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La cuestión de los coches eléctricos

Con la introducción de nuevas técnicas, los vehículos eléctricos podrían ya ocupar las calles de nuestras ciudades. Sólo razones de interés político explican la persistencia del motor de explosión.

En los países industrializados, los automóviles son responsables de la mitad de la contaminación urbana y una cuarta parte de los gases que producen el efecto de invernadero. Ante el crecimiento de vehículos previsto para la próxima década, las naciones desarrolladas tendrán que tomar medidas para evitar inaceptables penalizaciones de orden sanitario, político y económico. El precio del petróleo probablemente subirá. Además, no puede aceptarse que el desmedido desarrollo imponga un cambio climático al resto del mundo.

Cuatro alternativas se ofrecen a los gobernantes y a la industria: limitar el uso de vehículos; mejorar el rendimiento y disminuir la emisión de gases de los motores de gasolina tradicionales; utilizar combustibles menos nocivos, o buscar sistemas de propulsión que contaminen menos. De todas ellas, la única viable es la de adoptar otro agente propulsor, concretamente la electricidad. Las demás soluciones, atractivas en teoría, resultan poco prácticas u ofrecen sólo mejoras marginales. Así, por ejemplo, utilizar menos los coches podría resolver los conflictos circulatorios y toda una serie de problemas sociales y ambientales, pero la experiencia mundial revela la dificultad de conseguir que la gente se acostumbre a prescindir del transporte privado. En Estados Unidos, el transporte colectivo y el uso compartido de vehículos ha descendido desde la Segunda Guerra Mundial; en Europa occidental, pese a los elevados precios de la gasolina y la gran densidad de población en movimiento, todavía se realiza en automóvil el 80% de todo el tráfico de personas

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