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El científico jefe de México

Mario Molina, galardonado con el Nobel en 1995 por sus investigaciones sobre la capa de ozono estratosférico, intenta convertir la capital mexicana en una ciudad más limpia.

M. UGARTE, NATURE

En síntesis

La ciudad de México, con 20 millones de habitantes, fue considerada antaño como la ciudad más contaminada del planeta. Aunque se han logrado mejoras, la calidad del aire continúa siendo deficiente.

Hoy disponemos de más datos sobre la contaminación atmosférica de México D.F. que sobre la de cualquier otra ciudad de países en vías de desarrollo y, quizá, del planeta.

Mario Molina, premio nóbel por sus estudios en química atmosférica, regresó hace seis años a su ciudad natal. Su centro de análisis y estudios estratégicos pretende ayudar en la elaboración de políticas que hagan de México D.F. una ciudad más sostenible.

Los taxistas conocen su nombre, los líderes políticos buscan su consejo y los desconocidos le saludan con una mezcla de felicitación y agradecimiento. Tal es la fama de Mario Molina, un químico que, a sus 68 años, se ha convertido en todo un símbolo en México D.F., su ciudad natal.

Molina abandonó la capital mexicana hace más de cuarenta años para doctorarse en Estados Unidos. Su primer artículo postdoctoral, de 1974, advertía al mundo de los peligros que entrañaban los compuestos clorofluorocarbonados (CFC) para la capa de ozono, el escudo que protege a nuestro planeta de la radiación ultravioleta. Ello le valió el premio Nobel de Química en 1995 y, a la postre, lo convirtió en uno de los investigadores más reputados del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Hace unos seis años, fuertes lazos personales y culturales llevaron a Molina de regreso a su ciudad natal, donde abandonó la química estratosférica en favor de la acción política, la planificación urbanística y el cambio climático.

Molina se enfrenta al desafío de convertir la capital de México en la ciudad más verde de todas las megalópolis de Latinoamérica, un objetivo que no se antoja nada fácil. La urbe, de 20 millones de almas, fue antaño considerada la ciudad más contaminada del mundo. Si bien es cierto que su situación progresó de manera considerable durante los años que Molina pasó en EE.UU. y que, desde su regreso, el químico no ha dejado de impulsar mejoras, la metrópoli sufre aún una pertinaz contaminación atmosférica, una urbanización rampante y condiciones sanitarias deficientes.

A fin de abordar tales problemas, Molina ha reunido a un grupo de expertos a través del Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente. El laureado se vale de su prestigio para asesorar a dirigentes del Gobierno y de la industria. Hay quienes opinan que debería adoptar posturas más enérgicas en ciertas cuestiones, pero su estilo calmado le ha ganado ya la confianza del alcalde de la ciudad, Marcelo Ebrard, y la del presidente del Gobierno, Felipe Calderón. Es su manera de devolver al país las oportunidades que este le brindó durante su formación. «Desde luego, el premio Nobel supone un gran honor, pero también una responsabilidad», explica. «Si lo empleo con sensatez, puedo influir en las decisiones gubernativas.»

Una olla en ebullición

Molina creció en una atmósfera de cultura y privilegio, con un padre que destacó como abogado, académico y diplomático. Su época de estudiante le llevó a recorrer el mundo: se educó en un internado suizo, en universidades de México y Alemania, y se doctoró en la Universidad de California en Berkeley. Aquello le ayudó a forjar una visión internacional del mundo y una personalidad de diplomático. Aunque acostumbrado a asesorar a legisladores y jefes de Estado sobre problemas espinosos, Molina no es una persona dada a la ostentación.

«Mario transmite una modestia y humildad extraordinarias», asegura Adrián Fernández Bremauntz, amigo y colaborador de Molina desde hace tiempo y director del Instituto Nacional de Ecología, entidad investigadora de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales mexicana.

Tras recibir el Nobel, Molina aprovechó su libertad académica como profesor del MIT para reconsiderar su agenda científica. En 1999, junto a Luisa Molina —su primera esposa y, durante largo tiempo, también colaboradora—, estableció el Programa Integrado sobre Contaminación Atmosférica Urbana, Regional y Global. Su primer proyecto versó sobre México D.F.

Por entonces la ciudad ya había logrado avances considerables en las regulaciones sobre contaminación atmosférica. Durante los años ochenta y noventa se eliminó gradualmente la gasolina con plomo y se impusieron límites a las concentraciones de azufre en el gasóleo. Las centrales térmicas y la industria fueron prescindiendo de algunos derivados del petróleo en favor del gas natural, menos contaminante, y se prescribió la instalación de catalizadores y otros dispositivos en los automóviles de nueva fabricación.

