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  • Septiembre 2016Nº 480

Biotecnología agrícola

CRISPR llega a los cultivos

Una potente herramienta de edición de genes está revolucionando la agricultura y podría transformar el debate sobre los transgénicos y la manipulación genética en general.

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Puede que el centenar de agricultores que atestaban el salón Mendenhall Inn, en Pensilvania, no tuvieran formación sobre edición de genes, pero sí que sabían de setas. Estos productores locales cosechan unos impresionantes 500.000 kilogramos al día en promedio, lo que explica en parte el hecho de que Pensilvania domine el mercado estadounidense, que alcanza los 1200 millones de dólares anuales. Algunas de las setas que producen, sin embargo, se vuelven marrones y se pudren en las estanterías de las tiendas; si uno ha sostenido en la mano una seta viscosa y medio podrida, sabrá por qué nadie las compra. Los hongos son tan sensibles a la agresión física que incluso la cuidadosa recogida y el embalaje «a un solo toque» pueden activar una enzima que acelera su descomposición.

En un seminario sobre setas celebrado el pasado otoño, Yinong Yang subió a la tribuna para anunciar una posible solución al problema del oscurecimiento o pardeamiento. Yang, biólogo y profesor de fitopatología de la Universidad estatal de Pensilvania, había editado el genoma del champiñón común, Agaricus bisporus, la seta comestible más popular en el mundo occidental, mediante una nueva herramienta llamada CRISPR.

Los cultivadores de hongos de la audiencia probablemente nunca habían oído hablar de CRISPR, pero comprendieron que era algo importante cuando Yang les mostró una foto de la actriz Cameron Díaz entregando a Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, inventoras de la técnica, el premio Breakthrough, acompañado por un cheque de 3 millones de dólares para cada una. Y entendieron las enormes implicaciones comerciales de la invención cuando Yang les enseñó fotografías en las que aparecían setas marrones y podridas al lado de otras de un blanco inmaculado obtenidas con ella. Todas correspondían a A. bisporus, la cepa universal que anualmente produce 400 millones de kilogramos de botón blanco, setas cremini y setas portobello. (La Universidad estatal de Pensilvania también se dio cuenta de las implicaciones comerciales; el día antes de la charla de Yang, presentó una solicitud de patente sobre el trabajo de los hongos.)

En sus apenas tres años de existencia, la técnica CRISPR ya ha generado tramas más fascinantes que una novela de Dickens. Es una revolucionaria herramienta de investigación con repercusiones médicas espectaculares que ha originado problemas bioéticos espinosos y una difícil disputa sobre patentes; y sobre todo ello planean intereses económicos de miles de millones de dólares en los ámbitos de la medicina y la agricultura. La técnica ha irrumpido en la comunidad científica como un intenso tornado. Laboratorios académicos y empresas de biotecnología la están empleando para dar con tratamientos novedosos contra enfermedades como la anemia falciforme y la beta-talasemia. También ha despertado críticas porque artistas y bioempresarios han creado con ella de todo, desde conejos de pelaje púrpura hasta souvenirs vivos, como los cerdos miniaturizados producidos en China como mascotas. La posibilidad de utilizar CRISPR para reparar embriones o editar nuestro ADN de forma permanente (un proceso conocido como modificación de la línea germinal humana) ha provocado un debate febril acerca de la «mejora» de la especie humana, con el consiguiente llamamiento a una moratoria internacional [véase «La cumbre sobre edición genética en humanos concluye con opiniones divergentes», por Sara Reardon; Investigación y Ciencia, febrero de 2016].

La revolución de CRISPR puede estar teniendo su efecto más profundo y menos publicitado en la agricultura. En otoño de 2015 se habían publicado unos 50 artículos científicos que informaban del uso de CRISPR para editar genes en las plantas y hay indicios de que el Departamento de Agricultura de los EE.UU. (USDA), uno de los organismos que evalúan los productos agrícolas modificados genéticamente, pueda considerar que no todos los cultivos obtenidos mediante edición genética exijan la misma atención reguladora que los organismos genomodificados, o transgénicos, «tradicionales». Con esa puerta aún solo ligeramente entreabierta, las empresas están compitiendo para hacer llegar cultivos editados genéticamente a los campos y, en última instancia, a los alimentos.

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