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¿Hay ciencia en las medicinas alternativas?

Un estudio de caso a través de la diversidad médica mexicana.

GETTY IMAGES/IVANASTAR/ISTOCK

El camino que sigue cada persona ante una enfermedad o un malestar depende de la educación recibida, el contexto sociocultural y las experiencias que haya vivido. En México, por ejemplo, vivimos más de cien millones de personas y el sistema público de salud está saturado. Los tiempos de espera para ser atendido son prolongados y, a pesar de contar con médicos calificados y buenos servicios de urgencias, la atención primaria deja mucho que desear. Ante esta situación, los enfermos buscan alternativas para remediar sus dolencias, y la diversidad de las alternativas es tan grande como la diversidad cultural del país.

Unos optan por la automedicación, dado que hay un gran número de fármacos que pueden comprarse sin receta médica. En caso de necesitar la receta, es común acudir a la consulta gratuita que se ofrece en las farmacias (ese medicamento sí tiene un coste, pero la atención del médico no). Aquellos con un nivel socioeconómico alto, suelen contratar seguros médicos que les permiten hacer uso de hospitales privados con habitaciones de cinco estrellas. Otros tantos tienen simplemente un médico de confianza, al que acuden por un precio accesible. Ese médico de confianza puede haber recibido formación académica dentro de la medicina occidental experimental que se ejerce en la mayoría de los hospitales (médico alópata), o puede ser curandero indígena, acupunturista, homeópata, biomagnetólogo, naturista, ayurvédico, iridiólogo, santero o combinaciones de las anteriores.

¿Son esas medicinas alternativas genuinamente científicas o solo puede considerarse que tiene ese estatus la medicina occidental experimental? Para tratar de responder a esta pregunta, esbozaremos primero algunos criterios de cientificidad y luego discutiremos el caso de la diabetes en una comunidad indígena.

 

¿Qué es científico?

En la Viena de los años 1920 nació una rama de la filosofía dedicada a reflexionar sobre la ciencia. Su primera inquietud era formular una definición de «ciencia». Demarcar el conocimiento científico y descalificar las explicaciones espurias. Este ha sido, desde entonces, un proyecto emprendido, abandonado y retomado intermitentemente. Veamos algunos criterios de cientificidad propuestos por los filósofos de la ciencia.

Rudolf Carnap propone que, para que una proposición pueda considerarse científica, debe predecir hechos observables. Un caso ejemplar es la proposición «la luz puede viajar en trayectorias curvas». La teoría de la relatividad de Einstein predice la desviación de la luz cerca de cuerpos masivos, desviación que fue comprobada empíricamente por primera vez en 1919. Karl Popper también aplaudió la predicción einsteniana como un arriesgado acto de honestidad científica, pero su criterio de cientificidad no era la verificabilidad, sino la falsabilidad. Para el neopositivista Otto Neurath, otro criterio de cientificidad era la consistencia, esto es, la ausencia de contradicciones internas. En fecha más reciente, Paul Thagard ha profundizado en la coherencia como requisito de una buena explicación científica.

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