A pesar de todas las medidas, los niveles de esmog en la ciudad de México continúan siendo excesivos. [stockcam/iStockphoto]

Con todo, los índices de contaminación continuaban siendo muy elevados. En 2003 y 2006 el matrimonio organizó sendas campañas de muestreo del aire en las que participaron cientos de expertos de instituciones mexicanas, estadounidenses y europeas. Sus resultados han originado más de 170 publicaciones; hoy, disponemos de más datos sobre la contaminación atmosférica de México D.F. que sobre la de cualquier otra ciudad de países en vías de desarrollo y, quizá, del planeta.

La metrópoli podría compararse a una olla en ebullición. El Distrito Federal se alza sobre una meseta, a 2240 metros sobre el nivel del mar, donde la abundante radiación ultravioleta cocina una mezcla que incluye aerosoles de carbono, óxidos de nitrógeno y de azufre (de los escapes de los vehículos) y compuestos orgánicos volátiles (COV, generados por automóviles, fugas de bombonas de gas, disolventes y pinturas). La reacción entre los óxidos de nitrógeno y los COV produce ozono, un  componente perjudicial del esmog que, con frecuencia, queda atrapado sobre la ciudad debido a las montañas que la rodean y a los episodios de inversión térmica.

Las campañas de muestreo pusieron de manifiesto que, en contra de lo esperado, eran los COV, y no los óxidos de nitrógeno, los que controlaban la cantidad de ozono sobre la ciudad. Las autoridades están ampliando ahora la regulación sobre contaminantes para incluir en ella los COV producidos por determinadas fuentes. «Antes no prestábamos mucha atención a los disolventes», explica Víctor Hugo, directivo del programa de calidad del aire de la ciudad. «Ahora se han convertido en una parte fundamental de la nueva normativa.»

En 2004, los Molina se trasladaron a la Universidad de California en San Diego, pero el matrimonio acabó tomando sendas distintas tanto en lo personal como en lo científico. Luisa prosigue sus trabajos sobre megalópolis en San Diego, en su propio instituto, el Centro Molina para la Energía y el Entorno. Mario regresó a México D.F., donde emprendió la lucha contra el esmog por medio de una reducción de la concentración de azufre en los combustibles.

Fernández asegura que la voz de Molina se mostró crucial para que la calidad del aire no despareciese de la agenda política en un momento en que la voluntad estaba flaqueando, precisamente a causa de todos los avances logrados con anterioridad. La presión ejercida por Molina y otros contribuyó a que las autoridades fomentasen el uso de combustibles bajos en azufre, gran parte de los cuales han de importarse. Ahora el país está considerando nuevas normas sobre emisiones contaminantes y eficiencia energética para los vehículos. Molina se siente alentado por estos avances, pero rebaja la importancia de su gestión. «Se debe al esfuerzo de muchas personas», explica.

El centro que lleva su nombre se aloja en una moderna torre de oficinas, en una colina al oeste de la ciudad. Guillermo Velasco, coordinador de proyectos, señala desde la ventana de su oficina todos los edificios que han brotado durante los diez últimos años. «La ciudad crece horizontalmente», explica Velasco, que conoció a Molina cuando estudiaba ciencias políticas en la Universidad de Harvard. «No es sostenible.»

Molina reconoce que numerosas urbes en todo el mundo han tropezado con problemas similares, pero el caso de México D.F. arrastra la carga de una corrupción generalizada, una bolsa de pobreza asfixiante y pocos recursos gubernativos para cambiar la situación. Una vez establecidos, los poblados chabolistas resultan difíciles de controlar. E incluso en áreas menos pobres, las constructoras se hacen con tierras baratas y edifican a voluntad. «Con buenos planes urbanísticos y con disposiciones legales que obligasen a respetarlos, eso no ocurriría», explica Molina.

Su centro de análisis y estudios estratégicos pretende ayudar en la elaboración de políticas que hagan del Distrito Federal una ciudad más sostenible. La institución partió de poco: apenas Molina y algunos colaboradores de sus días en las universidades de México y Berkeley. Parte de la financiación inicial llegó de la Fundación William y Flora Hewlett (en Menlo Park, California) y del mexicano Carlos Slim, magnate de las telecomunicaciones. Durante los últimos seis años, el centro ha crecido hasta ocupar a unas 45 personas, entre quienes se cuentan ingenieros ambientales, arquitectos, urbanistas y biólogos.

