigir y aumentar la privacidad, o promover el uso de DuckDuckGo como buscador, o Signal como sistema de mensajería, son solo algunas de las balas que nos suministra Véliz. Aprovéchenlas.

¿Y quién no necesita armarse? Privacidad es poder es un manifiesto de lectura imprescindible en los tiempos que corren. Véliz nos recuerda que el fomento del individualismo digital es otra estratagema de control social. Juntos somos más fuertes, más poderosos. Contra la vigilancia, internautas del mundo, uníos.

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