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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 1996Nº 232
Taller y laboratorio

Ciencia experimental

Medición del viento con metal caliente

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¿Hasta qué punto logra el nido reducir el aire frío de una tormenta de invierno? ¿Cuán intensa debe hacerse una brisa para obligar a una hormiga cortadora a aferrarse más a las hojas? A estas y otras preguntas daremos respuesta si somos capaces de medir las exiguas velocidades de viento de espacios cerrados. Por desgracia, los anemómetros que emplean aspas hemisféricas montadas en un árbol vertical son de manejo difícil y muchos de ellos valen sólo para medir velocidades superiores a unos cinco metros por segundo. Para velocidades del viento más bajas es mejor recurrir a la anemometría térmica, que se basa en el efecto enfriador del aire en movimiento sobre un trozo de metal caliente.

Los anemómetros térmicos profesionales funcionan merced a diminutos cables al rojo y miden velocidades del aire del orden de un millón de veces por segundo. Pero estos sistemas son caros y los cables se rompen con facilidad. Más económico resulta el procedimiento que vamos a describir, fundado en dos bolitas metálicas y algunos componentes electrónicos baratos. Una de las bolas se calienta con una corriente eléctrica que atraviesa una resistencia. La diferencia de temperatura entre las bolas indica la velocidad del viento con un error inferior a pocas unidades por ciento y el dispositivo funciona hasta en un tarro de mantequilla.

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