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Seguimiento y control de la chatarra espacial

El camino que conduce del Sputnik a la Estación Espacial Internacional está empedrado de una chatarra de lujo convertida en grave amenaza exterior.
Desde que comenzara la era espacial hace cuarenta largos años, los cohetes han puesto en órbita más de 20.000 toneladas de material. Actualmente son 4500 las que aún permanecen allí en los casi 10.000 mil objetos "residentes espaciales", de los cuales sólo un cinco por ciento son naves operativas. Nos referimos a los cuerpos grandes, cuyas trayectorias pueden seguirse con radares militares y telescopios. Porque hay, además, millones de fragmentos menores, cuya pista se pierde y por los cuales se interesa cada vez más la industria espacial; éstos vagan dispersos por órbitas que distan de la superficie del planeta desde cientos de kilómetros hasta más de cuarenta mil.
Si esos diminutos acompañantes de la Tierra se movieran como lo hace el rebaño de lunas en miniatura que gira alrededor de Júpiter o Saturno, resultaría un espectáculo maravilloso. Los anillos de los planetas gigantes obedecen a una precisa coordinación; las rocas y los fragmentos de hielo que los forman describen órbitas ordenadas, y las colisiones entre ellos tienen lugar a velocidades pequeñas. Pero los satélites artificiales de la Tierra recuerdan más a un enjambre de abejas enojadas alrededor de una colmena, con sus movimientos en todas direcciones que parecen aleatorios. Con una densidad de satélites bastante baja, la región cercana a la Tierra es todavía un vacío según cualquier criterio terrestre. Pero los movimientos erráticos del enjambre hacen que las velocidades relativas sean enormes en las colisiones accidentales entre dos objetos. El choque con un guijarro de un centímetro de diámetro puede destruir una nave espacial. Un solo grano de arena de un milímetro de grosor podría arruinar una misión.

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