Neurocontestatarios

Crecen las voces que cuestionan las bases filosóficas de las neurociencias

ISTOCK/JOLYGON

El avance de las neurociencias posee una relevancia antropológica incuestionable. Está claro que los conocimientos que obtenemos de ese campo interdisciplinar de estudio son muy valiosos para nuestra comprensión del ser humano. Quizás en las últimas décadas solo la genética ha suscitado tantas esperanzas de ser la ciencia que, por fin, clarificaría distintos aspectos de la naturaleza humana. Prueba de ello es el optimismo reinante respecto a las neurociencias, no solo entre muchos investigadores, sino también a un nivel divulgativo o popular. No es infrecuente la aparición en la prensa de titulares más bien sensacionalistas, que dan a entender que los neurocientíficos han conseguido explicar cualquiera de las características tenidas por típicas del ser humano, y todo ello sobre la base del desciframiento de los correlatos neuronales de las mismas o de los mecanismos neurofisiológicos subyacentes.

Pero, lo mismo que la genética en su día, las neurociencias se enfrentan a numerosos problemas, técnicos y conceptuales —algo normal en toda disciplina viva—. En los últimos años se han multiplicado las publicaciones sobre lo que podemos denominar filosofía de las neurociencias, que tendría por objeto el estudio de los supuestos filosóficos de estas, pero también el examen de sus repercusiones antropológicas. De entre todos esos «neurofilósofos» hay un grupo, cada vez más numeroso, aunque aún minoritario, que podemos englobar bajo el epígrafe de «neurocontestatarios», no porque se opongan a las neurociencias, sino porque consideran que algunos de los supuestos filosóficos atribuidos a la actual neurociencia están poco justificados, son endebles o, sencillamente, erróneos.

Uno de estos supuestos consiste en la identificación del yo con el cerebro. Fernando Vidal, profesor de investigación de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA), ha acuñado el concepto de «cerebralidad» (brainhood) para designar la comprensión moderna del sujeto humano como aquel que es su cerebro, concepción que, obviamente, conduce a una perspectiva «neurocéntrica». La creación del sujeto cerebral, sin embargo, no se debe a las neurociencias contemporáneas ni a los conocimientos que estas aportan, sino que procede de las nociones filosóficas de persona e identidad personal propias de la Modernidad.

De hecho, las neurociencias no confirman empíricamente la cerebralización, aunque es cierto que esta se apoya en ellas y las condiciona. La reducción del sujeto a su cerebro sería, desde esta perspectiva, un supuesto filosófico que estaría condicionando fuertemente, no solo la interpretación de los conocimientos de las neurociencias, sino también el diseño y la ejecución de los experimentos. La cerebralidad no es una consecuencia inevitable de las neurociencias. Por el bien de estas, más vale que nos desprendamos de ese supuesto filosófico que las hará encallar o meterse en un callejón sin salida.

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