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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2015Nº 471
Taller y laboratorio

Geología

Geomorfología experimental

Arena, agua y tesón son casi los únicos materiales necesarios para modelizar a escala de laboratorio la formación de relieves y del paisaje geológico.

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Tras los rigores del verano, el otoño nos ha regalado las tan ansiadas lluvias. Pero no es oro todo lo que reluce. Las precipitaciones entrañan también un gran riesgo, al menos en los países en los que estas pueden adquirir un carácter torrencial. Este es nuestro caso. La península ibérica sufre con más frecuencia de lo deseado precipitaciones intensísimas; en breves episodios, pueden llegar a acumularse decenas, incluso centenares, de litros por metro cuadrado [véase «Lluvias torrenciales», por Clemente Ramis et al.; Investigación y Ciencia, mayo de 2001]. Pese a su interferencia con los intereses humanos, estos fenómenos metereológicos son producto del quehacer natural de la atmósfera y parte fundamental del modelado geológico.

Aparte de las fuerzas tectónicas, son el viento, el hielo y el agua quienes se encargan de erosionar, transportar y sedimentar los materiales arrancados de los relieves por los lentísimos, pero dinámicos, procesos de meteorización. Decimos que son «lentos», pero lo que ocurre en realidad es que nuestras observaciones son inevitablemente breves. Además de la escala de tiempo, otro problema acecha al estudioso de lo geológico: las dimensiones físicas. ¿Cómo reproducir en el laboratorio el funcionamiento de un inmenso curso de agua? Recordemos que un río caudaloso puede extenderse centenares de kilómetros y que el curso de muchos torrentes litorales, por cortos que sean, llega fácilmente a varios miles de metros. La suma de todos estos factores hace que la experimentación geomorfológica en el laboratorio sea casi desconocida. Pero no imposible.

Para demostrarlo, traemos a estas páginas un modelo de una cuenca hídrica que nos permitirá ensayar muchos de los principales fenómenos relacionados con el modelado fluvial y la formación de relieves y estructuras sedimentarias. En realidad, se trata de un montaje ya clásico y de lo más sencillo: una caja (o un espacio acotado) donde situamos gravas y arenas, y sobre las cuales aportamos agua en cantidad suficiente como para establecer una circulación superficial y forzar así el transporte de material erosionado hasta un lugar con menor energía, donde este sedimentará.

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