Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Los lobos gigantes no eran lobos

Un enorme cánido extinto proporciona un ejemplo de evolución convergente.

El lobo gigante y el lobo gris se encontraron durante el Pleistoceno superior. [MAURICIO ANTÓN; FUENTE: «DIRE WOLVES WERE THE LAST OF AN ANCIENT NEW WORLD CANID LINEAGE», ANGELA R. PERRI ET AL. EN NATURE, VOL. 591, PÁGS. 87-91, 13 DE ENERO DE 2021.]

El lobo gigante es una fiera emblemática. En los pozos de alquitrán de La Brea, en Los Ángeles, se han encontrado los restos de miles de ejemplares de este carnívoro del Pleistoceno, que tuvo un papel destacado en la serie de televisión Juego de tronos. Pero un nuevo estudio de su genética ha sorprendido a los paleontólogos: lejos de ser un lobo, sería el último miembro de un linaje de cánidos surgido en Norteamérica.

Desde que fuera descubierto en la década de 1850, el lobo gigante ha cautivado nuestra imaginación. Sus fósiles se han hallado en gran parte del continente americano, desde Idaho hasta Bolivia. El betún que aflora en La Brea deja constancia de que las presas atrapadas en el alquitrán atrajeron a muchos de estos depredadores de la Edad de Hielo a una muerte segura. Los restos conservados en el alquitrán revelan un cazador imponente de hasta 1,80 metros de largo, con unas mandíbulas y un cráneo adaptados para abatir a presas de la megafauna.

Aunque estaba claro que este cánido había evolucionado para dar caza a mastodontes, caballos, bisontes y otros grandes herbívoros presentes en América, las semejanzas entre su esqueleto y el del lobo gris actual apuntaban a un parentesco cercano. Durante mucho tiempo, los paleontólogos han supuesto que el lobo gigante se extendió por Norteamérica antes de que el lobo gris procedente de Eurasia siguiera sus pasos a través del puente de tierra de Beringia. Ahora, algunos restos de ADN bien conservados podrían cambiar de raíz esa historia.

El nuevo estudio, publicado en Nature, nació de un intento por desentrañar las características biológicas básicas del lobo gigante. «Para mí, todo comenzó con la decisión de recorrer EE.UU. en busca de muestras de este lobo y ver qué podíamos lograr, puesto que nadie había conseguido extraer su ADN hasta entonces», explica Angela Perri, arqueóloga de la Universidad de Durham y coautora del estudio. Otro de los autores, el genetista Kieren Mitchell, de la Universidad de Adelaida, también estaba intentando extraer y estudiar ADN antiguo de los restos de lobo gigante, igual que otros laboratorios que acabaron colaborando en el proyecto.

Los investigadores pretendían dilucidar el parentesco del lobo gigante con los demás lobos. «Tenía la sospecha de que el lobo gigante era un linaje especializado o una subespecie del lobo gris», relata Mitchell. Pero los nuevos datos no refrendan esa hipótesis: los primeros análisis genéticos indican que no eran parientes cercanos. «Creo que hablo por todo el grupo si digo que los resultados constituyeron una gran sorpresa», admite Perri.

Al secuenciar el genoma de cinco fósiles de lobo gigante de entre 13.000 y 50.000 años de antigüedad, los científicos descubrieron que pertenecían a un linaje mucho más antiguo de cánidos. Los datos sugieren que el lobo gigante surgió en América y no mantenía lazos cercanos con el lobo gris de Eurasia: la última vez que compartieron un ancestro común fue hace unos 5,7 millones de años. Según los investigadores, la gran semejanza entre ambos sería un ejemplo de evolución convergente, un fenómeno que se produce cuando especies distintas desarrollan adaptaciones (o incluso apariencias) similares por el hecho de tener un modo de vida parecido. En ocasiones esa convergencia solo es superficial, como en las aves y los murciélagos, ambos dotados de alas pese a su anatomía dispar. En el caso del lobo gris y el lobo gigante, la especialización en la caza de grandes herbívoros dio como resultado dos linajes de cánidos que adquirieron de forma independiente un mismo aspecto lupino.

«Estos hallazgos trastocan totalmente la idea de que los lobos gigantes no eran sino primos más voluminosos del lobo gris», afirma Grant Zazula, paleontólogo del Gobierno de Yukón ajeno al nuevo estudio. De hecho, debido a la semejanza entre ambos, el lobo gris se ha tomado como modelo de la biología y la conducta del lobo gigante, desde la dinámica de las manadas hasta el sonido de los aullidos. La nueva identidad del lobo gigante obligará a revisar muchas suposiciones, entre ellas el aspecto que tenía en vida. «El estudio del ADN y las proteínas que se conservan en los huesos fosilizados está reescribiendo con rapidez la historia natural de los mamíferos norteamericanos, desde las glaciaciones hasta los tiempos más recientes», subraya Zazula.

El descubrimiento implica que el lobo gigante podría necesitar un nuevo género que deje claro que no pertenece al del lobo gris, Canis. Perri, Mitchell y sus colaboradores proponen Aenocyon, un nombre acuñado hace un siglo que significa «lobo terrible». Pero los investigadores no confían en que sus resultados acaben con la costumbre, y es probable que a Aenocyon dirus se le siga llamando lobo gigante. «Se unirá a otros animales que reciben el nombre de lobo sin serlo, como el lobo de crin», vaticina Perri.

El estudio también es relevante de cara a dilucidar las razones de la extinción del lobo gigante al final de la última glaciación. Este depredador se especializó durante millones de años en la caza de camélidos, équidos, bisontes y otros herbívoros norteamericanos, y su desaparición se produjo en paralelo a la de sus presas. «A diferencia del lobo gris, que es un modelo de adaptación, parece que el lobo gigante era mucho menos flexible y no supo hacer frente a los cambios ambientales y en las presas», opina Perri.

Tampoco parece que el lobo gigante haya dejado un legado genético, más allá del ADN degradado que contienen sus restos óseos. Otros cánidos, como el lobo y el coyote, pueden aparearse entre sí y engendrar híbridos, pero aparentemente el lobo gigante no hizo eso con ningún otro cánido que viva en la actualidad. Perri, Mitchell y sus colaboradores no hallaron en el ADN indicios de hibridación entre los lobos gigantes y el lobo gris o el coyote.

Hace 13.000 años el lobo gigante encaraba la extinción. Haber surgido en el duro y variable ambiente de Eurasia pudo conferir una ventaja al lobo gris, explica Zazula. «Por contra, el final de la última glaciación cogió desprevenido al terrible lobo gigante mientras se relajaba en el sur de California.». Aun así, el aparente final de la historia de este carnívoro no es más que el principio. Los genes conservados han mostrado que el lobo gigante y sus ancestros prevalecieron en América durante más de cinco millones de años, y los primeros capítulos de su historia natural aguardan a ser reescritos.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.