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1 de Diciembre de 2015
Neurociencia

Las funciones vitales del sueño

El descanso nocturno ejerce una influencia profunda en los sistemas nervioso, inmunitario y endocrino.

MARIA CORTE MAIDAGAN

En síntesis

Numerosos estudios, por no citar la experiencia cotidiana, avalan el vínculo entre una buena noche de sueño y el estado de ánimo, la memoria y el aprendizaje.

Un creciente número de experimentos llevados a cabo en los últimos veinte años han constatado que el mecanismo del sueño influye directamente en otras funciones corporales, desde el equilibrio hormonal hasta la protección inmunitaria.

A pesar de esos descubrimientos, seguimos sin saber con certeza por qué estamos obligados a caer en los brazos de Morfeo a diario, aunque cada vez se está aprendiendo más sobre lo que le sucede a nuestro organismo cuando dormimos.

«¿Es de verdad necesario dormir?» En mis viajes por todo el mundo para hablar del sueño, me han formulado esta pregunta infinidad de veces. Y mi respuesta es siempre la misma: sí, todos precisamos dormir. A semejanza del hambre, la sed o la libido, el sueño es una necesidad fisiológica. Pero la razón exacta por la que pasamos un tercio de la vida sumidos en la inconsciencia ha representado un misterio desde hace mucho tiempo.

A la vez que reconocía nuestras lagunas de conocimiento, Allan Rechtschaffen, uno de los investigadores del sueño más prominentes del mundo, afirmó en 1978: «Si el sueño no sirviera a una función absolutamente vital, sería el mayor error cometido jamás por la evolución». En los años noventa, J.Allan Hobson, otro prestigioso especialista en la materia, comentaba con ironía que la única función conocida del sueño era curar la somnolencia.

Las investigaciones en estos veinte años han comenzado por fin a ofrecer una explicación parcial de la razón de ser del sueño. Si algo está claro es que no responde a una sola finalidad. Parece que se necesita para el funcionamiento óptimo de numerosos procesos biológicos. Influye en la actividad del sistema inmunitario, el correcto equilibrio hormonal, la salud mental y emocional, el aprendizaje y la memoria, y también en la eliminación de toxinas del cerebro. Sin embargo, ninguna de tales funciones falla por completo si no se duerme. En general, el sueño parece mejorar el rendimiento de esos sistemas sin ser absolutamente necesario. Pero, aun así, cualquiera que sufra insomnio durante meses acabará muriendo.

Ese conocimiento imperfecto ha tardado décadas en gestarse. A finales del siglo pasado se abandonaron las viejas ideas acerca del sueño (como que estaba causado por la retirada de la sangre de la superficie de la piel o por la acumulación de va-
pores tibios en el estómago) y se empezaron a realizar mediciones minuciosas de la actividad de las ondas cerebrales, de los patrones de la respiración y de las oscilaciones diarias de las hormonas y otras moléculas sanguíneas. En los últimos años, se han comenzado a desentrañar los aspectos del sueño que son relevantes por los beneficios que conllevan. Resulta irónico que, cuanto más se confirma la necesidad incontestable de pasar una buena noche para el correcto funcionamiento de la mente y del cuerpo, los ciudadanos del siglo xxi pasemos menos tiempo en los brazos de Morfeo.

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