¿Se acabaron los genios?

Nuestras universidades siguen ancladas en modelos organizativos obsoletos, lejos de la interdisciplinariedad que exigen los retos científicos actuales.

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La idea del científico como un genio solitario todavía forma parte del imaginario colectivo. Sin embargo, hace ya decenios que esta imagen no se corresponde con la realidad, sobre todo en el campo de las ciencias experimentales y, en particular, en el de la química, el que mejor conozco. El extraordinario desarrollo de la ciencia en el siglo xx trajo consigo la aparición de una nueva estructura básica en la que el científico desarrollaba su actividad: el grupo de investigación.

Por otro lado, la labor de los investigadores se ha visto condicionada por la progresiva especialización. Ello ha sucedido con todas las ciencias. Durante el siglo XX, la química se subdividió en cuatro grandes áreas: analítica, física, inorgánica y orgánica. Ello afecta no solo a la estructura organizativa de nuestras universidades, sino también a los planes de estudio. La famosa «adaptación al espacio europeo» (el proceso Bolonia) ha sido en nuestras universidades un ejercicio sobre cómo se enseña, pero no sobre otra cuestión fundamental: ¿qué se enseña?. El respeto de la subdivisión en cuatro áreas, que en nuestro país se llaman «de conocimiento» pero que son también «de repartimiento» puesto que articulan la distribución de todo tipo de recursos en las universidades, ha sido un tema tabú.

Los objetivos de la ciencia han evolucionado a lo largo de los siglos, en función de los retos de la humanidad. Sin embargo, cuando una ciencia alcanza un grado de madurez notable, como es el caso de la química, suele volverse conservadora y reacia a cambios, aunque estos sean indispensables para su desarrollo. El grupo de investigación como unidad básica y la subdivisión en cuatro áreas han sido dos elementos clave para el extraordinario desarrollo que ha experimentado la Química en el siglo xx. La cuestión que debemos plantearnos es: ¿lo siguen siendo hoy?

Durante los últimos años hemos asistido a un cambio radical en la definición de los problemas científicos. El enfoque ya no es disciplinario, sino social. Los grandes retos de la química son hoy globales. Se articulan alrededor de tres ejes: (1) comprender los procesos biológicos y aplicar ese conocimiento al servicio del bien común; (2) transformar la manera de generar, suministrar, transmitir, almacenar y usar la energía; (3) desarrollar procesos para la obtención sostenible y limpia de los compuestos y materiales indispensables para las necesidades humanas.

Como plantean con gran claridad George M. Whitesides y John Deutch en su artículo «Let’s get practial», publicado en Nature en fecha reciente, la estructura que funcionaba para atacar los problemas del siglo pasado no sirve para abordar ninguna de esas cuestiones globales. La división tradicional de la química (orgánica, física, inorgánica y analítica) a la que demasiados investigadores (sobre todo en las universidades) y agencias oficiales se aferran todavía, es completamente obsoleta, limita el campo y la visión, e impide afrontar los problemas actuales. Además, la organización en grupos de investigación aislados es incompatible con el enfoque multidisciplinar que requieren los retos científicos complejos.

Los países punteros en ciencia y tecnología ya están aplicando ese necesario cambio de perspectiva. En EE.UU., dos de las entidades públicas que manejan presupuestos más elevados en investigación, la Fundación Nacional para la Ciencia(NSF) y el Departamento de Energía (DOE), han emprendido en los últimos años un programa de creación de centros de investigación de un nuevo tipo, concebidos para afrontar los retos que la sociedad impone. Se trata, en muchos casos, de centros «virtuales» en los que participan y colaboran investigadores de distintas instituciones, pero con objetivos y planes de trabajo comunes. Los Centros para la Innovación Química(CCI) de la NSF y los Centros para la Investigación de Frontera en Energía (EFRC) del DOE constituyen un paradigma de esta nueva forma de entender la ciencia. Se definen por el problema que tratan, en torno al cual se articula un equipo de trabajo sólido y amplio, integrado por investigadores procedentes de campos muy diversos.

En el Centro para la Estructura y Función de la Lignocelulosa (EFRSC, con un presupuesto de 21 millones de dólares), biólogos moleculares, químicos, físicos, ingenieros y modelizadores abordan cuestiones clave sobre la lignocelulosa que faciliten su uso como fuente de biomateriales y bioenergía renovables. En el Centro para la Innovación Química Energía para el Planeta(CCI Solar, financiado con 12 millones de dólares por la NSF) aplican conocimientos de síntesis orgánica e inorgánica, física y química del estado sólido, electroquímica, cinética, química teórica y computacional al desarrollo de procesos para descomponer el agua mediante luz solar. Un proyecto semejante, con el acento en el desarrollo de catalizadores, se lleva a cabo en el Centro para el Desarrollo de Nuevas Tecnologías mediante Catálisis (CENTC, de la NSF).

Los genios no se han acabado, pero su talento y su creatividad solo podrán desarrollarse si se dispone de un marco organizativo y estructural que permita su aprovechamiento. Y eso empieza ya en la etapa formativa.

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