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Einstein y la filosofía

La influencia del pensamiento filosófico en la construcción de las teorías de la relatividad.

Albert Einstein en una conferencia celebrada en Viena, 1921. [Ferdinand Schmutzer. Biblioteca Nacional de Austria. Wikimedia commons/Dominio público]

La relación entre ciencia y filosofía se remonta lejos en el pasado. De hecho, la ciencia nació de la filosofía tal y como esta se concibió en la antigua Grecia. Filósofo pero también científico fue Aristóteles —aunque en su física y cosmogonía dominó la especulación, más que la observación o la cuantificación—. Habida cuenta de semejante conexión genética, cabe preguntarse cuál fue esa relación una vez que la ciencia se configuró tal y como la entendemos en la actualidad; más concretamente, en qué medida los creadores de las grandes teorías científicas se vieron influidos por consideraciones, personajes o teorías procedentes de la filosofía.

Albert Einstein constituye un magnífico ejemplo en este sentido, ya que es posible identificar algunas de esas influencias en el camino que le llevó a construir sus dos teorías de la relatividad: la especial y la general.

 

Hume, Mach y la relatividad especial

Finalizados sus estudios en la Escuela Politécnica Federal (ETH) de Zúrich, Einstein pretendió seguir una carrera universitaria. Sin embargo, fracasó en su deseo y tuvo finalmente que aceptar en 1902 un empleo en la Oficina de Patentes de Berna. En esa ciudad entabló amistad con un rumano con intereses dispersos (que al mismo tiempo que los cursos universitarios de filosofía, literatura y filología griegas, seguía otros de matemáticas, física, geología, así como uno sobre la fisiología de los sentidos) de nombre Maurice Solovine (1875-1948), y con un suizo, Conrad Habicht (1876-1958), que había ido a Berna a terminar sus estudios de matemáticas.

Los tres solían reunirse en casa de Einstein. Una de las actividades de ese pequeño círculo, al que denominaron Academia Olimpia, era seleccionar libros para leerlos y comentarlos. Solovine se refirió a esas lecturas en la introducción al volumen en el que reunió la correspondencia que mantuvo con Einstein entre 1906 y 1955: «Hablando con él un día, le dije: “¿No crees que sería bueno que leyésemos juntos alguna obra de un gran maestro y que discutiésemos sobre los problemas que se tratan en ella?”. “Esta es una idea admirable”, me dijo. Le propuse entonces leer La gramática de la ciencia de Karl Pearson, lo que Einstein aceptó con placer».

Al libro de Pearson le siguieron el Análisis de las sensaciones y el Desarrollo histórico-crítico de la mecánica de Ernst Mach, la Lógica de John Stuart Mill, el Tratado de la naturaleza humana de David Hume, la Ética de Baruch Spinoza, algunas de las conferencias y memorias de Hermann von Helmholtz, capítulos del Ensayo sobre la filosofía de las ciencias de André-Marie Ampère, Sobre las hipótesis que sirven de fundamento a la geometría de Bernhard Riemann, parte de la Crítica de la experiencia pura de Richard Avenarius, Sobre la naturaleza de las cosas en sí mismas de William K. Clifford, ¿Qué son los números y para qué sirven? de Richard Dedekin, La ciencia y la hipótesis de Henri Poincaré —un libro que, señalaba Solovine, «nos impresionó profundamente y mantuvo en vilo durante semanas»—, y bastantes obras más, entre ellas literarias, como la Antígona de Sófocles, los Cuentos de Navidad de Dickens y El Quijote.

En lo que se refiere a la influencia que tuvieron en la creación de la teoría de la relatividad especial, dos autores destacan: Hume y Mach. Una carta que Einstein escribió el 6 de enero de 1948 a otro de sus amigos de Berna, y del resto de su vida, el ingeniero italo-suizo Michele Angelo Besso (1873-1955), arroja luz sobre ello:

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