Ritmos internos en la emigración de las aves

Las aves migradoras poseen un reloj interno que marcha al compás de ritmos circanuales y les informa de cuándo empezar y cuándo concluir el vuelo. Es más, les ayuda incluso en la localización del punto de destino.

Rara vez deja de maravillarnos la contemplación de una bandada de aves que emigran, hacia el sur en otoño o con rumbo norte en primavera. Tanto si se trata de la ordenada formación en V del barnaclas del Canadá como del avance atropellado de un grupo de estorninos, la impresión que transmiten al observador es que les mueve un poderoso impulso interno. Las aves no titubean; vuelan seguras, inequívocamente orientadas hacia una meta que queda muy lejos del alcance de nuestra vista. ¿De dónde surge el impulso que las guía hacia climas más templados en invierno y las devuelve, en primavera, a sus territorios de cría septentrionales?

Caben dos respuestas. La primera es que procede de factores externos al ave misma, factores ambientales. Entre los que acuden de inmediato a la memoria se cuentan los cambios de temperatura y del número de horas de luz por día entre una estación y otra. La disminución de la temperatura o de la longitud del día podría bastar para desencadenar las reacciones fisiológicas que ponen al pájaro en camino hacia el sur; el incremento de esos factores instaría los cambios fisiológicos inversos, devolviendo al ave hacia el norte. El segundo tipo de explicación general es que el impulso procede del animal.

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