La nueva carrera a la Luna

Varias naves comerciales compiten por llegar a la superficie lunar. ¿Lograrán poner en marcha una nueva economía espacial?

[Don Foley]

En síntesis

Desde principios de 2023, despegarán hacia la Luna varios aterrizadores comerciales que transportarán experimentos científicos y otras cargas útiles para clientes de pago como la NASA, que ha subvencionado esas misiones.

Las empresas implicadas esperan que eso impulse un mercado en torno a los metales, el agua y el helio de nuestro satélite, recursos que serían muy valiosos si se estableciera una base lunar para lanzar cohetes al sistema solar.

Esas misiones público-privadas permitirán obtener resultados científicos más rápido y por menos dinero, y podrían garantizar un flujo regular de visitas a la Luna, pero quizá socaven las grandes misiones lunares de la NASA, más adecuadas para cierto tipo de investigaciones.

Un día de diciembre de 2021, John Walker Moosbrugger, que a sus 25 años era ya director de proyectos en la empresa emergente de robótica lunar Astrobotic, se sentó frente a la «sala blanca» de la compañía y observó cómo instalaban un instrumento más viejo que él en un aterrizador lunar. El vehículo, llamado Peregrine, era un contenedor de cuatro patas tan grande como un jacuzzi, todo envuelto en aluminio. El instrumento instalado se denominaba SEAL (Alteraciones en la Superficie y la Exosfera causadas por Aterrizadores, en inglés) y era un sensor del tamaño de una caja de zapatos, diseñado para estudiar los efectos de un alunizaje sobre el polvo lunar.

Peregrine, cuyo despegue está previsto para principios de 2023, es una de las muchas misiones que se aprestan a lanzar las empresas privadas, tras prepararse durante años. Desde que se fundó en 2007 para competir en el ya extinto Google Lunar XPRIZE, Astrobotic no ha dejado de trabajar en su aterrizador ni de firmar convenios con empresas que querían llevar sus instrumentos a bordo, con sus miras puestas en un futuro lanzamiento. Y en 2018, la NASA instauró un esquema de financiación que convertiría a Astrobotic en una de varias empresas con transbordadores lunares para mediados de esta década. Moosbrugger lleva desde entonces preparando cargas útiles como SEAL. «De repente, a finales de octubre, empezaron a aparecer [representantes de la NASA]», relata. «Todo se tornó muy real.»

En algún momento de los próximos meses, las misiones estadounidenses volverán a la Luna después de medio siglo. Las naves no estarán tripuladas (al menos por ahora) y ni siquiera habrán sido construidas por el Gobierno. La próxima flota lunar estará formada por naves espaciales privadas que transportarán experimentos científicos y otras cargas útiles para clientes de pago, entre ellos la NASA. El aterrizador Peregrine será propulsado por el nuevo cohete Vulcan Centaur de United Launch Alliance, cuando este lleve a cabo su viaje inaugural. Otra empresa emergente, Intuitive Machines, prevé lanzar su aterrizador lunar Nova-C en marzo de 2023, a lomos de un cohete Falcon 9 de SpaceX. Se espera que otra docena de compañías se sumen a ellas en los próximos seis años, acarreando cargas que irán desde un magnetómetro y suministros para una futura base lunar hasta pequeñas cantidades de restos humanos incinerados.

Esos serán solo los últimos hitos en el crecimiento paulatino de un sector comercial relacionado con el espacio. SpaceX lanzó su primer cohete en 2006 y lleva desde 2012, junto con otras empresas privadas como Northrop Grumman, transportando cargas (y, más recientemente, tripulantes) a la Estación Espacial Internacional. En 2021, después de un largo retraso, quedó inaugurada la era del turismo espacial privado, cuando clientes famosos y multimillonarios comenzaron a viajar hasta el espacio cercano a la Tierra.

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