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1 de Junio de 2019
Historia de la ciencia

La botánica y la consolidación de la ciencia moderna

De cómo la botánica de la Ilustración puso en marcha los principios del empirismo en el estudio del mundo natural.

FILOSOFÍA VEGETAL 
CUATRO ESTUDIOS SOBRE FILOSOFÍA E HISTORIA NATURAL
Fernando Calderón Quindós 
Abada, 2018


Como bien sabe todo lector interesado en la historia de la ciencia, no es tarea sencilla determinar cuándo y dónde nació el pensamiento científico. Las interpretaciones que ofrecen los historiadores varían de manera considerable y, dependiendo de si la definición que usemos de ciencia pone su énfasis en la metodología, los descubrimientos, los resultados prácticos, las personas dedicadas a la investigación o la existencia de una comunidad amplia de expertos, es posible defender diferentes versiones de su origen histórico. Así, mientras que algunos afirman que la ciencia nació en la Antigüedad clásica con ilustres antepasados como Eratóstenes o Herón de Alejandría, o en la Edad Media con sabios como Roger Bacon, otros sitúan el inicio de la ciencia en el Renacimiento o ya en la Modernidad de los siglos
XVI y XVII, con Copérnico, Kepler y Galileo.

En cambio, lo que no ofrece duda es que fue la Ilustración del siglo XVIII la que otorgó a la ciencia su mayoría de edad. Y que fue en este periodo cuando la ciencia moderna terminó de establecer su método de investigación, su lenguaje técnico, sus sistemas de clasificación y su dedicación a la experimentación y al rigor de la comprobación empírica. Pero, sobre todo, fue el Siglo de las Luces el que vio nacer un fenómeno social completamente nuevo y sin antecedente en otras épocas o culturas: la fascinación popular por la ciencia. En efecto, por primera vez en la historia, la ciencia dejó de ser el reducto de un puñado de sabios desconectados del resto de la sociedad para convertirse en patrimonio común de la burguesía ilustrada europea y, en general, occidental, cuya imaginación fue atrapada por las maravillas sobre el mundo natural que la ciencia moderna descubría a un ritmo vertiginoso.

En todo lo anterior la botánica desempeñó un papel estelar: tanto en el desarrollo de la metodología moderna de estudio y clasificación de los seres vivos, como en la divulgación de ese conocimiento a través de la didáctica de los principios de la ciencia como saber práctico que toda persona educada podía llegar a dominar sin necesidad de ser un científico profesional. En el siglo previo, la atención de los científicos se había dirigido sobre todo a la observación de los cuerpos celestes y a la teorización sobre las leyes de su movimiento. Los avances en los instrumentos ópticos, particularmente el telescopio, abrieron camino al protagonismo de astrónomos y cosmógrafos como vanguardia de una ciencia racionalista y teórica. En el siglo XVIII, en cambio, la ciencia se volcó en el estudio del mundo natural que nos rodea, y desarrolló sus métodos de acuerdo con las ideas de la filosofía empirista que tan decididamente marcaron el espíritu de la Ilustración. Ello abrió el camino para que la botánica se convirtiera en la ciencia más claramente identificada en el Siglo de las Luces con el ideal empirista de ciencia natural.

La relación de los estudios botánicos del siglo XVIII con la filosofía, el arte, el lenguaje, la construcción de la ciencia moderna e incluso con la moral y la educación didáctica es justamente el tema que aborda, con notable maestría narrativa, Fernando Calderón en un libro de título evocador, Filosofía vegetal, y subtítulo más bien descriptivo: Cuatro estudios sobre filosofía e historia natural. Los cuatro ensayos que componen esta obra dibujan un retrato fascinante y ameno sobre el esfuerzo emprendido por los naturalistas del siglo XVIII para transformar el estudio de las plantas —hasta entonces una abigarrada colección de conocimientos anecdóticos, mitos y recetas farmacéuticas formada por miles de nombres variopintos y de uso local— en una verdadera ciencia moderna. Una fundamentada empíricamente y consolidada en un nuevo lenguaje científico, preciso y de alcance universal, con aspiraciones legítimas de formar un cuerpo de conocimientos definitivo sobre el mundo natural.