El equipo persigue cambios políticos en diversos frentes. Respalda una ampliación del transporte público, vecindarios mixtos que permitan a la gente vivir cerca del trabajo y reformas fiscales para disuadir la dispersión inmobiliaria, así como vías para integrar la planificación en los diversos escalones oficiales. Con ello pretende contribuir a una política ambiental de mayor alcance y que incluya el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 12 por ciento entre 2008 y 2012. El cambio climático se ha convertido en una prioridad en México. Ebrard preside el Consejo Mundial de Alcaldes Sobre Cambio Climático, que celebró una cumbre en la capital mexicana el 21 de noviembre de 2010, justo antes de la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático de Cancún.

Pero el centro de Molina no se encuentra libre de controversias. Ha sido acusado de asesorar a empresas como PEMEX, la compañía nacional de petróleos, en lugar de centrarse en un programa independiente. Molina viaja a menudo debido a sus muchos compromisos internacionales, entre los que se encuentran la pertenencia al Consejo Asesor de Ciencia y Tecnología de Barack Obama y una plaza a tiempo parcial en la Universidad de California en San Diego. Los fundadores del centro y los miembros del gabinete asesor, Fernández entre ellos, han instado a Molina a participar más en la dirección.

Molina admite las críticas y está trabajando en una reestructuración estratégica del centro. Afirma que este nunca ha comprometido sus logros por haber colaborado con la industria —una actividad que considera necesaria—, pero se está distanciando de las actividades de consultoría remunerada. El Congreso mexicano facilitó las cosas al asignar al centro 50 millones de pesos (unos 3,5 millones de euros) en 2010, con lo que prácticamente duplicó el presupuesto anual de la institución.

De los CFC a la capa de ozono

«El Centro Mario Molina podría convertirse en una de las instituciones de política energética y ambiental con mayor credibilidad de todas las que existen en los países en vías de desarrollo», opina Joseph Ryan, antiguo gerente de la Fundación Hewlett, que entre 2004 y 2009 donó al centro 4millones de dólares (unos 3 millones de euros). Sin embargo, Ryan apunta que el centro se halla demasiado vinculado a su fundador y que debería desarrollar una credibilidad propia, «independiente del sello Mario Molina».

Molina comenzó a dejar patente su estilo propio en 1973, cuando llegó a la Universidad de California en Irvine para incorporarse como miembro postdoctoral al equipo de Sherwood Rowland, experto en química atmosférica. Rowland le ofreció varios proyectos. Casi todos versaban sobre moléculas radiactivas salvo uno, que pretendía estudiar una clase de compuestos de importancia comercial creciente: los clorofluorocarbonados, empleados como refrigerantes y propelentes para espráis. Rowland pensaba que esos compuestos podrían servir como trazadores en las investigaciones atmosféricas. Molina eligió el proyecto sobre CFC, atraído por sus consecuencias potenciales. «Sin duda, [Molina] acertó con el proyecto y, desde luego, su participación resultó fundamental para sacarlo adelante», asegura Rowland. «Al cabo de tres meses, nos dimos cuenta de que habíamos dado con un problema delicado.»

Los CFC eran muy utilizados en productos comerciales porque no parecían reaccionar con otros gases. En consecuencia, debían acumularse en la estratosfera, lo que condujo a los dos expertos a deducir que allí se descompondrían debido a las bajas temperaturas y a la acción de los rayos ultravioleta de alta energía. En esas reacciones se liberarían átomos de cloro, que, a su vez, descompondrían el ozono. Molina y Rowland publicaron sus hallazgos en Nature en junio de 1974.

Ese trabajo contribuyó a que EE.UU. vetase en 1978 el uso de CFC a modo de propelentes en espráis y, después, a la suspensión gradual de su uso en todo el mundo como consecuencia del Protocolo de Montreal sobre Sustancias Degradantes de la Capa de Ozono, celebrado en 1987. El artículo de 1974 sirvió también para orientar la investigación de Molina. El estudio de la atmósfera le permitía satisfacer su interés por la química fundamental, pero en un área cercana a la investigación aplicada.

En 1985, investigadores británicos demostraron que la capa de ozono de la Antártida desaparecía cada primavera a una velocidad mucho mayor que la predicha por las reacciones propuestas por Molina y Rowland. Mario y Luisa Molina, que entre tanto se habían trasladado al Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, en Pasadena, se sumaron a la carrera para explicar el agujero de ozono. «Fue una de las voces más amables de aquella pelea», asegura Michael Prather, experto en química atmosférica de la Universidad de California en Irvine.

