Contrabando nuclear

Se ha fabulado mucho sobre los peligros del mercado negro de material nuclear para la seguridad del mundo. Pero basta que exista la posibilidad de que tenga éxito una sola transacción para que se extreme la vigilancia.
En tiempos no muy lejanos, la gente veía en el contrabando una profesión más o menos aventurera, un medio de sortear al fisco y surtir de productos que no podían obtenerse por canales lícitos. En los años setenta y ochenta la droga añadió al problema una dimensión insidiosa. Pero el comercio de uranio y plutonio iniciado en el comienzo de los noventa ha conferido a esa práctica ilegal una importancia sin precedentes en lo que atañe a la seguridad de las naciones.
Pese a ello, no hay unidad de criterio sobre la realidad y el alcance de la amenaza que plantea el contrabando nuclear. Algunos analistas le quitan hierro, cual si se tratara de un lastre de segundo orden. Aducen que es muy poco el material del que conste que cambió de manos, y, ade­más, en su mayor parte no llegaba ni de lejos a la calidad requerida en los usos militares. De los alijos nucleares confiscados por las autoridades occidentales en ningún caso se ha demostrado de forma evidente que procediera de silos armamentísticos. Parte del plutonio que los contrabandistas intentan vender bajo mano procede de detectores de humos. Se insiste, además, en que, entre tales advenedizos, abundan los pícaros que venden elementos estables convertidos transitoriamente en radiactivos por exposición a radiación o que consiguen grandes anticipos fiados en pequeñas muestras.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso a la revista?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.