Lucha contra las especies invasoras

La audaz campaña contra los depredadores introducidos en Nueva Zelanda gana terreno.

Una de las aves protegidas en Nueva Zelanda, una subespecie del paíño pechialbo, parece caminar sobre el agua. [Manakin/iStock]

Hace mil años, las islas que hoy constituyen Nueva Zelanda gozaban de una naturaleza lujuriosa. Las aves, los reptiles y los invertebrados prosperaban en bosques exuberantes, a cientos de kilómetros de cualquier otra masa de tierra. Los colonizadores maoríes trajeron consigo en el siglo XIII las ratas polinesias como fuente de alimento, y juntos, humanos y roedores comenzaron a romper el equilibrio ecológico. La fauna autóctona entró en un proceso de extinción. 

Más tarde arribarían los europeos a bordo de navíos, con polizones: especies de ratas más agresivas, ratones y armiños, entre otros. Estos depredadores terrestres no cazaban como los halcones y otras aves con los que la fauna neozelandesa había evolucionado. Las aves autóctonas que dormían en madrigueras fueron presa fácil para los mamíferos invasores. Estos se multiplicaron sin freno y devastaron la fauna insular.

Pero en los últimos 60 años los humanos han acudido en auxilio de los antiguos ecosistemas neozelandeses. Como primer paso, un solitario islote de dos hectáreas llamado Ruapuke fue declarado libre de ratas por los ecólogos en 1964, cinco años después de que un grupo de voluntarios esparciera cebo envenenado. Pero se trataba de un caso especial. Los paíños pechialbos (Pelagodroma marina subsp. maoriae) amenazados allí resultaban especialmente carismáticos, pues parecen caminar sobre el agua, por lo que lograron granjearse con facilidad el apoyo del público. La campaña sistemática de desratización también tuvo especial fortuna en virtud de su localización, aseguran los ecólogos. Sea como fuere, este éxito fortuito puso en marcha décadas de campañas de erradicación.

Desde entonces los ecólogos neozelandeses han ido exterminando plagas invasoras de isla en isla. Cerca de dos tercios de las islas menores del país están ya libres de alimañas, al igual que 27 reservas forestales valladas, situadas en las dos islas principales, que constituyen el 97 por ciento de la extensión del país. Protegida por las vallas o por el mar, la fauna local está renaciendo. Y en 2016 el primer ministro anunció un objetivo nacional inédito hasta la fecha: Predator-Free 2050.

La iniciativa tiene como meta acabar con todas las ratas, los armiños y las zarigüeyas que habitan en las más de 600 islas de Nueva Zelanda para ese año. «Estos tres depredadores están devorando nuestra fauna ante nuestros ojos», afirma el director del programa, Brent Beaven. 

Es posible que algunos amantes de la naturaleza se escandalicen al saber que se exterminará a los armiños y a las zarigüeyas, pero el ecólogo de la Universidad de Auckland James Russell describe la situación como una grave disyuntiva ecológica: «Si no acabamos con los mamíferos, estaremos condenando a las aves a la extinción», sentencia. 

Russell califica la iniciativa como un amplio movimiento social. «La propuesta no arranca del Gobierno. Este ha hecho suyo algo que ya cuenta con el apoyo de numerosos colectivos», asegura. En Predator-Free 2050, las autoridades coordinan las actuaciones emprendidas por las universidades, diversas ONG, las reservas de fauna, los programas de rehabilitación de hábitats y por los propios ciudadanos concienciados que instalan trampas en el jardín de casa. Estos grupos están acabando con los depredadores al tiempo que desarrollan venenos más específicos, recuperan la flora originaria, reintroducen especies autóctonas e idean nuevas formas de mantener a raya a los depredadores. 

En Predator-Free 2050 también participan los maoríes, puntualiza Tame Malcom, cooperante del grupo ambientalista sin ánimo de lucro Te Tira Whakamataki: hace siglos que las tribus cazan ratas con trampas y su colaboración ha permitido mejorar la eficacia y reducir el coste del programa. «Nuestro lenguaje está demostrando ser casi imprescindible para los esfuerzos de restauración ecológica, porque los nombres de los lugares dan pistas sobre el aspecto que tuvieron antaño», añade. Por ejemplo, el topónimo Paekaka está compuesto por la palabra horizonte y el nombre de un loro, de lo que se deduce que en el pasado abundaba en el lugar. 

Para cualquiera involucrado en la erradicación, el procedimiento básico es siempre el mismo: se elige una isla o una reserva natural, se emprende el exterminio sistemático de la fauna invasora y se establece un sistema de vigilancia para cerciorarse de que no recoloniza el entorno. Pero, por supuesto, la realidad es más compleja. Doug Armstrong, conservacionista de la Universidad Massey y director de la sección para Oceanía del grupo especializado en reintroducción de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, señala que no todas las especies autóctonas remontan con rapidez en las zonas que han quedado limpias. Aprender a desenvolverse y a encontrar alimento en los hábitats recuperados lleva su tiempo. Y con la competencia tan oportunamente eliminada, los ratones pueden ocupar el puesto de los desaparecidos y proliferar a expensas de los anfibios y los reptiles autóctonos. 

Y luego está el problema del coste: «Los métodos de erradicación que estamos usando en este momento cuestan entre 600 y 1000 dólares neozelandeses por hectárea (entre 360 y 600 euros); sencillamente es inviable para todo el país», deja claro Beaven. Los responsables del programa esperan que la tecnología ayude. El pasado año los biólogos concluyeron la secuenciación del genoma de todas las especies indeseadas, lo que podría derivar en cebos específicos o en estrategias de edición génica parecidas a las de los recientes proyectos para el control de mosquitos en otros lugares. (Muchos neozelandeses se movilizaron para vetar los organismos genéticamente modificados hace veinte años y aún se sigue debatiendo la adopción de la edición génica.) Los ingenieros están diseñando trampas que reconozcan a las especies por sus huellas y los investigadores están fabricando drones para esparcir el cebo y vigilar grandes extensiones en busca de infiltrados. Las innovaciones del país ya están captando la atención en ultramar: Armstrong afirma que gran parte de las campañas de erradicación de especies invasoras en otros continentes tienen como referencia a los neozelandeses. 

Pero mientras los partidarios afrontan los retos que supone acabar con los carnívoros invasores de un país entero, algunos ecólogos ponen en duda la premisa de la iniciativa, incluso en un enclave geográfico aislado como es Nueva Zelanda. Wayne Linklater, ambientólogo de la Universidad Estatal de Sacramento, en California, opina que la aniquilación total es irrealizable. En lugar de eso aboga por la mitigación, a través de medidas como la protección de las zonas de cría o la creación de una red de refugios que permitan conservar las especies amenazadas con mayores garantías. Tácticas de este tipo han culminado con éxito en Australia y Sudáfrica. 

Con todo, Beaven considera que tales estrategias son parches provisionales que exigen de la constante intervención humana. Asegura que la única medida que permite realmente prosperar a la flora y la fauna autóctonas es la erradicación. Eso es lo que le gustaría ver a Scott Sambell, miembro de los equipos de campo del programa. Varias veces al año desembarca en las islas libres de ratas en compañía de un sabueso adiestrado. Su periplo incluye algunos enclaves que, como la isla Ruapuke, han permanecido sin alimañas desde hace medio siglo. «Cuando visitas una de ellas te sientes como un extraño. Es el dominio de las aves. Y es fabuloso.» 

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