Vida en la metaciudad

El autor de Neuromante afirma que recorremos una línea que media entre el albedrío anárquico y la "disneyficación".

©WIKIMEDIA COMMONS/Base64, retocada por CarolSpears/CREATIVE COMMONS 3.0

Mi primera ciudad fue el Londres de Conan Doyle, que recorrí en compañía de Holmes y Watson. Mi madre me había regalado una recopilación en dos volúmenes cuando cumplí los diez años. Londres representaba una máquina vasta, plácida, populosa, un reconfortante mecanismo de relojería. Extranjeros y criminales le conferían un toque picante, al turbar la presunta seguridad y buen orden de la capital del Imperio --siempre que se perteneciera a una clase acomodada, como resultaba habitual en las novelas de Doyle.
Viví mi infancia en el sudoeste rural de Virginia. Las ciudades más cercanas, que distaban varias horas, eran de tamaño modesto. Poco de lo que contemplaba en el televisor me aportaba una idea clara de la realidad urbana, tal vez debido a las dificultades que aún existían para filmar en grandes ciudades. Excepto en Los Ángeles, que vi hasta el hartazgo --una urbe que, por otro lado, nunca ha ocupado un lugar importante en el mapa de ciudades de mi imaginación.

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