Dos años después, los Molina y sus colaboradores resolvieron el problema al proponer una cadena de reacciones en la que el cloro se recicla y descompone repetidamente el ozono. El proceso comienza cuando un átomo de cloro captura un átomo de oxígeno de la molécula de ozono (O3) y forma monóxido de cloro. Este compuesto, muy reactivo, se combina consigo mismo y forma el dímero Cl2O2. Al llegar la primavera a la Antártida, los rayos solares disocian la molécula y liberan los dos átomos de cloro, con lo que el proceso comienza de nuevo. Aunque Molina obtuvo el premio Nobel por su trabajo de 1974, algunos consideran que fue este segundo descubrimiento, logrado cuando la comunidad competía por comprender el fenómeno, el que dio lustre a sus credenciales. Molina atribuye su éxito a un poco de suerte, intuición y mucho trabajo. «Parte de la suerte reside en acertar con el problema», explica, «pero después hay que aprovecharla bien».

Prather afirma que Molina posee una gran capacidad para apartarse de los detalles científicos y pensar en los problemas que afectan a la sociedad. No se sorprendió cuando Molina dirigió su atención al estudio de la contaminación en su ciudad natal: «Todos sabíamos de sus profundos lazos con México».

A primeros de septiembre de 2010, Molina pronunció un discurso de 45 minutos sobre cambio climático ante ejecutivos de la Asociación Mexicana de Banca. Fue la apertura de un acto organizado en parte por la Iniciativa para Financiación de Programas Medioambientales de Naciones Unidas en preparación para la cumbre de Cancún. Molina explicó los aspectos científicos del cambio climático sin pasar por alto la recomendación de adoptar medidas políticas concretas, como han comenzado a hacer algunos expertos. Tras la charla, Burghard Petersen, antiguo banquero y actual asesor sobre clima, que reside en México desde hace 20 años, declaró: «[Molina] inspira credibilidad. No es un agente de ventas».

No faltan quienes opinan que debería vender sus ideas con más vigor. «Mario ha optado por un enfoque amistoso, moderado y constructivo», afirma Fernández. «Pero, si desea lograr sus objetivos, le recomendaría que de cuando en cuando agarrase al Gobierno por el pescuezo y fuese más enérgico.»

Una carrera de fondo

De regreso a su oficina, Molina explica que prefiere construir coaliciones desde dentro que valerse de la prensa y de su autoridad para ejercer presión. Cuidadoso para no revelar sus preferencias políticas, ha trabado relaciones con partidos a ambos lados del espectro político mexicano. Al igual que en otros países en vías de desarrollo, en México las cuestiones ambientales no suscitan la división partidista que se observa en Estados Unidos. Molina prefiere que las cosas continúen así.

De la pared de su despacho cuelga una acuarela que representa un paraguas abierto en tonos apagados, un regalo del comité Nobel que simboliza el escudo de ozono que Molina ha ayudado a preservar. El científico reconoce que los problemas sociales y políticos en los que trabaja ahora no se dejarán resolver con tanta facilidad como las cuestiones relativas al estudio de la estratosfera. Algunos días puede verse el centro de la ciudad desde la ventana de su despacho; otros, el esmog lo nubla todo. Una indicación sobrecogedora de todo lo que queda por hacer.

De personalidad optimista, Molina prefiere mirar a largo plazo y opina que, en conjunto, la civilización va a mejor. Recuerda que hace solo 500años, en tiempo de los aztecas, se practicaban sacrificios humanos en el alto del templo que se levantaba sobre lo que hoy es el centro de la ciudad. «Hoy tal cosa sería inconcebible», afirma. «No soy ingenuo. Sé que llevará tiempo, pero estamos abordando el problema y haciendo lo máximo que podemos.»

PARA SABER MÁS

Stratospheric sink for chlorofluoromethanes: Chlorine atom-catalysed destruction of ozone. Mario J. Molina y F. S. Rowland en Nature, vol. 249, págs. 810-812, 1974.

Large losses of total ozone in Antarctica reveal seasonal ClOx/NOx interaction. J. C. Farman, B. G. Gardiner y J. D. Shanklin en Nature, vol. 315, págs. 207-210, 1985.

Production of chlorine oxide (Cl2O2) from the self-reaction of the chlorine oxide (ClO) radical. L. T. Molina y M. J. Molina en The Journal of Physical Chemistry, vol. 91, págs. 433-436, 1987.

An overview of the MILAGRO 2006 campaign: Mexico City emissions and their transport and transformation. L. T. Molina et al. en Atmospheric Chemistry and Physics, vol. 10, págs. 7819-7983, 2010.

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