Cómo hacer frente al cambio climático

De la amenaza a la creación de oportunidades.

WHY ARE WE WAITING? THE LOGIC, URGENCY, AND PROMISE OF TACKLING CLIMATE CHANGE
Nicholas Stern. The MIT Press, Cambridge, Mass., 2015.

La población mundial se enfrenta a retos formidables. Dos siglos de investigación científica, apoyados en la física básica de los efectos de los gases de invernadero y en pruebas poderosas, denuncian la amenaza de un cambio climático en el curso de los próximos cien años que transformará la relación entre el hombre y el medio. Centenares o miles de millones de personas habrán de emigrar. La historia enseña que esos traslados siempre comportan tensiones y conflictos. Somos la primera generación que, por negligencia, podría destruir el nexo entre humanos y planeta, y quizá la última que tenga en sus manos poder evitarlo.

Los gases de invernadero inhiben el flujo de energía. La actividad humana está causando que aumente y se acelere su concentración a medida que el planeta se vaya calentando más. Los riesgos del cambio climático son abrumadores. Los beneficios de una intervención para evitarlo parecen también claros, observado que el desarrollo económico, la reducción de las emisiones y la adaptación imaginativa van de la mano. Una decidida transición hacia una concentración de carbono baja podría propiciar una nueva ola de transformación económica y tecnológica, una nueva era de prosperidad global y sostenible. ¿A qué, pues, esperamos? Tal es la razón de ser de este libro, en el que Nicholas Stern explica por qué, pese a la sugestiva atracción de un nuevo rumbo, resulta tan difícil acometer con decisión el problema del cambio climático.

Stern, experto del Banco Mundial, enseña en la Escuela de Economía de Londres. Sus trabajos han servido de plantilla para las sucesivas Conferencias Internacionales dedicadas al clima. Tras la aparición de The Stern review, publicado en línea a finales de octubre de 2006 y en forma de libro en enero de 2007, el interés público en el cambio climático conoció altibajos; muchas naciones de primer rango se mostraron renuentes a cooperar. Proponía allí su tesis capital: los costes y riesgos de la inhibición superan de lejos los costes y riesgos de la intervención con medidas que amortigüen los efectos. Le siguió, en 2009, A blueprint for a safer planet, publicado ocho meses antes de la Conferencia Internacional sobre el Clima reunida en Copenhague. En 2010, las naciones se pusieron de acuerdo en limitar la subida de la temperatura del planeta hasta 2 grados más; en fecha más reciente han convenido en cómo realizarlo.

Se quiso, y se propuso, que Why are we waiting? sirviera de texto de referencia para la Conferencia que las Naciones Unidas celebra este mes en París, con vistas a alcanzar un acuerdo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero. Recoge el estado de la cuestión. Sostiene que los riesgos y costes del cambio climático son peores que los estimados en The Stern review. Para conjurar la amenaza podemos apoyarnos en técnicas, métodos e instituciones del pasado o podemos introducir cambios, innovación y colaboración internacional. La primera opción podría traernos desarrollo a corto plazo, pero acabaría por llevarnos al caos, conflictos y destrucción. La segunda opción podría significar mejor vida para todos y un desarrollo sostenible a largo plazo, capaz de ganar la batalla contra la pobreza mundial. La ciencia nos advierte de los peligros de la dejadez; la técnica y la economía nos muestran lo que podemos hacer y los grandes beneficios que se seguirán.

Desde los años sesenta del siglo pasado, cada decenio ha supuesto un aumento de temperatura. Las emisiones de gases de efecto invernadero subieron a su nivel más elevado en julio de 2014, que fue, a su vez, el año más caliente registrado por la Administración Nacional Atmosférica y Oceánica de Estados Unidos. Las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono se elevaron en 1,9 partes por millón, hasta 307,2 partes por millón en promedio global en 2014, lo que suponía un 42 por ciento más de los niveles de la era preindustrial. La temperatura de la superficie marina alcanzó también cotas desconocidas; la subida del nivel del mar mantuvo la pauta de unos 3,2 milímetros de incremento anual, habitual en los dos últimos decenios. Las temperaturas de 2015 auspician otro año récord.

