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1 de Septiembre de 2004
Medicina

Lipotoxicidad y diabetes

La diabetes mellitus, una alteración del metabolismo de la glucosa, podría venir desencadenada por lípidos. Al actuar como factores tóxicos, los ácidos grasos intenvienen en la progresión de la enfermedad.

Getty Images/Benjamin Toth/iStock

Suele decirse, en lenguaje coloquial, que la diabetes es un problema del «azúcar». En efecto, los pacientes diabéticos se caracterizan por presentar unos niveles de glucosa en sangre muy altos (hiperglucemia). Menos familiar resulta la posible intervención de los ácidos grasos en la alteración del metabolismo glucídico. De la relación de la li­potoxicidad con la diabetes nos ocuparemos aquí. El organismo controla el metabolismo de los hidratos de carbono. Lo hace con estricto rigor para evitar que la glucemia caiga por debajo de un nivel específico, que pondría en peligro la supervivencia celular. La glucosa, un hidrato de carbono, constituye un nutriente clave para los tejidos. Pero si merma la reserva de glucosa, disponemos de mecanismos adaptativos que permiten la utilización de los ácidos grasos como fuente de energía.

En el cerebro, sin embargo, la glucosa es la única fuente de energía, si bien en momentos de prolongada dificultad para mantener niveles de glucemia adecuados puede aquél recurrir a los cuerpos cetónicos como fuente alternativa. Desde una aproximación teleológica, podría decirse que, cuando ocurre una caída en los niveles de glucosa, la mayoría de los tejidos utilizan ácidos grasos, lo que facilita que la glucosa se reserve para el cerebro.

Cuando los niveles de glucosa descienden de forma peligrosa (hipoglucemia), el organismo elicita respuestas de emergencia, a través de hormonas (glucagón), corticoides y, en casos extremos, catecolaminas, que promueven la glucogenolisis hepática, es decir, la formación de glucosa en el hígado a partir de glucógeno, un polímero de moléculas de glucosa.

Aunque el organismo está preparado para prevenir la bajada de glucemia, no lo está para evitar su aumento. La insulina, hormona crítica del metabolismo de la glucosa, vehicula la entrada de la glucosa en determinados tejidos y facilita su acumulación en el hígado y músculo, en forma de glucógeno. Si falta insulina o se muestra menos activa, sube la glucemia; por una sencilla razón: la glucosa no entra en las células y el hígado libera glucosa que pasa a la sangre.

Diabetes mellitus

Al hablar de diabetes, conviene aclarar a qué tipo nos referimos. Bajo el término diabetes se agrupan diversas enfermedades con una glucemia elevada por denominador común. Suelen distinguirse dos formas principales; diabetes de tipo 1 y diabetes de tipo 2. La primera, una enfermedad del sistema inmunitario, se caracteriza por la destrucción selectiva de las células beta pancreáticas productoras de insulina. El aumento de glucemia viene aquí provocado por la ausencia de dicha hormona.

La diabetes de tipo 2 se define por su resistencia a la acción de la insulina. Se hallan implicadas también las células beta pancreáticas, incapaces ahora de producir en cuantía suficiente la insulina requerida. Ante esa deficiente actividad insulínica, la terapia se orienta a reforzar la sensibilidad a la hormona.

En nuestro laboratorio se trabaja en diabetes de tipo 2, la forma más frecuente. Los pacientes suelen ser obesos, con localización preferente de su grasa en el abdomen. (Llamamos obeso a la persona que presenta un exceso de grasa almacenada en su tejido adiposo.) Si la insulina endógena actuara en ellos con plena normalidad, no mostrarían niveles de glucosa desmesurados. El problema arranca en la juventud, cuan­do encontramos todavía individuos obesos con altos niveles de insulina y niveles de glucosa normales. Desde una óptica clínica, se considerarían, pues, pacientes obesos no diabéticos.

En una segunda fase, algunos muestran ya signos diagnósticos, en particular un aumento de los niveles de glucosa. Débese dicho aumento a que las células beta pancreáticas segregan menos insulina de la exigida para cubrir las necesidades derivadas de la resistencia a la insulina y obesidad. Aunque poseen más insulina que los individuos sanos, sus niveles son insuficientes para ejercer el mismo efecto que el resultante de la actividad normal de la insulina.

En esa resistencia a la insulina reside el núcleo de la diabetes de tipo 2. Ignoramos la razón exacta de la inactividad de la insulina. Se sabe que la estructura molecular de la hormona no presenta alteración alguna; dicho de otro modo, la acción deficiente de la insulina no se debe a fallos de la molécula. Se sabe también que la insulina se une a ciertos receptores alojados en la membrana celular. La secuenciación de los genes codificadores de estos receptores ha revelado que tampoco ellos se encuentran alterados. Solo en casos muy específicos se han identificado mutaciones en el receptor de la insulina, pero se trataba de pacientes con un cuadro clínico muy complejo (por ejemplo, de leprechaunismo), sin relación con la clínica característica de los pacientes diabéticos tipo 2 obesos. Añádase que, en los numerosos estudios genéticos de otras moléculas relacionadas con las señales intracelulares emergentes del receptor insulínico, no han aparecido defectos genéticos que justificaran la resistencia insulínica.

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