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LA LABOR DEL PERIODISMO CIENTÍFICO
En «El control sobre el periodismo científico» [Investigación y Ciencia, diciembre de 2016], Charles Seife critica la política de embargos reservados; es decir, la práctica por la que una institución científica restringe la difusión previa de la información a ciertas publicaciones y exige a sus periodistas que no contacten con fuentes no autorizadas antes de una fecha determinada.

Hoy en día existen demasiados periodistas científicos que malinterpretan las noticias que cubren. ¿Cómo puede una institución asegurarse de que una información que está basada en pruebas llega al público sin que, en el camino, un periodista decida apoyar una causa discordante y acientífica en nombre de un supuesto «equilibrio informativo»? Tal vez las instituciones hayan encontrado una solución en los embargos reservados.

Los ejemplos de embargo mencionados por Seife incluyen casos bastante inocuos, como cuando el Instituto de Tecnología de California contactó con anterioridad con algunos periodistas escogidos porque buscaba profesionales de primera categoría para cubrir una noticia. Otro es el caso, no representativo, de un investigador con un historial de mala praxis —y que no actuaba en nombre de ninguna gran institución gubernamental— para ofrecer información anticipada sobre un artículo de calidad dudosa. Como cabía esperar, dicho artículo fue retirado posteriormente. La mayoría de los ejemplos hacen referencia a la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos (FDA) estadounidense; entre ellos, uno sobre una loable campaña antitabaco (que en líneas generales fue considerada un éxito) y otro en el que la lista de medios invitados abarcaba un amplio espectro ideológico, incluidos el Wall Street Journal y la agencia Politico. Todos los casos son de 2014 o antes, y el artículo no aporta pruebas de que FDA haya continuado con la práctica desde entonces.

¿Puede el autor demostrar que la política de embargos reservados ha causado algún perjuicio o daño real, más allá de herir el orgullo de los periodistas excluidos? Lo que cabe exigir de un medio como Sientific American es un esfuerzo coordinado para apoyar a las instituciones científicas y académicas, no para demonizarlas. También esperamos una información basada en hechos y pruebas, no especulaciones y teorías de la conspiración que deterioran la confianza de la opinión pública en la actividad académica.

Darcy Cordell

 

No puedo imaginar una situación más preocupante que el amordazamiento del periodismo científico que relata el artículo de Charles Seife. La política de embargos reservados no debería tener cabida en la academia ni en las instituciones científicas gubernamentales.

Thomas J. Martin
Woodbridge, Virginia

 

RESPONDE SEIFE: La afirmación de que Scientific American debería hacer «un esfuerzo coordinado para apoyar a las instituciones científicas y académicas, no para demonizarlas» hace explícita una discrepancia ya existente entre las diferentes maneras de entender el papel que debería desempeñar la prensa a la hora de informar sobre ciencia. El argumento implícito, y ampliamente respaldado por uno de los lados, es que la función primordial del periodismo científico consiste en promocionar el punto de vista de las grandes instituciones científicas, ya que así se informa mejor a la ciudadanía y se combate la pseudociencia.

Eso da cuenta de una buena parte de lo que hacemos, pero no constituye nuestro único cometido. De los periodistas también se espera que seamos críticos con las autoridades, con independencia de si en líneas generales aprobamos sus actuaciones o no. No es especulativo ni conspiranoico decir que incluso las mejores instituciones científicas funcionan en un entorno político. Y, cuando compiten por financiación o influencia, sus fines pueden no coincidir con lo que resulte mejor para la población o para la ciencia: esa es la fría realidad de lo que ocurre cuando la ciencia se topa con la ambición humana. Los periodistas no haríamos ningún servicio a nuestros lectores si renunciásemos a vigilar instituciones que influyen en nuestras vidas y que consumen recursos nacionales.

El grado en que los embargos obstaculizan esa segunda función del periodismo científico constituye un tema de debate abierto, incluso entre quienes ejercemos la profesión. Pero, como demuestra mi artículo, los embargos reservados condicionan la cobertura hasta el punto de que nos impiden contactar con voces independientes —y necesarias— antes de publicar una noticia. Si no se nos garantiza una libertad total a la hora de ejercer nuestra función crítica, los periodistas corremos el riesgo de convertirnos en poco más que glorificados expertos en relaciones públicas. Confío sinceramente en que eso no sea lo que la gran mayoría del público espera o desea de medios como Scientific American.

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