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1 de Marzo de 2017
Ecología

Secuestro de carbono en los suelos forestales

La reforestación de los terrenos baldíos contribuye a retirar carbono de la atmósfera. Pero sus efectos solo se notan a largo plazo, y quizá no sea siempre la mejor opción.

CORTESÍA DE PERE ROVIRA

En síntesis

Aumentar el contenido de los suelos en carbono orgánico, procedente sobre todo de la descomposición de los residuos vegetales, permitiría atenuar el exceso de CO2 atmosférico, responsable del cambio climático.

De cara a conseguir ese objetivo, reforestar terrenos baldíos o improductivos parece a primera vista una política adecuada. Pero en España, especialmente en las zonas húmedas, quizá no sea siempre la opción más efectiva. Después de una plantación, pueden necesitarse varias décadas para que se produzca una ganancia neta de carbono, y aún más para que este quede retenido en el suelo de forma estable.

El mantillo de hojarasca del suelo representa un secuestro neto de carbono y tarda menos en formarse tras la reforestación. Sin embargo, es frágil y puede perderse con facilidad.

El cambio climático es, en pocas palabras, la consecuencia de un desequilibrio en el ciclo del carbono. Uno de sus componentes, la atmósfera, está recibiendo desde hace aproximadamente un siglo y medio aportes de carbono muy superiores a los que recibiría de forma natural. Tales aportes se derivan en general de las actividades humanas y, muy en particular, del uso de carbono fósil. Su combustión en motores y centrales térmicas genera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO2), un gas que se acumula en la atmósfera y tiene efecto invernadero, lo que da lugar al calentamiento del planeta.

En el medio terrestre, el carbono se acumula principalmente en los suelos. Este elemento se encuentra allí en dos formas: la orgánica y la inorgánica. El carbono orgánico corresponde a la materia orgánica procedente de los restos vegetales muertos (hojarasca, raíces, etcétera) que se incorporan al suelo para sufrir un proceso de descomposición y humificación (transformación en humus). El inorgánico forma parte de los carbonatos y los fragmentos de roca caliza del suelo y es muy estable en su conjunto: sus cambios ocurren a escalas de tiempo de miles o incluso millones de años. El carbono orgánico, en cambio, es mucho más dinámico: puede aumentar o disminuir en escalas de tiempo de décadas o siglos, y, acaso lo más importante para nosotros, podemos gestionarlo. Por ello, la mayor parte de los estudios acerca del ciclo del carbono en los suelos se centran en el carbono orgánico, y cuando se refieren a las reservas de carbono edáfico, sin más, se refieren a él. En el presente artículo seguiremos también este criterio.

La cantidad de carbono que albergan los suelos suele ser superior a la que retiene la vegetación y, en comparación, también más estable. Esta reserva de carbono edáfico depende, entre otros factores, del tipo de vegetación. Favorecer la expansión de comunidades vegetales que acumulan más carbono edáfico es, por tanto, una forma obvia de secuestrar carbono en los suelos. Los bosques suelen asociarse con suelos ricos en materia orgánica (y por tanto, en carbono), mientras que las zonas cultivadas suelen asociarse con suelos pobres en carbono. Los cultivos son cruciales por razones obvias: alimentan a la población humana. Suprimirlos, sin más, es sencillamente impensable. Pero cuando se abandonan —por ejemplo, debido a una rentabilidad ínfima—, se plantea la cuestión de qué hacer con los terrenos que quedan disponibles. A menudo se ha propuesto la idea de reforestarlos para favorecer el secuestro de carbono atmosférico en el suelo y mitigar así los efectos del cambio climático.

¿Cuál es, en realidad, la eficacia de tal práctica? La respuesta a esta simple pregunta es, de hecho, compleja. El objeto de este artículo es aportar información a este debate. Para ello analizamos los diversos factores que influyen en la retención de carbono orgánico en el suelo. Basándonos en la información disponible, examinamos cuáles serían las consecuencias de la reforestación en los suelos de España, teniendo en cuenta la variedad de regiones climáticas y tipos de vegetación que el país alberga.

El suelo, un factor clave
Antes de entrar a discutir el tema de la reforestación, debemos comentar la función esencial que ejercen los suelos como almacén de carbono. En varias ocasiones se ha intentado estimar la reserva mundial de carbono en los suelos. El resultado varía ligeramente de un autor a otro, pero, en conjunto, gira en torno a los 1600 petagramos (1 petagramo = 1015 gramos = 1.000.000.000 toneladas). Suele mencionarse que el carbono acumulado en los suelos del mundo es, en cifras redondas, el doble del almacenado en la vegetación. Ello da una idea de la relevancia de los suelos en cuanto a sumideros de carbono. Sin embargo, todavía es una cantidad pequeña, si la comparamos con la que debió de almacenar antes de la revolución neolítica.

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