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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2010Nº 401

Astrofísica

Retrato de un agujero negro

Gracias a una red mundial de radiotelescopios, pronto se observará la silueta de un agujero negro.

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Imaginémonos el anuncio siguiente: un técnico de telefonía móvil, de viaje al centro de la Vía Láctea, va preguntando por el camino si se le sigue oyendo. En el centro de la galaxia hay un gran agujero negro, Sagitario A* (Sgr A*), que pesa como cuatro millones y medio de soles. Cuando ese técnico se encontrase a menos de diez millones de kilómetros del agujero negro, le oiríamos hablar más despacio. Su voz, que nos sonaría más grave y débil, acabaría convirtiéndosenos en un susurro monótono y la señal se iría debilitando. Si además mirásemos, su imagen se nos volvería cada vez más roja y tenue; cuando estuviese cerca de la frontera —u "horizonte de sucesos"— del agujero negro, percibiríamos que el tiempo del técnico se "congelaría".

El propio técnico, sin embargo, no experimentaría un tiempo más lento. Tampoco vería nada extraño al llegar al horizonte de sucesos. Sólo sabría que habría cruzado el horizonte cuando nos oyera decir: "no, no le podemos oír bien". Sin embargo, no tendría forma de compartir sus últimas impresiones con nosotros porque ni siquiera la luz puede escapar de la atracción gravitatoria extrema del interior del horizonte de sucesos; es tan fuerte que, al minuto de que el técnico cruzara el horizonte, lo habría ya despedazado.

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