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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2015Nº 471

Informe especial Estado de la ciencia global 2015

Neurociencia

Las dificultades del Proyecto Cerebro Humano

A los dos años de su inicio, este proyecto multimillonario de simulación del cerebro está haciendo agua. ¿Mala gestión o limitaciones de la gran ciencia?

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Henry Markram lleva décadas soñando con aplicar ingeniería inversa al cerebro humano. En 1994, por entonces investigador posdoctoral en el Instituto Max Planck de Investigación Médica en Heidelberg, se convirtió en el primer científico en registrar la actividad recíproca de dos neuronas vivas; mediante pipetas microscópicas logró medir las señales eléctricas que intercambiaban dos neuronas de rata recién extraídas. Su trabajo desveló el proceso por el que las sinapsis se fortalecen y debilitan, lo que posibilitó el estudio y la modelización de los procesos de aprendizaje en el cerebro. Gracias a este trabajo, fue nombrado investigador principal en el prestigioso Instituto Weizmann de Ciencias, en Rehovot, y, para cuando fue ascendido a profesor en 1998, ya era uno de los científicos más reconocidos en su campo.

Entonces, comenzó su frustración. Si bien los investigadores de todo el mundo publicaban decenas de miles de estudios neurocientíficos al año, ni nuestros conocimientos sobre las funciones básicas del cerebro ni nuestra capacidad para tratar los trastornos mentales parecían progresar mucho. La consternación de Markram también era personal. Mientras vivía todavía en Alemania, a su hijo Kai le diagnosticaron autismo. Según explicó a The Guardian en 2013, deseaba poder introducirse en una simulación del cerebro de su hijo y ver el mundo como él lo veía. El único modo de lograrlo, razonaba, consistía en ir más allá de los experimentos aislados sobre comportamiento, enfermedades y anatomía cerebral; en su lugar, proponía modelizar los circuitos del cerebro humano completo.

En una charla TED en 2009, expuso a la audiencia su idea de realizar una simulación matemática de las 86.000 millones de neuronas y los 100 billones de sinapsis del cerebro en una supercomputadora. «Podemos conseguirlo en diez años», prometió al público, sugiriendo que tal modelo podía incluso tener consciencia. Aseguró a los asistentes que, pasados esos diez años, les enviarían un holograma para que hablara con ellos. En diferentes charlas, entrevistas y artículos, señaló que un modelo matemático del cerebro permitiría avances tan fundamentales como diseñar fármacos, prescindir de ciertos experimentos con animales y mejorar el conocimiento de trastornos como el alzhéimer. Como si ello no bastara, el modelo abriría las puertas a una tecnología capaz de construir ordenadores más rápidos y crear robots con capacidades cognitivas y, posiblemente, inteligencia. Muchos neurocientíficos se mostraron escépticos, pero Markram contó con numerosos defensores. La Unión Europea pareció vindicar su visión en enero de 2013, al concederle mil millones de euros para un proyecto de diez años de duración [véase «El proyecto cerebro humano», por Henry Markram; INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, agosto de 2012].

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