Rompehuesos canino

Excrementos fosilizados revelan la temible dentellada de un cánido prehistórico.

Los coprolitos, o fósiles de las heces, ofrecen pruebas directas sobre los cánidos osteófagos. [MUSEO DE HISTORIA NATURAL DEL CONDADO DE LOS ANGELES]

Un grupo de cánidos corpulentos era capaz de hacer astillas los huesos de sus presas, según se deduce de una pila de excrementos fósiles de seis millones de años de antigüedad. Los borofaginos (Borophaginae, «devoradores voraces») ocuparon en Norteamérica un raro nicho de osteófagos que nadie ha vuelto a ocupar desde entonces.

La mayoría de los carnívoros actuales, entre ellos los cánidos, están armados de dientes largos y afilados que no resistirían la presión requerida para aplastar los grandes huesos largos. En cambio, los borofaginos estaban provistos de una dentadura más recia y achatada, así como de un hocico más corto que maximizaba la fuerza de sus mandíbulas. «No hay paralelos entre los cánidos actuales y estos osteófagos», asegura Xiaoming Wang, paleontólogo del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles y uno de los autores del estudio que da a conocer el hallazgo. «El único ejemplo viviente similar sería la hiena manchada de África.»

Los entendidos repararon por vez primera en el parecido de estos cánidos extintos con las hienas a finales del siglo XIX. Edward Drinker Cope, pionero de la paleontología, describió la especie en 1893: «La dentadura resulta idónea para triturar los huesos, mientras que los caninos sirven al consabido fin de desgarrar la carne». Aun así, se trataba de una conjetura basada únicamente en la anatomía. El apodo de «rompehuesos» cuajó, pero hasta ahora no existían pruebas directas de que estos carnívoros fueran capaces de hacer añicos el fémur y las costillas.

El coleccionista de fósiles y edafólogo jubilado Dennis Garber relata cómo halló casualmente el excremento fósil. En 1995, mientras navegaba por el lago Turlock, en el californiano Valle de San Joaquín, divisó un objeto gris azulado en la orilla. Garber, que había estado recolectando fósiles en la zona desde 1956, no tardó en reconocer un excremento petrificado, o coprolito. Como mostraba fragmentos de hueso en la superficie, lo más probable es que pertenecieran a un gran carnívoro y los borofaginos eran la única fauna de ese tipo conocida entonces por allí, explica. «Comencé a escarbar en las inmediaciones y desenterré bastantes más.»

Los responsables del estudio creen que Garber debió de dar con una «letrina» comunitaria, lo cual indicaría que los borofaginos vivían en grupos que defecaban en la misma zona, como muchos carnívoros gregarios actuales. El descubrimiento, publicado en mayo en eLife, «no solo aporta pistas sobre la fisiología de estos carnívoros primitivos, sino de su organización social», opina la paleontóloga Julie Meachen de la Universidad de Des Moines, ajena al estudio.

Para examinar el interior de los coprolitos, los autores acudieron a investigadores de la Facultad de Odontología de la Universidad de California en Los Ángeles, con el fin de obtener imágenes de TAC. Estas sacaron a la luz fragmentos óseos en todas las heces. Entre ellos un gran pedazo de costilla de un herbívoro de la talla de un ciervo, que según los cálculos podría haber llegado a cuadruplicar el peso de cualquiera de sus cazadores caninos. Ello refuerza la idea de que los borofaginos cazaban en jauría, si bien no descarta por completo el carroñeo, matiza Wang. «Lo que me sorprendió fue la abundancia de huesos», añade. Esa circunstancia, sumada a la anatomía mandibular del cánido en cuestión, hacen pensar que los fragmentos óseos voluminosos formaban parte de su régimen alimentario.

Wang plantea que además de cazar en grupo, ser corredores infatigables y compartir el retrete, los borofaginos debieron ser devoradores ávidos, que competían entre sí. Una manada de hienas es capaz de no dejar ni rastro de un ñu en cuestión de minutos y la primera en llegar se lleva la mejor parte. Cuando saciar el hambre se convierte en una carrera contra los demás, ser capaz de romper el fémur y arrancar un gran pedazo de la pierna supone una ventaja indudable. Los borofaginos pudieron lucir esos mismos modales en la mesa. Meachen concuerda con esa idea. «Todos esos carnívoros habrían estado sujetos a la misma norma: “O engulles sin masticar, o sin probar bocado te quedarás”.»

Este grupo de cánidos prehistóricos también pudo acelerar el reciclaje de ciertos nutrientes. Las hienas actuales descomponen los huesos con más rapidez que los microbios y esparcen por la sabana nutrientes como el calcio con sus deposiciones blancuzcas y yesosas. En cambio, Wang afirma que la digestión de los borofaginos no parecía ser tan radical. «A diferencia de las hienas, los cánidos osteófagos carecían de los jugos gástricos sumamente ácidos necesarios para disolver los huesos», explica. Pero triturar y dispersar los fragmentos óseos por las praderas debió tener un efecto similar de diseminación, señala.

El linaje de los borofaginos desapareció misteriosamente hace unos dos millones de años sin dejar descendencia. Pero constituyeron un grupo notorio de carnívoros, pues docenas de especies se sucedieron a lo largo de 30 millones de años de la historia fósil de Norteamérica. «Hoy en día no existe ningún grupo zoológico parecido, y, sin embargo, habitaron en ese continente donde posiblemente desempeñaron una función ecológica realmente notable, sobre todo a la hora de eliminar los cadáveres y facilitar el reciclaje de los nutrientes», afirma la paleoecóloga Larisa DeSantis, de la Universidad Vanderbilt, que no ha participado en el estudio. «Así que reconstruir su ecología tendrá sin duda algo de labor detectivesca.»

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