La tecnología y la sociedad retan al cuerpo humano

¿Cuerpos inadecuados para el mundo moderno?

 

Guía del cazador recolector para el siglo XXI
Cómo adaptarnos a la vida moderna
Heather Heying y Bret Weinstein
Planeta, 2022

 

La tecnología permite ir más allá de las capacidades biológicas básicas. No podemos volar moviendo los brazos, pero sí en un avión o un parapente; aguantamos la respiración bajo el agua poco tiempo, pero un equipo de buceo o un submarino posibilitan escudriñar durante horas los fondos marinos. Más allá de la exploración del medio aéreo o marino, la tecnología reta al cuerpo humano desde nuestros orígenes.

Hay universales que no cambiarán en los próximos siglos: alimentación, sueño, sexualidad, lenguaje, cultura o relaciones sociales seguirán siendo temas fundamentales de estudio y reflexión. Sabedores de ello, los biólogos evolucionistas —y pareja— Heather Heying y Bret Weinstein han escrito a cuatro manos la Guía del cazador recolector para el siglo XXI. Heying y Weinstein defienden la clásica tesis del contraste existente entre el mundo moderno y el cuerpo de Homo sapiens que tenemos. Fruto de una anterior evolución lenta en comparación con las variaciones sociales y técnicas de los últimos siglos, nuestro organismo no mutará de forma tan rápida para adaptarse a esos cambios.

Heying y Weinstein han tenido la brillantez de encarar los enigmas sencillos de nuestra especie, las preguntas que cualquier niño haría, sabedores de que desde la ciencia todavía no podrán dar respuesta más que parcialmente a buena parte de esos misterios. Así irrumpen en la introducción con algunas de estas cuestiones: «¿Por qué reímos, lloramos o soñamos? ¿Por qué pasamos un duelo por nuestros muertos? ¿Por qué nos inventamos cuentos sobre gente que nunca ha existido? ¿Por qué cantamos, nos enamoramos o vamos a la guerra?».

Heying y Weinstein recurren desde el título a la dualidad simplificadora de los términos «cazador-recolector» para referirse a las últimas modificaciones notables del cuerpo de H. sapiens. Se permiten otras licencias divulgativas que pueden poner los pelos de punta a lectores expertos, pero este no es un libro para ellos, sino para el gran público. Así, al final de cada capítulo, los autores incluyen una sección de resumen («La lente correctora»), en la que dan consejos a los lectores para su vida cotidiana, sobre cada uno de los temas tratados, a la luz de las investigaciones que han ido pormenorizando. Es un formato que se está extendiendo, influido por la prolífica literatura de autoayuda y por las cada vez más sucintas píldoras audiovisuales que nos bombardean en las redes sociales, y en los canales de ciencia de Internet. Su éxito de ventas en EE.UU. les avala, aunque algunos lectores prefiramos pensar por nosotros mismos antes que sucumbir a resúmenes powerpoint, que quizá tienen todo el sentido para lectores más dispersos y pasivos, una mayoría en la era digital.

Los cazadores-recolectores que durante generaciones sobrevivieron en la naturaleza se enfrentan ahora a entornos modificados, artificiales, en principio en aras de una supervivencia más fácil, al menos estadísticamente. Las consecuencias del desfase entre la fisiología del sapiens cazador recolector que habitamos y el mundo al que se enfrenta son poliédricas, pero, en general, conducen a trastornos y patologías que han aumentado su prevalencia en la sociedad moderna. Así, las poblaciones humanas viven horarios estrictos, confundiendo la medida del tiempo con su control, esclavizadas por la productividad laboral, carne de ansiedad, insomnio y estrés; el individualismo imperante tiende a alejarnos de la vieja socialización de la tribu, a reducir, simplificar y mercantilizar las relaciones humanas, desde la conversación al sexo, empujándonos a la depresión y al aislamiento; y, por último, el consumismo se erige como moderna respuesta compulsiva al impulso recolector, hiperestimulando los circuitos de recompensa que pueden arrastrarnos a las adicciones.

