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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2018Nº 504

Conservación

Comercio de mascotas exóticas

De la caída de la biodiversidad tiene bastante más culpa el comercio de animales silvestres, cazados con fines ornamentales, que la misma destrucción del hábitat.

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David S. Wilcove, experto en biología de la conservación, adscrito a la Universidad de Princeton, se hallaba en campaña de avistamiento de aves por la isla de Sumatra en 2012, cuando se percató de que no había casa de los pueblos por donde pasaba de la que no colgaran jaulas con las aves silvestres que esperaba contemplar en la selva. Una quinta parte de los hogares de Indonesia tiene aves por animales de compañía. «¿Qué impacto produce esto en la avifauna?», se preguntó.

Para averiguarlo, Wilcove se desvió del itinerario trazado para visitar el mercado de aves y mamíferos de Pramuka de Yakarta, un abigarrado bazar de fauna silvestre del sudeste de Asia donde podemos comprar desde murciélagos hasta monos. Repartido en cientos de puntos de venta, cada uno con centenares de ejemplares, «predominaban los ejemplares en condiciones lastimosas, con síntomas de enfermedad, el plumaje deslucido y raído, apáticos o alborotados porque muchos pertenecen a especies silvestres que no se habitúan a vivir enjauladas», recuerda. Algunos pertenecían a tipos que ni siquiera los zoológicos dotados de profesionales cualificados consiguen mantener en cautividad y que, sin duda, morirían poco después de la compra.

La investigación emprendida por Wilcove y sus colaboradores acabó vinculando la demanda de aves de compañía en el mercado de Indonesia al declive de las poblaciones en su medio natural. En un estudio aparecido en 2015 en Biological Conservation, planteaban que las tarifas del mercado podrían servir de chivato de alarma que indicaría el declive de una especie, incluso años antes de que la investigación lo detectara, y eso con suerte: cuando la cotización media de un shama malabar (Kittacincla malabarica), una especie apreciada en las competiciones de aves de canto de Indonesia, se disparó un 1500 por ciento entre 2013 y 2015, el cambio alertó a los conservacionistas de que estaba desapareciendo de su hábitat natural.

En los trabajos de campo por Bert Harris, uno de los autores del estudio de 2015 ahora en la Rainforest Trust de Virginia, no se halló ni rastro del shama malabar, ni siquiera en los hábitats aparentemente intactos donde solía medrar, como los bosques alejados unos cinco kilómetros de los caminos más cercanos. Los compradores pagaban sumas elevadas por las vulnerables variedades insulares, muchas ahora reconocidas como especies por derecho propio y valoradas por los coleccionistas en razón de sus atributos novedosos, como pueden ser una cola larga o un canto peculiar. El comercio de animales ornamentales «puede condenar una especie a la extinción, aunque disponga del hábitat apropiado, y hacerlo sin que nadie se percate», advierte Wilcove.

 

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