El primer ensayo, titulado «Botánica y lenguaje: Ciencia de nombres y de plantas», narra el camino que siguió la ciencia para encontrar un lenguaje práctico, preciso y fácil de aplicar. El objetivo era que toda la comunidad científica, en cualquier parte del mundo, pudiera nombrar, clasificar y describir de manera uniforme cada nueva especie que se fuese descubriendo. La culminación de este esfuerzo, no exento de críticas y polémica, llegó con la adopción del sistema de nomenclatura binomial de Linneo.

En «El herbario y el dibujo: Dos formas de representación de la naturaleza vegetal» Calderón describe el mundo del coleccionismo de ejemplares originales, debidamente secados y montados, como un medio adecuado para permitir la clasificación taxonómica por parte de los científicos, pero no para reproducir la esencial belleza de las plantas y flores vivas. También relata la animada polémica desatada entre la comunidad de botánicos ante la pretensión del arte naturalista —cada vez más preciso, realista y detallado— de superar la «veracidad»de las mismas plantas de un herbario y obrar como documento de la realidad del mundo natural.

En «Botánica sin maestro: De las Lettres sur la botanique de Jean-Jacques Rousseau a las obras elementales para uso de mujeres», el autor analiza la popularización de la botánica como una ciencia rigurosa pero a la vez amable, que debería ser conocida y estudiada por toda persona educada y culta y, sobre todo, ideal para introducir a las mujeres en el mundo de la ciencia, de acuerdo con el espíritu filantrópico y educativo de la Ilustración.

Por último, en «El descubrimiento de la montaña: de Thomas Burnet a Horace-Bénédict de Saussure», Calderón describe el peculiar camino que siguió la interpretación estética y moral de la montaña: de ser tenida como un lugar de esterilidad malévola en la Edad Media, al descubrimiento de su belleza sublime en el Romanticismo, convertida en símbolo supremo de la pasión por la naturaleza del Siglo de las Luces.

No es frecuente que las obras divulgativas que reconstruyen la historia de las ciencias se tomen el trabajo de explorar, paralelamente a la relación de los descubrimientos y sus efectos más significativos para el avance del conocimiento, la historia de las dudas, las polémicas o los cuestionamientos —a veces surgidos desde el simple sentido común— que acompañaron al nacimiento e instauración de teorías científicas que hoy, por simple familiaridad, nos parecen incuestionables. Pero justamente eso es lo que hace, con muy buen tino, la presente obra. Su principal mérito es saber mostrar el amplio proceso social, y no solo el estrictamente científico, por el que la botánica se convirtió en el vehículo perfecto para la popularización de la ciencia durante la Ilustración, así como en un símbolo poderoso de la unión entre razón y naturaleza, un tema favorito del espíritu ilustrado de la época. La gran virtud de Filosofía vegetal es saber explorar las diversas y ricas relaciones de la botánica con el arte o con la filosofía empirista del siglo XVIII, sin por ello descuidar el rigor de los datos científicos, así como mostrar, con gran viveza, el carácter contingente del camino por el que se abrieron paso las ciencias naturales en esta época. A modo de ejemplo, baste recordar que el sistema de nomenclatura binomial fue originalmente solo uno de los varios propuestos para la clasificación del mundo natural, y que perfectamente hubiera podido acabar siendo sustituido por cualquier otro.

Fernando Calderón, profesor de filosofía centrado en el estudio del pensamiento del siglo XVIII, consigue con esta amena y documentada obra iluminar uno de los momentos decisivos de la historia de la ciencia. Aquel en el que, a través del estudio de las plantas, se impuso la filosofía empírica como guía para la exploración sistemática del mundo natural.

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