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Algas depredadoras

Cuando la luz solar se esfumó, los diminutos cocolitóforos se transformaron en cazadores.

Un cocolitóforo actual dotado de orificios que facilitan la locomoción. [DE «ALGAL PLANKTON TURN TO HUNTING TO SURVIVE AND RECOVER FROM END-CRETACEOUS IMPACT DARKNESS», SAMANTHA J. GIBBS ET AL. EN SCIENCE ADVANCES, VOL. 6, N.o 44, 30 DE OCTUBRE DE 2020.]

El asteroide que chocó contra la Tierra hace 66 millones de años no solo aniquiló los dinosaurios, sino que redujo la vida en los mares a un mero caldo primitivo de microorganismos sencillos. Los científicos creen que lo que impidió el desmoronamiento absoluto de los ecosistemas marinos fueron las algas recubiertas de placas que pueden alimentarse de otros organismos pero conservan al mismo tiempo su capacidad fotosintética. Fue así como mantuvieron la base de las complejas redes tróficas del reino marino a través de aquel largo episodio de oscuridad.

El plancton depredador pertenecía a una familia de algas unicelulares, llamadas cocolitóforos, dotadas de placas calcificadas. Existen desde hace unos 200 millones de años y muchas vagan todavía como parte del plancton marino actual. Su supervivencia tuvo una especial trascendencia tras la gran extinción que puso fin al período Cretácico, cuando los escombros lanzados por la colisión del asteroide y las cenizas de los incendios que esta desató ocultaron el sol por espacio de dos años. La vida experimentó un largo «invierno por impacto» que prácticamente paralizó toda la actividad fotosintética.

«Al igual que sucede en tierra firme, las redes tróficas de los océanos tienen como base la fotosíntesis, pero en el medio marino la llevan a cabo las bacterias y las algas microscópicas», explica Samantha Gibbs, paleontóloga de la Universidad de Southampton y autora principal de un nuevo estudio publicado en Science Advances. Los cocolitóforos eran en el Cretácico uno de esos transformadores de energía, y cerca del 90 por ciento de sus especies se extinguieron a raíz del impacto.

Desprovistas de luz con la que satisfacer sus necesidades energéticas, explica Gibbs, «las pocas especies supervivientes se dedicaron a capturar y devorar otros organismos». Los pequeños orificios visibles en los cocolitóforos fósiles indican que estos supervivientes estaban dotados de flagelos que les imprimían movimiento y la posibilidad de perseguir otros microorganismos. Los investigadores estudiaron la abundancia de estas algas cazadoras en el registro fósil y modelizaron su evolución para averiguar cómo pudieron sobrevivir y adaptarse a la desaparición del sol, y cómo proliferaron de nuevo después de que reapareciera.

Hace tiempo que los expertos se preguntan cómo resistieron la ausencia de la luz solar los organismos fotosintéticos como los cocolitóforos. «Es un descubrimiento verdaderamente interesante que contribuye de manera decisiva a explicar una paradoja aparente de la extinción», opina del estudio Christopher Lowery, paleontólogo de la Universidad de Texas en Austin, ajeno a él.

El modelo también explicaría los cambios en otros organismos. Los diminutos foraminíferos acusaron del mismo modo las consecuencias del impacto, pero resistieron. Provistos también de placas duras, a los supervivientes les crecieron espinas que probablemente usaron junto con tentáculos minúsculos para atrapar presas más grandes, explica Lowery, lo cual refuerza la idea de que otros organismos unicelulares adoptaron esos mismos hábitos alimentarios.

Con el tiempo la luz regresó y los cocolitóforos supervivientes reanudaron la actividad fotosintética y revitalizaron las redes tróficas marinas. Las algas diminutas y hambrientas ayudaron a salvar los mares.

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