Frankenstein anotado

Un clásico de la literatura universal a la luz de la ciencia moderna.

FRANKENSTEIN
EDICIÓN ANOTADA PARA CIENTÍFICOS, CREADORES Y CURIOSOS EN GENERAL
Mary Shelley
Dirigido por David H. Guston, Ed Finn y Jason Scott Robert
Ariel, 2017

En la novela Frankenstein, or the modern Prometheus, escrita en 1818 por Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851) y de la que este año celebramos el bicentenario, el protagonista, Víctor Frankenstein, al que nunca se le llamará «doctor» en la ficción, crea un monstruo sin nombre y sufre las terribles consecuencias de su atrevimiento cuando el humanoide mata a su hermano William, a su esposa Elizabeth y a su mejor amigo, Henry Clerval. Destinada la obra en un comienzo a gente de letras, la edición que ahora se presenta tiene en su punto de mira a estudiosos de ciencias, carreras técnicas y matemáticas. La acción de la novela se desarrolla en los años finales del siglo XVIII, en los albores de la Revolución Industrial.

Siendo una adolescente, Mary abandonó Inglaterra en dirección al continente europeo acompañando a su amante, el poeta Percy Bysshe Shelley. En el verano de 1816, Lord Byron los invitó a la mansión que había alquilado a orillas del lago de Ginebra. Aquel fue el año sin verano, una anomalía climática causada por la erupción del monte Tambora, en Indonesia. Una lluvia pertinaz y unos cielos grises mantenían encerrados a los huéspedes. Para distraerlos, Lord Byron sugirió un juego: cada uno debía escribir una historia de terror. Así nació Frankenstein. Para entonces, Shelley había perdido a su hija Clara, que nació en 1815 y murió con dos semanas. Confesaría que el sueño despierto que la movió a escribir la novela fue su deseo de reanimar a Clara, de devolverla a la vida.

Víctor Frankenstein, el científico protagonista, vivió una idílica infancia en una Ginebra paradisíaca. Estudió medicina y técnicas avanzadas en la Universidad de Ingoldstadt, de la que salió en 1789, año de la toma de la Bastilla. Pergeñó su criatura monstruosa en 1793. Nada de extraño, en esa atmósfera revolucionaria, que Frankenstein nos presente un mundo de oscuridad, sombras y miedo.

Shelley deja sin nombre al monstruo; sin apelativo, queda patente que no posee una identidad clara ni hay forma idónea de definirle una. El drama de Frankenstein y su engendro se ha convertido ya en parábola universal que compendia nuestros miedos ancestrales sobre las promesas, peligros y fracasos de incontables áreas de la ciencia y la técnica. Desde el tiempo de Shelley, la ciencia y la técnica han ido calando profundamente en la sociedad. Nos encontramos hoy ante la fabricación de seres vivos por biología sintética, el diseño de sistemas a escala planetaria mediante ingeniería del clima, y la integración de la potencia computacional en todos los sectores de la sociedad y en las mismas fibras de nuestro ser.

Víctor procede de una familia de la alta nobleza. Aplica su preparación científica para crear una nueva vida. Le guían la búsqueda de la gloria y el reconocimiento público a través de la filosofía natural de su tiempo. Se propone crear la inmortalidad, pero luego abdica de la responsabilidad consiguiente. El aviso sobre los peligros de tales pretensiones lo encontramos en numerosos antecedentes de la Grecia clásica. En el mito clásico, Prometeo moldea la arcilla en la que Atenea, diosa de la sabiduría, infunde vida, creando la especie humana. Prometeo dota a los humanos del fuego.

Shelley habla de la «chispa» que anima al monstruo y le confiere el aliento de vida. El término refleja la importancia adquirida por la electricidad y su aplicación para reanimar el cuerpo, una idea relativamente nueva en aquellas fechas. Hacia finales del siglo XVIII, Luigi Galvani había demostrado que la aplicación de una corriente eléctrica podía activar el músculo de una rana. Shelley se inspiró en los experimentos del profesor de la Universidad de Bolonia. Hoy, la estimulación eléctrica se aplica a millones de personas en múltiples medios, desde los desfibriladores hasta los tratamientos parciales de parálisis y los marcapasos.

El lenguaje religioso que envuelve la ambición de Víctor Frankenstein se inscribe en una larga tradición del hombre que juega a ser Dios. Aunque la hybris es un tema recurrente en psicología y en filosofía, la tentación de igualar a los dioses parece solo aumentar con el poder creciente de la ciencia y la técnica.

Frankenstein sufre las dolorosas consecuencias de su atrevimiento. A modo de transacción, el monstruo le propone un plan: que le cree una mujer y cesará en su macabra trayectoria. Víctor comienza a trabajar en la compañera, pero a medio camino se percata de que ello podría dar lugar a una progenie que acabase con la estirpe humana, por lo que destruye su proyecto.

Una pauta similar la advertimos en muchos relatos sobre los riesgos de la técnica, como en R.U.R., de Karel Čapek (1920), una obra donde los robots confunden las expectativas de sus creadores y se convierten en rebeldes. Este fenómeno se hace hoy evidente en dos campos: la biología sintética y la inteligencia artificial. Objetivo central de la agenda de la biología sintética es el deseo de crear nuevas especies, alzarse con el control genético de los organismos que nos puedan beneficiar con nuevos alimentos, fármacos y combustibles. El peligro es que el comportamiento de esos organismos se torne imprevisible y se vuelvan contra nosotros, como los robots de Čapek.

Shelley ofreció pocos detalles sobre las piezas que iba conjuntando y la chispa de vida que infundió en aquella yuxtaposición inerte. Hoy podríamos reconstruir una persona, en parte al menos, con elementos prestados y aprovechando las técnicas disponibles, como trasplantes de riñón, hígado, corazón, pulmones o intestino. Podrían trasplantarse también tejidos de la piel, nervios e incluso un rostro. En 2014 se consiguió con éxito el primer trasplante de pene, y ese mismo año nació en Suecia un niño en un útero trasplantado. Además, se están desarrollando tejidos a partir de células extraídas del propio paciente. A ello cabe sumar las posibilidades que ofrecen los exosqueletos biónicos con control remoto de extremidades artificiales y prótesis, así como los implantes cocleares y órganos mecánicos, corazón incluido, siquiera sean de uso temporal. Y lo que realmente mueve a pensar en Frankenstein: las técnicas de edición génica, capaces de crear un ser humano y manipular el genoma para librarlo de enfermedades y potenciar determinadas capacidades, como la fuerza, la agilidad o la inteligencia.

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