La paradoja de la incertidumbre

La duda nos ayuda a comprender el mundo, pero también se utiliza para frenar y retrasar el desarrollo de nuevas políticas

 

The primacy of doubt
From quantum physics to climate change, how the science of uncertainty can help us understand our chaotic world 
Tim Palmer 
Basic Books, 2022

 

La certeza o certidumbre es habitual en las redes sociales, expertas en trocear cuestiones complejas en componentes pequeños y sencillos. En su nuevo libro, The primacy of doubt, el físico del clima Tim Palmer afirma que la ciencia de la incertidumbre está despreciada por el gran público, a pesar de que es fundamental para casi todos los campos de investigación. Según Palmer, si aceptásemos la incertidumbre y tuviéramos en cuenta «la ciencia del caos», comprenderíamos mejor todos los problemas que afectan al mundo, como el cambio climático, las enfermedades emergentes o la próxima crisis económica.

En la primera sección, el autor analiza en profundidad las principales cuestiones y conceptos de la física que explican el modo en que los sistemas pueden pasar de un estado estable a otro caótico e incontrolable sin previo aviso. A continuación, el libro gana en dinamismo cuando Palmer se centra en ejemplos cotidianos y fáciles de entender. El capítulo más ingenioso es un curso intensivo sobre cómo predecir el tiempo, un proceso que Palmer ayudó a modernizar. Explora la historia de la predicción meteorológica, empezando por la primera advertencia pública emitida en 1861, en la que se avisaba de la llegada de tormentas, y para la que se utilizaron datos procedentes de estaciones telegráficas de diversas localidades del Reino Unido. Después de eso, pasa a hablarnos del ENIAC, el primer ordenador eléctrico programable.

Todos esos pasos allanaron el camino para la llegada de las predicciones probabilísticas que se utilizan hoy en día, gracias a las cuales sabemos, entre otras cosas, cuán probable es que llueva durante una hora concreta o cuál es el «cono de incertidumbre» de las trayectorias que seguirán los huracanes. Esta historia hace que entendamos las aplicaciones que predicen el tiempo de una nueva forma: si queremos certeza para tomar decisiones, no debemos recurrir a estas herramientas.

Palmer es también uno de los principales responsables de la mejora de los modelos climáticos, y uno de los investigadores galardonados con el premio Nobel de 2007 por redactar los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Sin embargo, su capítulo sobre este tema es muy variado. Resulta sobresaliente su explicación sobre áreas de investigación que se encuentran en pleno desarrollo, en las que reducir la incertidumbre es fundamental para averiguar cuánto pueden empeorar las cosas, por ejemplo, cuando se trata de saber si las nubes acelerarán o ralentizarán el calentamiento. Palmer propone algunas soluciones interesantes con las que se podría aprovechar al máximo (y en algunos casos incluso resolver) la incertidumbre existente; en concreto, propone la creación de un «CERN para el cambio climático» que se encargaría de elaborar modelos sobre cómo interactuarán, a escala regional durante las siguientes décadas, el aumento del dióxido de carbono y los cambios naturales del clima (en lugar de a escala mundial durante lo que resta de siglo). Si se hiciera, se podrían predecir las sequías a largo plazo que sufre la región africana del Sahel, lo que daría a los Gobiernos y a las organizaciones humanitarias una ventaja a la hora de intentar prevenir las hambrunas asociadas.

Palmer trata de poner en contexto tanto las incertidumbres del cambio climático como la gravedad de sus efectos. Comienza el capítulo «Cambio climático: ¿es tan preocupante?» adoptando por defecto un enfoque ambivalente: ¿tienen razón los «maximalistas» al sugerir que la situación es límite y que debemos descarbonizar lo más rápido posible, o la tienen los «minimalistas» al afirmar que la incertidumbre es motivo para, de momento, no adoptar medidas drásticas? Según Palmer, la verdad se encuentra en algún punto intermedio.

Palmer explica que, si se duplica la cantidad de dióxido de carbono presente en la atmósfera, la temperatura del planeta ascendería un grado Celsius. (Eso sin tener en cuenta los ciclos de retroalimentación positiva provocados por ese calentamiento, como la pérdida de la capa de hielo o la presencia de más vapor de agua en la atmósfera). En su opinión, «quizá no sea algo tan alarmante». 

Pero desde la época preindustrial nuestro planeta ya se ha calentado un grado, y si nos fijamos en las consecuencias de dicho aumento, la situación sí que resulta alarmante. Ese grado ha provocado olas de calor sin precedentes en todos los continentes, incendios de gran magnitud en el oeste estadounidense y lluvias torrenciales mortales en zonas que nunca habían sufrido episodios extremos tan seguidos. Además, el último informe del IPCC, que Palmer aconseja a sus lectores que consulten, dibuja un panorama que parece apoyar una visión cada vez más maximalista del problema. Camille Parmesan, ecóloga de la Universidad de Texas en Austin y una de las principales autoras de este informe, señaló, en febrero de 2022, que «estamos viendo que los impactos adversos afectan cada vez a más territorios y son mucho más negativos de lo esperado en informes anteriores».

The primacy of doubt expone argumentos convincentes para reducir la incertidumbre o para operar con confianza en la «fiabilidad» de la incertidumbre restante. Pero puede desvirtuar la acción climática. Es imposible no pensar en que pasar por alto tales matices puede hacer creer a los lectores que no es urgente implantar nuevas políticas al respecto.

El libro Mercaderes de la duda, escrito por Naomi Oreskes (colaboradora de Investigación y Ciencia) y Erik M. Conway, historiador de la ciencia, además de muchas otras investigaciones periodísticas y académicas exhaustivas, muestran cómo la industria petrolífera, los políticos conservadores y un pequeño grupo de científicos han exagerado y utilizado la existencia de incertidumbre para así poder retrasar la actualización de políticas reguladoras de dicha industria en Estados Unidos. Palmer reconoce la existencia de esta actitud, señalando que «deberíamos desconfiar tanto de la inflación de la incertidumbre como de los intentos de hacer predicciones que sean más seguras de lo considerado justificable». Al hacerlo, resta importancia al hecho de que la incertidumbre se utiliza con demasiada frecuencia contra la sociedad en lugar de para su beneficio.

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