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1 de Octubre de 2014
Historia de la ciencia

Anaximandro, el primer cosmólogo

Hace 2600 años, el presocrático formuló la primera cosmología en la que no aparecía ninguna divinidad. Hoy, algunos de sus puntos de vista aún sorprenden por su vigencia.

WIKIMEDIA COMMONS/Dominio público

En síntesis

En el siglo VI antes de nuestra era, Anaximandro de Mileto formuló el primer modelo del universo en el que no había intervención divina. En él, la Tierra no necesitaba ningún soporte, sino que flotaba en medio del cosmos.

Anaximandro desarrolló una teoría para explicar la distinta visibilidad de los astros. Esta, a su vez, daba cuenta de la dinámica del cosmos. Formuló también una hipótesis sobre las escalas de distancias en el universo.

El filósofo asociaba el origen del universo a una gran explosión de fuego. Postuló la existencia del ápeiron, un sustrato primordial indefinido del que procederían todas las cosas y en el que todas se transformarían al perecer.

A partir de la observación de los astros y de una argumentación lógica, Anaximandro de Mileto fue el primer erudito que intentó comprender nuestro mundo y la totalidad del cosmos desde una perspectiva científica. Pensador polifacético, desarrolló el reloj de sol hasta convertirlo en un instrumento astronómico de medida. También se le atribuye la confección del primer mapa terrestre. Para apreciar cuán revolucionaria fue su cosmología, merece la pena considerar con detenimiento la época en la que vivió y la concepción del universo que imperaba entonces.

Hijo de Praxíades, un noble, Anaximandro nació hacia el año 610 a.C. en la capital jonia, Mileto, situada unos 80 kilómetros al sur de la actual Esmirna. Por aquel entonces la ciudad no solo era un rico y cosmopolita enclave comercial de más de 100.000 habitantes, sino también un importante centro cultural y espiritual. Al contrario que muchas de sus ciudades vecinas, Mileto era una polis griega independiente sin ningún gobernante feudal con prerrogativas divinas. En aquella época dorada, sus ricos mercaderes establecieron colonias en el mar Negro, en la Naucratis egipcia y en el Mediterráneo occidental. Comerciaban con babilonios, fenicios y otros pueblos del Mediterráneo.

Anaximandro fue también un consumado viajero. Participó en la fundación de Apolonia, la antigua colonia griega en el mar Negro. Mileto era frecuentado por comerciantes, artistas y estudiosos provenientes de otras ciudades griegas, fenicias y babilonias, lo que propició un intercambio constante no solo de bienes, sino también de ideas.

Al igual que sus compatriotas, los habitantes de Mileto adoraban a múltiples dioses. En la ciudad y sus alrededores se han hallado, entre otros, los restos de un templo dedicado a Artemisa y otro a Afrodita. En tiempo de Anaximandro los templos ya no se construían con madera, sino con gruesos bloques de piedra que debían ser transportados desde canteras lejanas. Ello da fe del gran avance de las técnicas de construcción y la ingeniería de entonces. Unos 17 kilómetros al sur de Mileto se levantó, con imponentes bloques de piedra, uno de los mayores templos de la época, dedicado al dios Apolo. Es muy probable que Anaximandro fuese testigo directo de esos trabajos.

Los coetáneos de Anaximandro atribuían a los dioses todos los fenómenos naturales. Zeus, la divinidad principal del panteón griego, gobernaba las nubes y lanzaba rayos sobre la tierra. Engendró cientos de dioses y héroes con varias diosas y mujeres mortales. Leto, por ejemplo, dio a luz a los mellizos Artemisa y Apolo, lo que enfureció a su esposa Hera. Zeus era hijo de Cronos, nacido a su vez de la unión entre Gaia, personificación de la Tierra, y Urano, del cielo. Helios, dios del Sol y hermano de Zeus, surcaba los cielos durante el día subido en su cuadriga, sin fatigarse jamás. Al atardecer se recogía en una copa de oro, en la que navegaba toda la noche por los mares de la Tierra hasta rodearla por completo. Al mismo tiempo, su hermana Selene, diosa de la Luna, se alzaba majestuosa con el ocaso para entrar en la caverna de su amado Endimión.

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