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El científico jefe de México

Mario Molina, galardonado con el Nobel en 1995 por sus investigaciones sobre la capa de ozono estratosférico, intenta convertir la capital mexicana en una ciudad más limpia.

STOCKCAM/iStockphoto

Los taxistas conocen su nombre, los líderes políticos buscan su consejo y los desconocidos le saludan con una mezcla de felicitación y agradecimiento. Tal es la fama de Mario Molina, un químico que, a sus 68 años, se ha convertido en todo un símbolo en México D.F., su ciudad natal.
Molina abandonó la capital mexicana hace más de cuarenta años para doctorarse en Estados Unidos. Su primer artículo postdoctoral, de 1974, advertía al mundo de los peligros que entrañaban los compuestos clorofluorocarbonados (CFC) para la capa de ozono, el escudo que protege a nuestro planeta de la radiación ultravioleta. Ello le valió el premio Nobel de Química en 1995 y, a la postre, lo convirtió en uno de los investigadores más reputados del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Hace unos seis años, fuertes lazos personales y culturales llevaron a Molina de regreso a su ciudad natal, donde abandonó la química estratosférica en favor de la acción política, la planificación urbanística y el cambio climático.

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