Aunque sube la temperatura, la variabilidad natural interna del clima, relacionada con el tiempo atmosférico, puede enmascarar el calentamiento global en un año determinado o incluso en una década, sobre todo a escala local. Los expertos discrepan en si hubo o no deceleración en la tasa de incremento de la temperatura superficial media global desde 1998 hasta 2013. La actividad humana incrementa la emisión de gases de efecto invernadero que atrapan el calor, sobre todo dióxido de carbono procedente de combustibles fósiles. Ese aumento producido eleva la temperatura atmosférica, pero los aerosoles atmosféricos, sobre todo los procedentes de combustibles fósiles, frenan dicho incremento.

A medida que el cambio climático avance, el calentamiento global repercutirá sobre las áreas metropolitanas con especial dureza, porque sus construcciones y pavimentos absorberán rápidamente luz solar y elevarán la temperatura local, un fenómeno conocido como «efecto isla térmica urbana». Como resultado, las ciudades podrían sufrir olas de calor letales. La ciencia de la adaptación al cambio climático debe contar con la experiencia de las poblaciones afectadas. Iniciativas o proyectos respaldados por la ciencia (pensemos en la «Modelización de la Agricultura Europea con el Cambio Climático para la Seguridad Alimentaria» o el «Proyecto de Refinamiento e Intercomparación de Modelos Agrícolas») se están desarrollando en estrecho contacto con expertos locales y comunidades agrarias. Tales programas constituyen una etapa importante, más allá de las proyecciones académicas sobre el impacto del cambio climático en la producción alimentaria mundial.

El cambio del régimen de lluvias y pautas de temperatura causará inevitables tensiones para agricultores y ganaderos, si las olas de calor, sequías y tormentas extremas se tornan habituales, como es de esperar en muchos sitios. Del incremento local sirva de ejemplo California. Desde 2012, la región ha venido sufriendo su peor sequía en más de un siglo, con unas temperaturas que están poniendo en tensión bosques, peces y ecosistemas, además de resentirse la economía regional. Las pérdidas en el campo supusieron 2200 millones de dólares en 2014; hasta 12 millones de árboles han desaparecido, con impactos en cascada sobre anfibios, aves y mamíferos. Las intensas lluvias que causaron inundaciones devastadoras en la ciudad rusa de Krymsk en 2012 se han vinculado al calentamiento de la superficie del mar Negro. El diluvio causó casi 200 bajas. En una noche cayó el doble del mayor registro hasta entonces. De acuerdo con los modelos establecidos, la temperatura superficial del mar Negro produjo un incremento del 300 por ciento de la pluviosidad en comparación con los modelos de temperaturas similares de 1980. El calentamiento del agua desestabiliza la atmósfera propiciando la formación de temporales.

Las previsiones agrarias resultan particularmente difíciles porque han de enfrentarse a diferentes fuentes de incertidumbre: cómo será el cambio climático regional, qué supuestos deben considerarse a la hora de sembrar qué cosechas, con qué abonos se contará. En el agro austriaco, cuarenta años atrás, se esperaba a que el sol apretara, a finales de abril, para sembrar el maíz. Pero el clima ahora es más cálido y se adelanta la siembra dos semanas. Para la cosecha eso no es malo, porque significa que el maíz, que no acaba nunca de madurar en aquel clima, dispone de 15 días más para hacerlo. Martin Schönhart, de la Universidad de Viena, presentó unas previsiones provisionales sobre la producción agraria para el año 2040. Algunas cosechas y frutales se beneficiarían del calentamiento esperado; pero otras (maíz incluido) disminuirían en un 20 por ciento debido a las alteraciones en precipitación y episodios extremos del tiempo atmosférico que borrarían los potenciales beneficios traídos por el calentamiento. Juicio con el que muchos agricultores no están de acuerdo. Por eso se insta la colaboración entre el campo y la academia.

En un estudio de revisión general del año 2014, los problemas previsibles serían superiores a los beneficios que produjeran las cosechas de trigo y maíz en las regiones de latitud baja, donde están concentrados los países subdesarrollados. En otro estudio, también de 2014, que analizaba 1700 simulaciones proyectadas, se concluía que, si no se toman medidas de adaptación, las cosechas de trigo, maíz y arroz caerán en las regiones templadas y tropicales con un ascenso de temperatura de dos grados.