Si bien Heying y Weinstein huyen de la falacia naturalista (aquella que asume que lo que existe en la naturaleza es «lo que debería existir»), por momentos se ven sumidos en algunos conflictos ideológicos, propios de la cultura estadounidense contemporánea en la que, quieran o no, están inmersos. En su capítulo dedicado a la alimentación, por ejemplo, desaconsejan los transgénicos por el principio de precaución, aunque ellos mismos reconocen: «Los transgénicos en sí mismos no son peligrosos ni seguros. Pero se apartan de la selección artificial que los agricultores llevan miles de años practicando»; establecen así una distinción entre la selección genética tradicional en la agricultura (que se practica desde el neolítico) y las modificaciones que se pueden realizar con las técnicas actuales de edición genética. [Para evitar confusiones y pánicos innecesarios, recomiendo acudir a Transgénicos sin miedo (Destino, 2017) de José Miguel Mulet.] El sesgo ideológico es aún más notable en el capítulo dedicado al sexo y al género, donde se aconseja, literalmente: «A las mujeres heterosexuales: no sucumbáis a la presión social por acceder fácilmente a mantener relaciones sexuales». ¿Y las lesbianas sí? ¿Y los hombres? En fin.

Debo reconocer que uno se siente tentado a abandonar la lectura ante tales dislates, impropios del ensayo científico. Sin embargo, seguí con ella por el interés personal que me despertaban los siguientes capítulos, dedicados a la paternidad y las relaciones personales, la infancia, la escuela y el paso a la edad adulta (¿adolescencia?). Recomiendo su lectura crítica, huyendo de la propia cámara de resonancia, a padres y docentes, pues, siendo sabedores del contexto cultural e ideológico de los autores, se pueden extraer valiosos consejos y valoraciones e, incluso, perspectivas de futuro de la deriva de nuestra sociedad, cada vez más bajo el influjo estadounidense.

Sobre la infancia y la educación, resulta interesante el enfoque dialógico que Heying y Weinstein esbozan sobre algunas dicotomías: colaboración o competividad, fragilidad o «antifragilidad» (evitan «dureza»), padres helicóptero o padres quitanieves, control o riesgo. Presentan la escuela como un elemento social novedoso en nuestra historia evolutiva, más que la agricultura o la escritura. La escolarización forzosa y la docencia son rarezas de la historia humana. Sorprende que, desde una perspectiva inicial alejada de la pedagogía, se llegue igualmente a una cuestión crucial: ¿qué se debe enseñar necesariamente en la escuela y qué no? Como bien ha condensado otro biólogo, Juan Fernández, en Educar en la complejidad (Plataforma, 2022), la complejidad social y del fenómeno educativo se traduce en nuestra interpretación de lo que debe ser la escuela: se deberían tomar decisiones políticas desde la ciencia educativa y acciones pedagógicas en el aula fundamentadas en la investigación, considerando, ineludiblemente, la biología humana.

«El paso a la edad adulta» no es un capítulo para adolescentes. Es un oráculo para mayores de edad, que no adultos, que viven abotargados en un mundo que ya no es el de los cazadores recolectores, ni el del siglo XX. Es el preámbulo imprescindible para comprender la debacle homogeneizadora de las culturas del mundo, el sinsentido del imposible crecimiento económico continuo y la necesidad del salto que, a escala planetaria, se debe llevar a cabo para evitar el colapso de la civilización tal y como la hemos conocido, y concebido.

Nuestros cuerpos inadecuados, o el transhumano futuro que habita en nosotros, parafraseando al filósofo Antonio Diéguez, están agazapados esperando un cambio que no llega, ni en nuestro comportamiento sapiens ni en el frágil exterior que modificamos –cuando no destruimos– a nuestro antojo.

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