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1 de Diciembre de 2015
Conservación

Humanos y carroñeros: una larga historia de encuentros y desencuentros

Mientras que nuestros antepasados competían con estos animales por la carroña, hoy nos beneficiamos de los importantes servicios ecológicos que nos ofrecen.

EL BUITRE LEONADO es el carroñero obligado más abundante y de distribución más amplia en la península ibérica. [CORTESÍA DE JOSÉ A. SÁNCHEZ ZAPATA]

La eficacia de los carroñeros, en particular de los buitres, para localizar y consumir las carroñas en intervalos cortísimos de tiempo (generalmente horas) es un hecho que no ha dejado de sorprender. Pero, a pesar de la admiración que estos animales nos despiertan, algunas prácticas y actuaciones humanas han puesto en peligro su supervivencia y están alterando muchos de los servicios y ventajas que ofrecen a nuestra especie.

A fin de entender mejor nuestra interacción con los animales carroñeros y su estado de conservación, desde hace varios lustros nuestro grupo, en colaboración con expertos de distintos centros y países, venimos siguiendo las poblaciones de estos animales y estudiando el consumo de carroñas en los cinco continentes. Una pregunta fundamental que nos hemos planteado es cómo ha ido cambiando la interacción entre humanos y carroñeros a lo largo de nuestra larga historia de convivencia.

Una relación ancestral
Para dar respuesta a esa cuestión hemos revisado las interacciones entre humanos y carroñeros desde la aparición de los primeros homínidos en África. Un número creciente de datos indica que los humanos primitivos que comían habitualmente carne no cazaban sus propias presas, sino que aprovechaban los cadáveres de megaherbívoros atacados por dientes de sable y otros grandes depredadores. De este modo, algunos eones atrás habríamos formado parte de un mismo gremio con el resto de los animales carroñeros y, por tanto, competiríamos con ellos por los mismos recursos.

Aparte de beneficiarse de los animales recién cazados por los depredadores, aquellos primeros humanos (que pueden considerarse «carroñeros facultativos», dado que consumían carroña de forma oportunista) aprendieron a descifrar los movimientos de los buitres («carroñeros obligados») para encontrar más carroñas ocultas en el paisaje.

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