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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2018Nº 504

Bioquímica

Biopelículas mortíferas

Los tapetes tridimensionales bacterianos se cobran tantas vidas como el cáncer y se muestran indemnes a los antibióticos. Los científicos comienzan ahora a dirigir sus armas contra ellas mismas.

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Adoro el Parque Nacional de Yellowstone.He visitado países tan remotos como Japón, he seguido los pasos de los antiguos romanos, he alzado la mirada ante la torre inclinada de Pisa, he contemplado los volcanes de lejos y de cerca, y he tocado con mis manos los glaciares. Aun así, siempre regreso a Yellowstone y fijo mi vista en las cascadas y los lagos, sobre todo en los vivos arcoíris multicolor de sus numerosas fuentes termales, géiseres, fumarolas y pozas de lodo hirviente.

Ese cromatismo me cautiva. Está creado por miles de millones de diminutas bacterias inmersas en una matriz babosa. Las bacterias resultan imperceptibles a simple vista, en esa masa amorfa que forma comunidades denominadas tapetes microbianos o biopelículas. A través de las lentes del microscopio esas películas muestran una estructura tridimensional notable, con los microbios adheridos unos a otros hasta formar numerosos pisos y filamentos, sinuosos senderos y estructuras semejantes a torres minúsculas. A mí me recuerdan ciudades de baba, una metrópolis palpitante de edificios y rascacielos cuyas calles son más transitadas que las grandes avenidas tokiotas o neoyorquinas. Todos nosotros las hemos visto: crean una espesa y viscosa capa en los desagües y los recalcitrantes cercos alrededor de la bañera.

En medicina, empero, las biopelículas no son una mera molestia ni un espectáculo admirable, sino una amenaza directa para la salud. Cuando las bacterias consiguen crearlas en el interior del cuerpo humano, resisten a los antibióticos y pueden causar infecciones crónicas en los campos quirúrgicos, los pulmones y las vías urinarias. Las biopelículas colonizan los dispositivos médicos y los implantes como catéteres, cánulas y sondas urinarias, las articulaciones protésicas o las válvulas cardíacas artificiales. En conjunto, el 65 por ciento de las infecciones contraídas en el entorno hospitalario tienen como culpables a bacterias que crecen en forma de biopelícula. Solo en los hospitales de EE.UU. se producen cada año 1,7 millones de infecciones, con cerca de 99.000 fallecimientos, así de tremendo es el perjuicio que causan. Se calcula que las biopelículas se cobran cada año tantas vidas como el cáncer, sin duda, una estadística funesta.

El problema radica en que nuestras estrategias para combatir las infecciones bacterianas van dirigidas hacia especies individuales, no contra las biopelículas. Estas no solo poseen una capacidad portentosa para evadir las defensas y la respuesta inmunitaria del organismo que deja de responder a las vacunas, sino que a menudo resultan ser intratables con los antibióticos. Esa resiliencia extraordinaria no es consecuencia de la adquisición de farmacorresistencia por parte de las bacterias ni de su transformación en los «supergérmenes» de los que tanto se oye hablar últimamente. La tenacidad de las biopelículas radica en su matriz tridimensional. En su interior las bacterias se comunican e intercambian información con la que organizan sus estructuras, y se suministran sostén y protección mutuos mediante la síntesis de proteínas y otras sustancias necesarias para la supervivencia.

Junto con mis colaboradores hemos logrado penetrar en la matriz y escuchar las señales de información que las bacterias envían de un lado para otro. A veces, hasta podemos tomar el control de las señales y usarlas contra los microbios. Nuestros intentos se parecen mucho a los actos de sabotaje que pretenden desatar el caos en una ciudad. Planeamos colocar semáforos en rojo donde no los hay o redirigir el tráfico. En nuestro caso, comenzamos a ser capaces de decirles que abandonen su matriz protectora, con lo que se vuelven más vulnerables a los medicamentos. Estamos cosechando pruebas preliminares de que las bacterias que forman las biopelículas devienen básicamente distintas de sus congéneres sueltas.

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