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1 de Diciembre de 2015
Sociología

Evaluación científica de los programas contra la pobreza

El dinero y las buenas intenciones no bastan para combatir la pobreza. También hacen falta datos que nos revelen qué intervenciones funcionan y cuáles no.

MARIO WAGNER

En síntesis

Las organizaciones filantrópicas a menudo entregan dinero a proyectos sin saber en realidad si resultan provechosos.

Los microcréditos, por ejemplo, no logran aumentar el promedio de ingresos de los más pobres del planeta.

Los científicos sociales utilizan los métodos basados en macrodatos para descubrir lo que funciona y lo que no. El objetivo es convertir la filantropía en una ciencia, donde el dinero se destine a programas que aporten pruebas sólidas sobre su eficacia.

Los programas basados en pruebas no son la panacea para la pobreza, pero suponen un gran avance.

No se puede hacer dinero sin dinero. Esta atractiva expresión, obvia en apariencia, inspiró la idea de los microcréditos, surgida en la década de los noventa del sigloxx para ayudar a las personas a salir de la pobreza. Los bancos no les concedían préstamos tradicionales, pero una cantidad pequeña conllevaría menos riesgos y permitiría a los emprendedores poner en marcha negocios sencillos. El economista Muhammad Yunus y el Banco Grameen de Bangladesh ganaron el premio Nobel de la paz, en 2006, por hallar el modo de aplicar esta novedosa idea.

El problema es que, si bien los microcréditos presentan aspectos positivos, algunos datos recientes demuestran que, en promedio, no incrementan ni los ingresos ni el consumo doméstico y de alimentos, dos indicadores clave del bienestar económico.

El hecho de que un plan de desarrollo recibiera elogios y abundante financiación durante veinte años sin haber conseguido ayudar a la gente a salir de la pobreza pone de manifiesto la escasez de datos sobre los programas contra esta lacra. Los ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, entregan 335.000 millones de dólares anuales a obras de beneficencia; con todo, la mayoría dona por impulso o por recomendación de amigos, no porque cuente con pruebas de que su donativo vaya a tener algún efecto. Las organizaciones filantrópicas suelen entregar dinero a proyectos sin saber en realidad si resultan eficaces.

Por fortuna, vivimos en la época de los macrodatos (big data), y las decisiones que solían tomarse por instinto pueden fundamentarse hoy en indicios sólidos. En los últimos años, los sociólogos se valen del análisis de macrodatos en su difícil tarea de averiguar lo que funciona y lo que no. El objetivo es convertir la filantropía en una ciencia, donde el dinero se destine a programas que demuestren su eficacia con pruebas consistentes.

Escuché hablar de los microcréditos en 1992, durante lo que se suponía iba a ser un breve paréntesis en mi carrera de especialista en fondos de cobertura. Tenía 22 años y me fui de prácticas a una de las grandes microfinancieras en El Salvador; allí me llamó la atención lo poco que conocía la organización sobre la repercusión de sus créditos en los clientes (en su mayoría mujeres) y en la economía local.

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