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Frescos en peligro

Las sales corrosivas suponen una amenaza para las pinturas murales de Pompeya.

GETTY IMAGES/FLORY/ISTOCK

Cubierta por cenizas y rocas volcánicas procedentes de la erupción del Vesubio, la antigua ciudad de Pompeya permaneció sepultada más de 1500 años antes de que la descubrieran y se iniciaran las excavaciones. La mayoría de los arqueólogos confían en que los restos volcánicos preserven las ruinas que continúan enterradas, pero un nuevo trabajo sugiere que esos materiales, llamados piroclastos, también pueden provocar daños en determinadas circunstancias.

En un artículo publicado en Angewandte Chemie International Edition, los investigadores sostienen que los lixiviados generados cuando esos piroclastos se ven expuestos al agua contienen iones fluoruro, partículas cargadas que pueden combinarse con otros iones para formar una costra salina sobre las vívidas pinturas murales de Pompeya. La disolución y recristalización de esas sales puede alterar los colores de los pigmentos, crear grietas o causar otros desperfectos.

Cuando Maite Maguregui, química de la Universidad del País Vasco, y sus colaboradores detectaron sales de flúor en algunos murales de Pompeya exhumados con anterioridad, sospecharon que los piroclastos eran los responsables. «Para nosotros, el flúor era un marcador de los efectos del material piroclástico», explica Maguregui. Los iones fluoruro no abundan en la atmósfera, pero los volcanes los expulsan en sus cenizas y escombros.

Para demostrar que los fluoruros provenían de los piroclastos de Pompeya, los investigadores analizaron en el laboratorio muestras de ceniza y roca volcánica obtenidas a distintas profundidades. Comprobaron que esos fragmentos liberaban iones fluoruro al entrar en contacto con el agua, y calcularon que la concentración de dichos iones podría dar lugar a sales como las halladas sobre las pinturas.

Los murales de Pompeya que permanecen enterrados están relativamente a salvo si se mantienen secos, señala Maguregui. Pero las aguas subterráneas y la lluvia propician que los iones formen sales perjudiciales incluso bajo tierra. El daño empeora de manera drástica cuando las pinturas están al aire, pues eso acelera la producción de sales.

«Creo que esto hará saltar algunas alarmas, porque las pinturas exhumadas pueden deteriorarse muy rápido si no se tratan de forma adecuada», valora Austin Nevin, director de conservación del Instituto de Arte ­Courtauld de Londres, que no participó en el estudio. Los arqueólogos deben buscar fluoruro y otros iones en las pinturas nada más desenterrarlas, añade Nevin, a fin de tomar las medidas oportunas para preservarlas.

Las señales de los iones fluoruro y los correspondientes átomos de flúor son demasiado débiles para captarlas con los equipos portátiles habituales. Por ello, el grupo de Maguregui ha desarrollado una nueva técnica de detección sobre el terreno: un instrumento láser descompone una mínima cantidad de piedra caliza sobre la superficie de una pintura exhumada, lo que libera calcio. Y este interacciona con el flúor que haya en las inmediaciones para formar fluoruro de calcio, un compuesto que emite luz con una longitud de onda característica.

Tales mediciones podrían proporcionar una alerta temprana, pero los investigadores aún deben determinar el mejor método para tratar las pinturas y mitigar los daños que causan esas sales. Entretanto, defiende Nevin, si se detecta flúor en un mural recién exhumado, quizá lo mejor sea simplemente volver a enterrarlo.

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