La producción mundial de maíz supera los mil millones de toneladas, la de arroz está en torno a los 750 millones, la de trigo se cifra en más de 700 millones y la de caña de azúcar en 2000 millones. Pese a ello, hay más de 800 millones de personas que mueren de hambre cada año. Aun cuando no cambiara el clima, la agricultura se enfrentará a una enorme presión conforme la población mundial pase de los 7000 a los 9000 millones de personas en 2050. Los arrozales producen entre el 7 y el 17 por ciento de las emisiones globales del gas metano, de efecto invernadero, una cifra condenada a aumentar conforme crezca la demanda del cereal. La investigación básica trabaja en la mejora de un arroz cuyas semillas y tallos producen más biomasa y almidón que el arroz normal, al tiempo que emiten menos metano y producen un menor nivel de metanógenos rizosféricos. La variedad se ha creado mediante la incorporación de un gen codificador del factor de transcripción de la cebada SUSIBA2.

En la historia de la humanidad no abundan los ejemplos de amenazas globales cuyo impacto real pusiera a las naciones en alerta. Pero ahora, con el cambio climático, nos encontramos ante una amenaza creciente contra los recursos alimentarios, la salud, los ecosistemas y los servicios. Se halla en entredicho la propia viabilidad de un planeta. Inquietud que ha llegado a todas las esferas públicas. Un juzgado de distrito de La Haya acaba de sentenciar que el Gobierno de la nación intensifique drásticamente su lucha contra el cambio climático. De acuerdo con el tribunal, para el año 2020, Holanda deberá recortar las emisiones de dióxido de carbono en un 25 por ciento de los niveles registrados en 1990. En el razonamiento se consideró el calentamiento global como la violación de uno de los derechos humanos. En otro plano, la Comisión Lancet sobre Salud y Cambio Climático del mes de junio de 2015 declaró que el cambio climático comporta graves riesgos para la salud.

Las ciudades producen más del 70 por ciento de las emisiones de CO2 globales por consumo de combustibles fósiles; son el agente principal del cambio climático. Si las 50 ciudades más emisoras se unieran en un solo país, la nación emitiría un tercio de las emisiones, detrás de China y Estados Unidos. Algunas están tomando medidas para combatir el cambio climático. La ciudad de Los Ángeles, donde viven unos cuatro millones de personas, se ha propuesto reducir, de aquí hasta 2030, un 35 por ciento de las emisiones registradas en 1990. Allí, los vehículos rodados son responsables del 47 por ciento de las emisiones totales de dióxido de carbono; al consumo eléctrico corresponde un 32 por ciento. ¿Cómo piensa atajarlo? Se consideran las mejoras en cogestión del tráfico, calidad del aire, pasos peatonales y contaminación acústica.

Casi tres cuartas partes de las emisiones globales de carbono procedentes de la combustión de combustibles fósiles y producción de cemento entre 2010 y 2012 ocurrieron en China [véase «Una sorpresa con los gases de invernadero», por Mark Fischetti; Investigación y Ciencia, noviembre de 2015]. La Sociedad Europea de Física ha redactado un informe sobre los planes de la Unión Europea de alcanzar una producción sostenible de electricidad verde en el contexto de los retos de la energía global y del cambio climático. Destaca que la producción de electricidad sin combustible fósil recortaría las emisiones globales en un exiguo 3-4 por ciento. El Gobierno de Australia proyecta rebajar las emisiones de efecto invernadero entre un 26 y un 28 por ciento de los niveles de 2005 para el año 2030. Australia está a la cabeza de los países emisores de las 34 naciones industrializadas que componen la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Japón vuelve a la energía nuclear para reducir las emisiones de carbono y ayudar a frenar el calentamiento global. Barack Obama anunció en agosto de 2015 medidas para recortar la emisión de gases de invernadero de las centrales de energía. La normativa, elaborada por la Agencia Estadounidense de Protección del Medioambiente, propone una reducción del 32 por ciento de los niveles de 2005 para el año 2030.

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