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Actualidad científica

  • 13/12/2018 - Tecnología

    Un dispositivo para medir nuestra exposición al sol

    Colocado en la piel o la ropa, el pequeño aparato aporta datos sobre la cantidad de radiación ultravioleta, visible e infrarroja que acumula el organismo. Destacan sus múltiples aplicaciones tanto cosméticas como médicas.

  • 12/12/2018 - Climatología

    Oscurecer el sol para enfriar la Tierra: el primer experimento

    Unos investigadores tienen pensado rociar la estratosfera con partículas que reflejen la luz solar. En última instancia, de esta forma se podría reducir deprisa la temperatura de la Tierra.

  • 12/12/2018 - Envejecimiento

    La tenacidad beneficia la salud física

    Las personas de edad avanzada tenaces pero también flexibles en sus objetivos gozan de un espacio vital mayor y, con ello, de más relaciones sociales y actividades físicas.

  • 11/12/2018 - glaciología

    Se acelera la pérdida de hielo de Groenlandia

    Los testigos de hielo, los datos de los satélites y los modelos climáticos revelan la violenta transformación de la vasta capa de hielo.

  • 11/12/2018 - Neuropsicología del desarrollo

    ¿Infecciones que desencadenan trastornos mentales?

    Un estudio realizado en Dinamarca asocia la invasión de microrganismos patógenos, durante la infancia y adolescencia, con el desarrollo de la esquizofrenia y otras alteraciones de la personalidad y la conducta.

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  • Investigación y Ciencia
  • Octubre 2014Nº 457

Ciencia y sociedad

Biología sintética y ciencias sociales, un diálogo difícil

¿Qué impacto tendrá la biología sintética en la sociedad? ¿Cómo evitar sus desviaciones? Las ciencias sociales podrían aportar un enfoque decisivo si no se las relegase a una función inapropiada de mediador.

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Desde comienzos de los años dos mil, la biología sintética es una área de investigación en pleno desarrollo. Por un lado, se alimenta de importantes ambiciones teóricas, ya que consiste en la aplicación a la biología de los principios de la ingeniería. Por otro, al anunciarse como la nueva revolución industrial, reivindica un gran potencial de aplicaciones y, por consiguiente, profundos cambios económicos y sociales, ya que sus aplicaciones alcanzan sectores tan diversos como el de la salud, el agroalimentario, el ambiental o la producción de energía. En la práctica, si ciertos discursos sugieren que la biología sintética será el cuerno de la abundancia de principios de siglo XXI, muy pocas aplicaciones están ya disponibles, con la excepción de algunos casos emblemáticos como la semisíntesis de la artemisinina, un medicamento contra la malaria que ya produce en grandes cantidades Sanofi.

Sin embargo, la biología sintética alimenta ya varios debates en la sociedad. A raíz de la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de utilizar combinaciones terapéuticas a base de artemisinina, miles de pequeños agricultores asiáticos y africanos han desarrollado el cultivo de la planta que la produce de forma natural, el ajenjo dulce (Artemisia annua). En 2009, después de un período en el que se alternaban sobreproducción y subproducción de artemisinina natural, surgió una iniciativa de planificación a escala mundial de fármacos basados en artemisinina, lo que permitió consolidar el sector y responder a sus necesidades. Producida por el mismo precio a partir de 2013, la síntesis de la artemisinina sintética está compitiendo con los pequeños agricultores y desbaratando un mercado aún frágil sin que constituya por ello un progreso médico real. ¿Cómo podemos, pues, asegurarnos de que las aplicaciones de la biología sintética estarán en consonancia con las necesidades sociales y ambientales, y limitar sus efectos negativos?

Una de las principales novedades de la biología sintética fue querer anticipar, a través de una colaboración sistemática con las ciencias sociales, las consecuencias de sus futuras aplicaciones para la sociedad. Se han desarrollado varias estrategias en esta dirección, pero todas tienen sus limitaciones. ¿Cuáles son y cómo superarlas? Esto es lo que vamos a examinar.

En octubre de 2011, el New York Times publicó un artículo sobre el conflicto entre el antropólogo estadounidense Paul Rabinow y Jay Keasling, director de SynBERC, centro de investigación puntero en biología sintética. Financiado por la Fundación Nacional para la Ciencia de los EE.UU. (NSF), el SynBERC reúne a las instituciones académicas de aquel país más involucradas en la biología sintética; Rabinow se ocupaba de los aspectos éticos y de la bioseguridad. Cuando su trabajo fue considerado demasiado descriptivo y bastante inútil en la evaluación del proyecto de la NSF en 2010, Rabinow fue destituido de su cargo y reemplazado por Drew Endy, experto en ingeniería biológica. Se produjo entonces una fuerte tensión: Rabinow argumentó que se ignoraron sus recomendaciones para mejorar la seguridad del proyecto y que él no quería seguir avalando a unos investigadores con tan poco sentido de la responsabilidad. Keasling replicó que Rabinow no había hecho el trabajo que se esperaba de él, que no lo haría y que los 700.000 dólares destinados a la línea de investigación «La práctica humana» fueron mal utilizados.

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